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“Velen y estén preparados…”. Domingo I Adviento. Mc. 13,33-37.

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  • “Velen y estén preparados…”. Domingo I Adviento. Mc. 13,33-37.

   La Iglesia  fiel de Dios, inicia el Adviento,  un tiempo de cuatro semanas que nos piden prepararnos espiritualmente para el nacimiento del niño Jesús.  Hoy la Palabra de Dios nos señala el primer requisito de esta espera, la vigilancia.

¿Qué es la vigilancia cristiana? Vigilar es mantenernos  despiertos y atentos, con ojos y oídos,  al desarrollo de un evento, al comportamiento de alguien que merece cuidado, o de algo que posee un valor especial. Los padres al salir de casa piden a los hijos mayores que cuiden a los hermanos pequeños; el médico encomienda a la enfermera que vigile el estado de salud de un paciente.

La vigilancia es una petición que proviene de quien tiene autoridad, y que se cumple con diligencia, con empeño, sin excusas ni reniegos.

La vigilancia cristiana, por su parte, es darle cumplimiento a aquello que el Señor nos encomienda para nuestro bien; un buen creyente es aquel que practica la vigilancia asumiendo los deberes de su Fe. La vigilancia cristiana tiene su origen en Dios, quien tiene todo poder sobre sus hijos, y a nosotros corresponde atender  sus deseos. En el Adviento debemos tener muy presente la vigilancia para disponer el espíritu a su llegada futura, que Él mismo anunció y no sabemos cuándo ocurrirá.

“Permanezcan alerta”, nos dice Jesús. Al desconocer el día y la hora que volverá Jesús estamos llamados a mantenernos despiertos y atentos a aquello que es propio de los hijos de Dios. El gran error del cristiano es pretender conocer aquello que Jesús no reveló, pretender saber  la del regreso del amo. Sólo Dios sabe el día y la hora, (Mc. 13, 32). Afirmar que Dios viene, como lo hacen los fatalistas; o que tardará bastante, como afirman los despreocupados y libertinos, nos trae decepciones y consecuencias. Nuestro deber es cumplir confiando en las palabras del Señor sin adelantar juicios.

El mensaje de Dios en la Biblia es indiscutible y nosotros no debemos ignorarlo  o ir en contra de él. Son palabras de verdad, surgidas de la profundidad de Dios.

La vigilancia, es un mandato de Dios que se convierte en un deber cristiano. Una tarea para todos los bautizados. Se vigila, se cuida, se protege aquello que es valioso, material o sentimentalmente, como los recuerdos de familia, nuestras pertenencias, o algo que se nos ha encomendado.

¿Y cómo podemos cumplir con la vigilancia cristiana? Meditando en lo que nos ha dado Dios, en lo que ha hecho por nosotros, valorando lo que poseemos como miembros de su Iglesia, que es mucho; primeramente: su Palabra. En los tiempos de Jesús y en los primeros años de la Iglesia, la Palabra de Dios solamente se leía en los templos, ya que muchas personas  no sabían leer; hoy en cambio en casi todos los hogares hay un ejemplar de la Biblia; qué hermoso regalar a los hijos, los nietos, los ahijados, a algún amigo,  un ejemplar de las Sagradas Escrituras y más admirable aún, estudiarlas junto a ellos. Otro tesoro que es nuestro, la oración, la posibilidad de dialogar con Dios, de pedirle lo que necesitamos, de ayudar a alguien con nuestros rezos; antiguamente la oración se reservaba para los religiosos que no sabían leer, y como san Pablo dice “mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad”, (2 Cor. 12, 9), la oración es el recurso del pequeño y humilde.  Y lo más grande que tenemos en nuestra Iglesia, los siete sacramentos, y en cada uno de ellos la Gracia de Dios; el bautismo que nos hace hijos de Dios y nos regala las virtudes que nos permiten conocer  al Señor;  la confesión  nos devuelve todo el amor de Dios que habíamos perdido; y sobre todo la Eucaristía, la Misa, donde tenemos la presencia real de Jesús a nuestro alcance. Nadie, ninguna Iglesia tiene lo que nosotros custodiamos, los sacramentos;  Jesús quiso dejarlos entre nosotros como signo de su predilección.

