• Mié. May 25th, 2022

“Quien no tenga pecado, que tire la primera piedra”.

DOMINGO V CUARESMA. Jn 8, 1-11.
“Quien no tenga pecado, que tire la primera piedra”.

Estamos iniciando la última semana de esta Cuaresma; se aproximan los días santos.  El día de hoy recibimos la última de las enseñanzas cuaresmales, la humildad y pureza del alma ante Dios. El Evangelio nos presenta la misericordia de Jesús ante  la soberbia de un grupo de hombres.

¿Qué es la soberbia?  La soberbia es uno de los pecados capitales, llamados así porque a partir de ellos se generan muchos más pecados o vicios; la persona soberbia tiende a sobrevalorar sus cualidades y virtudes, y a ignorar sus propios defectos. Es un orgullo desmedido puesto en sí mismo y que solamente denigra al prójimo con acciones y palabras. La soberbia nos lleva a considerar al prójimo inferior con respecto a nuestra persona, a juzgar las acciones de los demás, a vigilar y estar pendientes de los errores ajenos, para señalarlos y condenarlos, como sucede en el Evangelio. Jesús llamó y se relacionó con los fariseos para comunicarles su doctrina, pero la mayoría de éstos no le aceptaron, y fueron quienes finalmente propiciaron su crucifixión. La soberbia llega a extremos de apartar por cualquier medio a alguien que no está de acuerdo con nosotros.

El fariseísmo actual. En los tiempos de Jesús los fariseos eran un grupo religioso muy importante, tenían a su cargo el culto religioso, eran por tanto,  los maestros de la fe, quienes enseñaban al pueblo  los ritos y costumbres judías. Ellos pretendían, como toda persona piadosa, la santidad, y estimaban que se alcanzaba con las obras, haciendo el bien.

Nosotros tenemos algo o mucho de los fariseos del tiempo de Jesús. Todos nos consideramos justos ante Dios por lo poco o mucho que hacemos,  esperamos comprensión y benevolencia para nosotros, y castigo para los demás que no hacen nuestras obras. Mentalidad de fariseo, que se horroriza del prójimo y se consuela creyendo ser único, que critica a otros, demostrando así su propia falta de caridad.

En la dirección a la cual miremos, vamos a encontrar defectos, limitaciones y cortedades en los demás. A todo y a todos  podemos encontrar el aspecto negativo, y como consecuencia, amargarnos la vida, llenarnos de insatisfacción, por un motivo, por soberbia, por pretender que todos sean tan perfectos como nosotros.

Si solamente descubrimos defectos de los demás, tal vez quienes estén enfermos seamos nosotros. Qué enfermedad tan penosa para el alma es la soberbia, llevar dentro de sí una serie de faltas que adjudicamos a los demás y con quienes nos volvemos intolerantes, como los fariseos.

Contra soberbia, humildad. La soberbia se combate con humildad; Jesús dijo a los apóstoles en una ocasión: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”, (Mc. 9, 35). Si en lugar de vigilar los descuidos de las personas, estuviéramos atentos a sus necesidades, sus dolores, a su crecimiento personal, nuestra presencia sería muy grata y viviríamos rodeados de un calor y afecto que pocas veces compartimos.

Comprender a quien se equivoca,  y sentir compasión por quien comete errores que nos lastimen,  solo lo puede hacer una persona que es humilde, incapaz de señalarnos como culpables, mucho menos castigarnos.

Es muy fácil acusar a los demás, pero nadie se atreve a acusarse a sí mismo. ¿Quién puede estar orgulloso de sus pecados? Nadie. ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo, miedo, desgano el sacramento de la confesión? Porque se trata de actuar como Jesús nos lo pide hoy, con humildad para reconocer que somos tan débiles como cualquiera y necesitados de la ayuda de Dios, del auxilio de su perdón. Y aún así, muchos que buscan reconciliarse con Dios, solamente refieren sus problemas, sus dolores, las infracciones de los demás, y casi nunca las propias.

Dios es humilde en extremo porque soluciona los errores, perdonando, restableciendo la paz en el corazón del pecador.  El perdón es humildad, es amor que se acerca con el deseo de ser aceptado. Dios va en búsqueda de los suyos deseando ser amado. Los fariseos soberbios, no aceptaron ese amor, jamás aprobaron que Jesús se mezclara entre pecadores, en lugar de apartarse y maldecirlos como lo hacían ellos.

Crecer en la humildad. Para ser humildes necesitamos educar nuestra conciencia sanamente. Todos llevamos dentro una voz interior, que despertó  siendo muy  pequeños y nos empezó a señalar las diferencias entre el bien y el mal. Todos tendemos hacia el bien y las virtudes, sí,  pero también nos inclinamos por la comodidad, el camino fácil y amplio. Educar nuestra conciencia moral, exige prudencia y la prudencia conlleva esfuerzo; inclinarnos al bien y la verdad nos muestra lo positivo de las virtudes cristianas, nos alivia del miedo que nos trae la ignorancia y nos protege contra los sentimientos de soberbia, que nos separan del prójimo y nos pueden llevar a convertirnos en enemigos de Dios y su Iglesia. “El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno”, (Mc. 3, 29).

Para ser humildes tenemos que conocernos; conocer nuestras capacidades y limitaciones y sin pretender magnificar unas y disimular otras; las acciones que realizamos, nuestras palabras y actitudes son observadas por los demás, y es muy penoso cuando éstos se dan cuenta que somos más pequeños de lo que anunciábamos. Para ser humildes necesitamos ser sinceros; sinceros para reconocer los logros de los demás y felicitarlos por ellos; la persona humilde aprende de quienes le aventajan en cualidades; sinceros para dar una dar una opinión favorable o un consejo que favorece el desempeño de alguien; sinceros para reconocer que no siempre podemos estar en el primer puesto. Para ser humildes debemos  tener buena autoestima; la autoestima es la conciencia de que somos plenamente amados por Dios; aquella persona que se siente amada por el Señor, se siente movida a hacer bien las cosas; cuando tenemos la complacencia de nuestros seres queridos nuestras actitudes hacia ellos son las mejores; si nos sentimos queridos por Dios, actuaremos según su voluntad sin ningún problema, buscando siempre estar en armonía con su ser.

A lo largo de su ministerio, Jesús conoció muchos  enfermos del alma y del cuerpo; se acercó a los marginados sociales; contempló todos los pecados del hombre, pero hubo uno de todos, que no toleró jamás: la soberbia.

El Dios de la misericordia, como el Buen Pastor, no quiere que ninguna de sus ovejas se pierda, “Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado cambie su conducta y viva”, (Ez. 33, 11).

Jesús,  pudiendo hacerlo, nunca lanzará una piedra contra nosotros, por más grande que sea nuestro pecado, solamente nos dará su amor. Ese ejemplo suyo de amor y humildad deben ser parte de nuestra vida, para que podamos ver siempre con bondad y comprensión a nuestro prójimo.    

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