• Dom. May 16th, 2021

¡Señor mío y Dios mío!

PorENMARCHA.MX

Abr 14, 2021

II DOMINGO DE PASCUA.
Jn 20, 19-31

La Pascua es el  tiempo de alegría por la nueva vida de Jesús resucitado. El retorno de Jesús a los suyos luego de la experiencia de la muerte humillante y la soledad del sepulcro, dejó en claro para los fieles que el camino por el que llegamos a Él es el de la misericordia.

Dos actitudes en el evangelio.  La primera, de parte de Tomás, arrogante y despectivo ante la alegría de los apóstoles que le cuentan la gran noticia de la visita de Jesús. Con su negativa a creer y sus condiciones, da a sus compañeros el calificativo de ignorantes. El rechazo de Tomás es debido a su incomprensión ante el acontecimiento de la resurrección.

En el mundo en el que vivimos suceden muchas cosas que no comprendemos, hechos para los cuales incluso los científicos y médicos no tienen respuesta;  procesos fisiológicos en nuestro propio cuerpo, que por el hecho de no entenderlos no significa que no sean reales.

La otra actitud, y la más notable en el evangelio es la misericordia que Jesús manifiesta a los apóstoles, especialmente  a Tomás. Se presenta en aquella casa para dar alivio a los corazones, no para reprender a quienes le abandonaron. Es una manera inusual  de actuar, porque así es la misericordia, inexplicable y a la vez muy real.

¿Qué es la misericordia? La misericordia es la capacidad para comprender  los padecimientos ajenos. La misericordia  es compasión: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios y sanando toda enfermedad… Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor”, (Mt 9, 35-36).  Una persona compasiva es alguien que acompaña y auxilia a quien se encuentra en una situación desfavorable, enfermedad, soledad; los buenos amigos se distinguen por su compasión hacia nosotros cuando estamos en problemas, cuando necesitamos su ayuda; los buenos hijos son los que se compadecen y acompañan  a los suyos en familia, a los padres con la obediencia y  cumplimiento de tareas, a los hermanos mayores con el respeto y a los menores con paciencia. Dios Padre sintió compasión por los hebreos que sufrían esclavitud en Egipto, y los hizo su pueblo;  Jesús a lo largo de su vida fue una expresión de la misericordia divina, curando enfermos, compadeciéndose de quien sufría.

La misericordia es una expresión de la virtud de la caridad hacia el prójimo.

“Sean misericordiosos y humildes. No devuelvan mal por mal”, (1 Pe 3, 8-9). Todos estamos llamados a practicar el bien con los demás,  con el inexperto que se equivoca, con quien se obstina en sus errores, con quien padece  injustamente.  En la parábola del Buen Samaritano, Jesús pregunta a los discípulos quién actuó mejor con el  hombre que se encontraba en desgracia, y uno respondió: “El que actuó con misericordia. Dijo Jesús: vete  y haz tú lo mismo”. (Lc 10, 37).  

Las obras de misericordia que nos señala el catecismo de la Iglesia, son precisamente eso, obras buenas que tenemos que practicar con los nuestros, ya que con ellas damos honor a la dignidad de las personas: visitar al enfermo, alimentar, vestir y hospedar a quien lo necesite, redimir al cautivo, dar sepultura a quien ha  fallecido (obras corporales); con ellas ejercitamos la caridad. Las obras de misericordia espirituales son un bien para quien las recibe y mérito para quien las practica: enseñar, aconsejar, corregir, perdonar, consolar, padecer pacientemente, y rogar a Dios por los vivos y difuntos (obras espirituales).

¿Por qué debemos ser misericordiosos? Para ganar un día las promesas de Dios. ¿Cuál es el sentido de ser creyentes? Ganar la Gloria, tener parte en el Reino de Dios el día que Él nos llame, debemos entonces tener presente que la misericordia de Dios nos facilita nuestro caminar hacia Él. No podemos ir hacia el Señor manchados de pecado, de soberbia, miedo dolor o enojos. Dios perdona todo pecado, limpia todas nuestras manchas, eso nunca lo debemos olvidar.

La expresión más genuina de la misericordia de Dios es el perdón suyo que nos llena de paz.

“No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se  niega deliberadamente a  acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y la perdición eterna”, (CIC. 1864).

Si el creyente no contara con la misericordia de Dios, no tendríamos ningún futuro, no existiría la esperanza en la vida eterna.

Él es misericordioso con nosotros, y como nos advierte, “Habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia”, (St 2, 13). Negarse al bien que Dios nos da y al que podemos hacer y recibir del prójimo es actuar como Tomas, rechazar una verdad, un bien, un presente inmerecido que es puesto en nuestras manos por la bondad de alguien más grande que nosotros.

La misericordia de Dios es el primer atributo que debemos tener en cuenta de su persona, y comprenderla nos ayuda mucho en nuestra vida espiritual; gracias a ella podemos como el Hijo Pródigo, arrojarnos en los brazos del Padre bueno que no nos reprocha nada, sino que simplemente se llena de alegría por haber vuelto a Él; la misericordia no es castigo y humillación, sino restituir un honor, una herencia que hemos perdido por nuestros descuidos. De Dios nunca debemos apartarnos, porque nos extraviamos y caemos en la trampa de las tentaciones, con su respectivo sufrimiento.

Entender la misericordia de Dios nos ayuda también en nuestras relaciones personales; quien se siente bendecido por Dios, quien se sabe acogido con amor por el Señor, habrá de tener esa conducta con los demás. La persona perfeccionista nunca tiene paz porque desea que todo se haga según su criterio, lo que no es llevado a cabo conforme a sus ideas, es un desastre, y quien lo ejecuta, un ignorante inservible. Ser caritativo, misericordioso, nos permite estar al lado de quien sabe un poco menos, de quien necesita conocer para aprender a desenvolverse, a hacer bien las cosas, que es mejor que criticar o condenar a distancia. En el hogar ser misericordiosos, nos ayuda a convivir con los nuestros, en ocasiones tan distintos; en el trabajo ser misericordiosos nos gana el aprecio de los demás.

Ser misericordiosos nos ayuda emocionalmente, porque nos  conduce a la felicidad. Una persona en armonía consigo mismo, sin complicaciones, sin mortificaciones, es la que reconoce todo el bien que ha recibido de Dios y se siente agradecido por ello, y lleva sus cruces con paciencia y ánimo, “El alma generosa será colmada, y el que sacia la sed de otro, también será saciado”, (Prov 11, 25). La felicidad de la persona no está en el tener, ya sea bienes u honores, sino en el ser bondadoso y útil con los demás.

Hoy que recordamos la Misericordia de Dios, la virtud por la cual nos salva, y nos coloca en un trono en su corazón, tengamos presente, que nuestra misericordia no debe detenerse ante puertas cerradas, ante corazones endurecidos. Siempre debemos mirar con compasión y caridad a nuestro prójimo, porque es la única forma como el Señor nos contempla a cada uno de nosotros. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *