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Rey del Universo

PorENMARCHA.MX

Nov 17, 2016

Centro de nuestra FE

Con la solemnidad de Jesucristo Rey, la Iglesia culmina cada año el curso litúrgico seguido en torno a Jesús, para significar que Él es el centro y la vida, “el alfa y la omega, el principio y el fin”, (Ap 21,6).

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de marzo de 1925, y con ella el Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo aunque posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole con esto un nuevo sentido, pues al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Él es el alfa y el omega, el principio y el fin, en quien se sustentan todas las cosas y a cuyo nombre todos doblan las rodillas.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo:

– “…es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

– “…es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo,y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz. En otras palabras: nos dice que el Reino de Dios no se manifiesta aparatosamente, sino que Dios actúa desde la sencillez y la simplicidad de todos los días.

Para lograr que Jesús reine en nosotros debemos, en primer lugar, fomentar en nuestra vida la lectura y la reflexión del Evangelio, la oración personal y los Sacramentos. Estos son medios privilegiados para conocerlo y para recibir las gracias que vayan abriendo nuestros corazones a su amor.

En segundo lugar, hay que tratar de identificarnos con Él. El amor nos llevará, casi sin darnos cuenta, a pensar, a querer y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad.

Por último, vendrá el compromiso apostólico, que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino a todos los hombres y mujeres con los que convivimos mediante obras concretas de apostolado.

Al finalizar el año litúrgico, esta fiesta es, pues, una oportunidad para dar públicamente nuestro testimonio de que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el universo.

Pero, ¿Cómo es nuestro Cristo Rey? Cuando vino hace dos mil años, vino oculto en pañales, en la humildad, la pobreza, y la mansedumbre. No quiso imponerse, sino proponerse. No quiso ser temido, sino acogido y amado. No quiso hacer ruido, sino pasar desapercibido. Se dejó alimentar, enseñar, adoctrinar. Caminó, se cansó, tuvo sed, lloró.

El plan estratégico de Cristo es llevar su Reino a todas partes, no por las armas, ni por la violencia, ni el engaño, sino por la fuerza del amor, que destruye toda injusticia. Su Reino de amor, que acabe con los odios. Su Reino de paz, que suplante a la guerra. Su Reino de vida, que termine con esa terrible cultura de la muerte (guerra, aborto, eutanasia, manipulación genética, etc.). Su Reino de desprendimiento interior, que desate todas esas cadenas que nos arrebatan la verdadera libertad interior.

Y las exigencias de nuestro Cristo Rey, Son tres: negarse a sí mismo (tendencia a la ambición, la vida fácil, la soberbia), tomar la cruz de cada día (dar la vida, perdonar, donarse) y seguir sus huellas (a través de su Evangelio) no conformarnos con el mero cumplimiento de los ritos externos, ser permanentes seguidores y discernir su voluntad en nuestras vidas.

Hermanos, renunciemos a conceptos humanos pequeños y dejémonos sorprender por Dios… Ya está cerca el Adviento, preparémonos gozosos para recibir a nuestro Rey, que por su resurrección nos ganó la salvación eterna… En eso estamos.

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