• Lun. Nov 28th, 2022

¿Simón, me amas? Apacienta mis corderos

DOMINGO III PASCUA, Jn 21, 1-19.

“¿Simón, me amas? Apacienta mis corderos”.

Hoy estamos celebrando la fiesta de Dios para sus hijos fieles, la santa Eucaristía, y recibimos como muestra de su amor, el mensaje del Señor; en esta ocasión nos  recuerda el gesto de su presencia amorosa a nuestro lado y su colaboración en nuestra vida y deberes cotidianos.

La fe que se fortalece con el esfuerzo humano. Hoy el evangelio  (tercera aparición de Jesús resucitado, La pesca milagrosa), nos habla de la fe. La fe, siendo un don que proviene de Dios, requiere de la participación de quien la recibe; la fe no se desarrolla por sí sola, libremente, precisa  de la mano del hombre, en especial en los momentos difíciles. Eso es lo que nos ilustra el relato. Los discípulos ya no tienen a su Maestro a su lado, lo aman más que antes, pero están solos y no saben qué hacer; son pescadores, entonces tienen que ir a pescar. Aunque tengan el alma llena de preocupaciones y dudas, deben volver a sus faenas. Tienen que hacerlo.

El hombre con las redes vacías. Cuando nosotros nos encontramos en un estado de ánimo como los apóstoles, desorientados, solos  y con las redes vacías,  ¿qué hacemos?, ¿cómo reaccionamos? Ante aquellas situaciones difíciles, que nos atemorizan, nos entristecen,  nos preocupan y  fatigan, hay quienes  se dejan deprimir; la depresión es una carga moral dolorosa, que termina sofocando lo más importante de nuestro ser: la fe.  La depresión es un padecimiento grave,  porque nos lleva a olvidarnos de Dios y centrarnos en la persona. La depresión atiende los dolores, mima la soberbia personal y descuida la fe.  Podemos experimentar las contrariedades de la vida, con diversas actitudes, con desesperación, con enojo, con tristeza, con angustia; pero la mejor manera es la que nos propone el evangelio: con  dos virtudes que son iniciativa de Dios y concretamente, obra nuestra: la fe y la esperanza.   

Lanzar la red. Debemos enfrentar nuestros retos, nuestras dificultades, con fe y esperanza, con la certeza de que allí en nuestras faenas, habremos de encontrar a Dios. Cuando nos dejamos llevar por la depresión, por la tristeza, por las preocupaciones, por el miedo, estamos haciendo una concesión a nuestro egoísmo y no a nuestra fe. Cuando prestamos más atención a nuestros juicios, que a nuestra fe, nos volvemos ciegos para descubrir la acción de Dios en la vida; en el Evangelio Pedro no le objeta nada a ese desconocido que le sugiere que lance la red una vez más, él simplemente obedece, hace lo que se le pide, a pesar de encontrarse rendido.

Nosotros sí podemos llegar a darle más importancia a nuestros argumentos, “es que estoy cansado”, “es que no puedo soportar más”,  cuando la solución más sensata es estar en marcha, activos, en movimiento, en nuestras ocupaciones.

 En nuestros deberes, por más pequeños que los consideremos, por más estériles que parezcan, está Dios esperándonos. En el hijo que guarda silencio, escucha y obedece, ahí está Jesús que dice, “lanza la red, puedes obedecer una vez más”; en los esposos  después de una discusión, ahí está Jesús pidiendo que lancen la red de la reconciliación; aquellas personas que pierden un ser querido y se encuentran agobiados por  el dolor,  Jesús que les pide que lancen la red , para encontrar la paz, que no va a llegar por la vía del llanto, la desolación o el resentimiento, sino del trabajo, del cumplimiento de nuestros deberes;  ahí va a aparecer Jesús, para bendecirnos; en todas nuestras ocupaciones, por más arduas que nos parezcan, está el Señor en la orilla, para indicarnos el camino, la solución, para hacer todo más ligero.  Dios no resuelve nuestros problemas; lo hace cada uno de nosotros, con la ayuda de Él. 

Fe y esperanza en la vida del creyente. Confiar en Dios es tener fe, es escucharle cuando nos aconseja y obedecerle lanzando la red; el mundo, obra de Dios, se pone en marcha por las acciones del hombre; nuestra vida la podemos encaminar según el deseo de Dios o por donde todos van; cuando olvidamos la luz de la fe en nuestra vida, llegamos a estados lamentables, cometer errores, extraviarnos, romper vínculos con Dios.

Tener esperanza, es el deseo de salir adelante superando las penas de cierta situación que nos agobia; cuando  a pesar de nuestros dolores y problemas, no nos resignamos a quedarnos en ese estado y le otorgamos al Señor el derecho a darnos su consejo, sucede algo muy importante: el encuentro con su persona; ahí en nuestras cosas, en nuestro trabajo, en nuestra vida de todos los días, en esas pequeñeces en las que no ponemos atención.

A Dios no lo encontramos unicamente dentro de su casa, porque no es prisionero en el Templo;

Jesús resucitado va donde quiere y con quien quiere, con el más indigno y el más ejemplar. ¿Acaso solamente podemos encontrarnos con Dios los domingos? Hoy el relato no nos aclara el día de la semana, y es porque Dios nos visita a diario, en todos lados, en todo lo que hacemos,  en nuestras actividades diarias. 

En los deberes de la escuela,  el quehacer de la casa, mi obediencia, mi respeto, mi comprensión a los demás, incluso cuando los hacemos con desgano, con incomodidad, cuestionando, llenos de por qués, en ellos anda Dios a una pequeña distancia nuestra; si ve que tenemos alguna dificultad, nos ayuda, nos acompaña, nos visita y nos ilumina.  En medio del panorama más oscuro e incierto, siempre habrá una pequeña luz que nos oriente, siempre y cuando sepamos observar.

Dios siempre está cerca de nosotros y colabora eficazmente en nuestra vida, cuando a pesar del peso que llevemos a cuestas, hacemos el ofrecimiento de obras; es un auxilio espiritual que agrada a Dios, por tenerle en cuenta en nuestros quehaceres y bajo las condiciones que los realicemos; es un aliciente además, para cumplirlos lo mejor que podamos, porque a una persona que apreciamos no podemos hacerle ofrendas mediocres. La fe y la esperanza tienen un campo fértil en la humildad de la persona; dirigirnos a Dios con la confianza  de que somos creaturas a su servicio y para su gloria, sin ponerle condiciones ni pedirle garantías; el humilde obedece, no comprende tal vez, pero acepta y obedece; y su humildad llama a muchas virtudes más. Humilde es quien confía que Dios le presta fuerzas para cumplir sus labores.  La fe y la esperanza  se fortalecen con la oración personal; Dios es el médico del alma al que hay que referirle nuestra salud espiritual, que Él entiende perfectamente, por el tono de nuestra oración, súplica desesperada o alabanza gozosa. La oración es medicina que comunica ánimo y paz. La fe y la esperanza de la persona se reflejan en su diligencia para atender sus cosas; mientras la salud no nos impida, no hay pretexto para nuestras responsabilidades.

Esta Pascua la podemos vivir cristianamente si haciendo poco menos de atención a nuestros intereses o cruces, empezamos a cumplir responsablemente con lo que nos toca; veremos que Jesús nos visita y nos llena las manos con todo aquello que necesitamos. Las cosas bien hechas, Dios las espera, y son la huella del amor de cada persona. 

Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrate
Párroco San Miguel Arcángel
Ures, Sonora

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