Es mucho lo que debemos a Dios, y cuando nos invita a la vigilancia, nuestra única respuesta debe ser obedecerle por todo cuanto nos ha dado.

¿Por qué es recomendable la vigilancia cristiana? Vigilar, como Jesús nos pide, es positivo para la conciencia, ya que nos permite mantener una moral digna, en estos días en los que  se nos trata de hacer creer que la felicidad consiste en tener muchas cosas, en hacer lo que nos plazca, o en rebelarnos a la educación que hemos recibido. Una persona que se mantiene en vigilancia, es firme en sus criterios cristianos, porque reconoce como autoridad máxima a Dios, quien se dirige a sus hijos con sabiduría y amor. La persona que nos aprecie, siempre nos va a exigir, nos va a corregir, nos pedirá obediencia y respeto, por nuestro propio bien, como los padres suelen hacerlo con sus hijos.

En estos días corremos el riesgo de distraernos, de descuidar nuestro deber ante Dios, se nos presentan novedades que nos deslumbran, que nos hacen olvidar el mañana, el día que el Señor volverá para establecer su reinado eterno y acoger en él a quienes se mantuvieron despiertos y  fueron fieles.

¿De qué manera se practica la vigilancia cristiana? Nuestra vigilancia la expresamos de muchas maneras, la primera, junto a Dios. No podemos pretender que mantenemos una cercanía y amistad con el Señor si no nos interesan sus cosas; vigilamos con nuestra asistencia  al catecismo, con el interés que ponen los padres en la formación cristiana de sus hijos; con nuestra asiduidad a la Misa, momento privilegiado para estar en la presencia de Dios; con el servicio a los demás, Cuando lo hicieron con el más pequeño de mis hermano, conmigo lo hicieron, (Mt.25, 41).  Una sorpresa muy triste se llevará aquella persona que se dice creyente pero no practicante, que respeta a los que se interesan en el Señor, pero no comparte sus opiniones ni sus acciones.

Vigilamos con Esperanza. La Fe nos hace confiar en la verdad y bondad de las promesas de Dios, y la Esperanza nos hace desearlas con alegría y optimismo. No se puede vigilar triste, resignados, con sentimientos negativos. A l Templo no debemos acudir malhumorados, forzados, bajo condición, o peor aún como castigo a un mal comportamiento que tuvimos en casa. Debemos acudir con la alegría que nos da saber que somos recibidos en un recinto sagrado, a pesar de nuestras faltas; y de la misma forma marchar de él, confortados por la paz de Dios. La Esperanza le pone alas al corazón para que vuele detrás de Dios.

Y  lo principal de todo, se vigila, con diligencia. La diligencia es una virtud que procede de la caridad, del amor, y que combate a la pereza, la desidia, el desinterés. La diligencia es el empeño, la búsqueda, la actividad constante en mantenerse despierto ante Dios. Hay personas que desean aprender del Señor, conocer más su Palabra, servirle; con la diligencia expresamos nuestro amor por Dios al cumplir nuestros compromisos honestamente.

El Hijo de Dios volverá al mundo, es una verdad de nuestra Iglesia, y lo hará para establecer su Reino. No sabemos cuándo ocurrirá. La única certeza es que tendrá lugar porque alguien que nos ama tanto es imposible que nos engañe.  Tengamos siempre en cuenta que nuestro hoy tiene efectos en el mañana. Como vivimos el presente será nuestro futuro. Esforcémonos para que la llegada del Señor nos encuentre, como servidores diligentes, motivados, llenos de esperanza y despiertos, para que podamos merecer  y gozar la paz de su Reino.