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“Tomen posesión del Reino…”. DOMINGO DE CRISTO REY Mt. 25, 31-46.

Poradministrador unico

Nov 22, 2020

El día de hoy, con la celebración de Cristo Rey  termina el año litúrgico; lo hacemos teniendo presente los más grandes atributos de Dios: su sabiduría, su justicia y misericordia.

Reconocer a Dios. No existe en el mundo nadie tan grande y sabio como Cristo Rey;  cuando Jesús expira, y la tierra anuncia con fenómenos este hecho, al pie de la cruz se encontraba un soldado que comentó: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”, (Mc. 15, 39).  Solo con su muerte fueron capaces de reconocerlo.

Reconocer es identificar, descubrir aquellas características especiales, que hacen a algo o a alguien,  distinto a todos y significativo en particular. Reconocemos lo que nos es cercano, familiar, lo que representa una seguridad para nosotros. Un bebé reconoce los rostros y los cariños de sus padres y hermanos, y entre ellos se siente seguro; la madre reconoce la voz y los pasos de sus hijos; cada uno de nosotros reconocemos nuestras pertenencias, ropa, objetos. 

¿Y qué es reconocer a Dios? Conocemos a Dios con la inteligencia, y lo reconocemos con el corazón.  Por lo tanto, hay una diferencia muy grande entre conocer y reconocer. Conocer a Dios es simplemente saber cosas de Él; para eso asistimos al catecismo, para conocer de Dios; al estudiar la Biblia conocemos su Palabra; Jesús era un personaje conocido, muchos estaban enterados del nombre de sus padres, de su oficio, de su pueblo de origen. Pero no lo reconocían como lo que verdaderamente era, porque su presencia no representaba algo notable. Los ateos tienen conocimiento de muchos datos de Dios, pero no los aceptan. Los creyentes, en cambio, abren el corazón a Él, como todos aquellos personajes  quienes le reconocieron; cuando Jesús se acerca a Juan el Bautista en el río Jordán, Juan le dice: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti”, (Mt.  3, 14). “Señor mío y Dios mío”, (Jn. 20, 28), dijo el apóstol Tomás al tener frente a sí  a Jesús resucitado. Cuando Jesús pregunta a los apóstoles: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?, Simón Pedro contestó: ‘Tú eres… el Hijo de Dios’”, (Mt. 16, 15-16); y Jesús añade que el reconocer a  Dios es una obra del Espíritu, como lo explica san Pablo: “El Espíritu mismo, se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios… y coherederos de Cristo”, (Rom. 8, 16-17). Reconocer a Dios es la respuesta que damos a una invitación suya a pertenecerle.

“Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino”, dice Jesús. El día del juicio, serán favorecidos los que supieron reconocer a su Rey.

Reconocer a Dios en estos días no es sencillo, porque hemos olvidado de algo muy importante: buscarle  y servirle.  Tenemos que buscar a Dios, ya que se encuentra oculto. Este rey nunca ostentó su dignidad, siempre permaneció oculta su realeza; siendo el Hijo de Dios, quiso vivir como cualquier hombre. Y en estos días, sigue igualmente oculto para los ojos que carecen de Fe. Asistimos al templo, y la celebración nos parece larga, tediosa; nos quejamos de cuestiones secundarias: el clima, la banca, el sonido, las conversaciones de alguien poco considerado.  Lo más importante, el motivo de nuestra visita al Templo, que es la presencia de Dios en el Pan y el Vino, pasa totalmente inadvertida; cuando en la Misa escuchamos  tañer la campanilla, es el anuncio de que se está realizando un milagro: el Rey del Universo llega a su casa y toma su sitio en el altar. Quien está consciente de esta maravilla, se pone de rodillas y guarda respetuoso silencio; después de la comunión,  Jesús, el Rey, permanece tranquilo dentro del sagrario, donde nos espera paciente para escuchar nuestra adoración y nos olvidamos de hacerlo.

Así es Jesús, un Rey humilde y sabio que no busca honores, cuando los merece todos.

Dios permanece oculto también en nuestros hermanos, en el pequeño, el desvalido, el enfermo, el necesitado, en el pecador, en el que se equivoca, y es precisamente con estas personas, con quienes podemos testimoniar  nuestra fidelidad a Él y en ellos servirle.

“Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”. La ofrenda, el honor que debemos a Cristo Rey, es la caridad al prójimo. Tenemos todos,  una gran facilidad para rechazar  a quien comete algún error, al que no sabe, al que sufre las consecuencias de sus acciones, a quien padece alguna desgracia, a quien nos ha lastimado. A este Rey oculto debemos honrarle practicando la compasión y la tolerancia, con quienes nos  provocan malestar, desagrado, malos momentos. Quizá no esté a nuestro alcance resolver la vida de un necesitado, ni cambiar el rumbo de quien se equivoca; pero unas palabras con toda propiedad y sinceridad, son mejores que una crítica o reprensión; una obra de caridad que a los ojos de Dios tiene un valor inmenso.

Cuando somos caritativos, buenos, estamos haciendo que el reinado de Cristo sea visible, y a Él lo hacemos presente con nuestras acciones. Para quien carece de caridad hacia su prójimo, Cristo Rey permanece ausente.

Cuando el amor de Dios está presente en el alma, se refleja  por medio de la caridad. Y esta será precisamente la materia por la que seremos juzgados el día que el Rey del Universo decida quienes serán los que pasarán a habitar en sus moradas.

¿Cuándo, Señor,  te vimos hambriento, desnudo, encarcelado y no te asistimos?, suplicaremos a Él, y nos dirá, ‘cuando fuiste incapaz de verme en la pequeñez y la necesidad de los demás, me ignoraste’; Dios no solamente está presente en las cosas maravillosas y bellas del mundo; Jesús también reina en el dolor, en la amargura, en las dificultades, en los miedos, las dudas, porque Él las padeció. Cuando en medio de nuestros problemas sabemos ser fuertes, encontrar consuelo, estamos actuando con fidelidad al Señor, estamos descubriéndole.

“Viva Cristo Rey”, podemos decir todos. No basta con expresarlo, lo  indispensable es reconocerlo. Distraernos, volver la mirada para no descubrirlo en las personas, nos expone a un riesgo grave: que Dios nos desconozca el día que llegue la consumación de su Reino.

Qué triste sería que ese rey majestuoso nos dijera: ‘tú no eres uno de mis súbditos, nunca hiciste el mal a nadie, pero tampoco te molestaste en hacer el bien, jamás me serviste en tus hermanos’. Reconocer a ese Rey que se empeña en ocultar su grandeza bajo la apariencia más ordinaria consiste en serle fieles por la confianza a su palabra y repetir sus gestos con el prójimo.  Qué grande es el Rey que se hace obedecer por amor y mueve a sus siervos a honrarle con sus acciones.

Dios es muy sabio, porque en su mente preparó el Reino de los Cielos, un espacio donde no existe la injusticia ni el dolor que vemos y padecemos en el mundo. A ese reino de paz y felicidad nos invita nuestro rey justo y misericordioso.  Por ese motivo debemos decir, “Viva Cristo Rey”, el rey sabio que nos ofrece lo mejor, que nos da lo que merecemos y se conmueve por nuestras acciones y lamenta nuestras faltas.

Viva Cristo Rey, el bueno, sabio y justo, el que se encarnó y  nos dejó el compromiso de buscarle entre nuestros hermanos. 

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