• Jue. Ago 18th, 2022

¡Su recompensa será grande en el cielo!…

Domingo VI. Lc 6,17. 20-26

PACIENCIA/MAL:

Hoy escuchamos de nuevo las palabras desconcertantes de Jesús: «Dichosos los  pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque  quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros  cuando os odien los hombres y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre  como infame, por causa del Hijo del Hombre.»

Estas bienaventuranzas no son una invitación al optimismo ingenuo o a la felicidad fácil,  sino una llamada a vivir el sufrimiento, el mal o la persecución en la paciencia y el gozo de  la esperanza.

Esa paciencia no es fruto de un ejercicio ascético que nos enseña a vivir las pruebas sin  derrumbarnos. Es una paciencia que descansa en la paciencia misma de Dios que nos  acompaña en el dolor o la impotencia de manera silenciosa y discreta, pero buscando  siempre nuestro bien.

Dios no se impacienta ante los brotes del mal o de la injusticia, porque para él no hay  prisa ni miedo al fracaso final. Dios sabe esperar. Y es esa mirada paciente de Dios,  cargada de ternura infinita hacia todos los hombres, los que sufren y los que hacen sufrir, la  que pone consuelo y estímulo en el creyente enfrentado a la realidad del mal.

Lo mismo que en la paciencia de Dios, también en la paciencia del creyente hay siempre  amor. Un amor al ser humano, que es más fuerte que cualquier presencia del mal o de las  tinieblas. En realidad, ningún mal por cruel y poderoso que sea, puede impedirnos seguir  abiertos al amor. Y el amor -no lo olvidemos- es la única promesa y garantía de felicidad  final.

Esta paciencia cristiana no es una actitud pasiva o resignada. Es fuerza para no dejarnos  vencer por la desesperanza, y estímulo para cumplir nuestra misión con entereza y  fidelidad.

Esa es la recomendación bíblica: «Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la  voluntad de Dios y conseguir así lo prometido» (Hb 10, 36).

Esa paciencia del creyente se alimenta de la confianza en Dios y del abandono en sus  manos. Dios, deseado y amado por encima de todo, es el que renueva las fuerzas del  hombre aplastado y pone en su corazón una paz que el mundo entero no puede dar.

La Carta de Santiago proclama «felices» a «los que sufrieron con paciencia» (St 5, 11).  Su felicidad no proviene del bienestar o del éxito, sino de la fe en el Crucificado que desde  la resurrección dice así a todo creyente probado por el mal: «He abierto ante ti una puerta  que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra» (Ap  3, 8).

JOSE ANTONIO PAGOLA

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