• Vie. Sep 17th, 2021

¿Quién dice la gente que soy yo?

DOMINGO XXIV ORDINARIO.
Mc. 8, 27-35.

Jesús nos ha convocado a celebrar llenos de gozo esta acción de gracias, que nos  que nos anticipa la felicidad que habremos de tener el día de mañana cuando lleguemos a encontrarnos definitivamente con Él. Hoy el Evangelio nos presenta un momento solemne en la vida de Jesús, la confesión de fe de Pedro, “¿Quién dice la gente que soy yo?”. “Eres el Mesías”, dice el apóstol en nombre de sus compañeros. Y a partir de ese momento empieza para Cristo lo más crucial de su vida, el compromiso de la Cruz, el padecer, el sufrir.

La cruz en nuestra vivencia cristiana. La cruz es un aspecto ineludible para quienes conocemos la bondad del Señor y tratamos de manteneros fieles a Él. Si estamos de parte del Señor, debemos estarlo, testimoniarlo en todo momento, tanto en los  buenos como en los malos.

La cruz, para algunos cristianos, es lo que pone a prueba su fe; esta es nuestra tentación, ocultar, desaparecer, evitar el dolor, huir de él. A nadie le gusta; todos buscamos ser felices, vivir cómodamente, sin el fastidio del sacrificio y las pruebas; sin prohibiciones y órdenes de nadie.

Del Señor estamos siempre dispuestos a recibir sus bendiciones, sus favores, no la confianza que nos demuestra al pedirnos que sostengamos por unos momentos, la cruz del dolor. Y precisamente, para saber si realmente podemos llamarnos sus fieles, Jesús nos hace esa misma pregunta a nosotros hoy: “¿Quién dices tú que soy yo?”. Podemos dar muchas respuestas hermosas, e inspiradas, como lo hizo Pedro, Jesús tiene muchos títulos, el Buen Pastor, el Cordero Pascual, el Mesías Redentor, etc. Respuestas profundas y precisas, llenas de verdad; toda respuesta nos compromete. Pero la mejor de ellas es la que damos con la vida, con la cercanía, con la fidelidad.

¿Quién es Dios para nosotros? A las personas solemos definirlas con una cualidad o defecto, según lo que represente para nosotros.  Si se nos preguntara quién es nuestra madre, responderíamos: “es alguien que todo el día me llama la atención, que no se cansa de recordarme lo que debo de hacer, que me despierta cuando tengo sueño, que me hace cumplir con las tareas cuando no tengo deseos. ¿Eso es nuestra madre? ¿No sería más apropiado decir, es alguien que me ama como nadie? Alguien que quiere que seamos mejor de lo que somos, alguien capaz de hacer los sacrificios más grandes para que no nos te falte nada.

Si nos atreviéramos a preguntar a los demás “¿Quién soy yo para ti?” nos darían respuestas que nos llenarían de enojo, porque señalarían nuestros defectos dominantes. Nos llenaríamos de pena por algunas verdades que no hemos advertido en nuestro comportamiento. Son muy pocas las personas que nos conocen y nos quieren por lo que somos y nos aceptan tal como somos. Y solamente los más cercanos, los que más nos aman, los que se aproximan a nuestro corazón, son los que pueden dar una opinión favorable sobre nosotros.

A Jesús le sucede lo mismo, no cualquiera le conoce. De él dicen muchas cosas, tanto positivas como negativas. Pero no son muchos los que le acompañan fieles, especialmente luego de escucharle declarar que uno de los requisitos del discípulo es la cruz. El dolor.

El rechazo a la cruz es negarnos a crecer espiritualmente. ¿Esa es nuestra recompensa por creer en Dios? ¿Por servirle y escucharle hemos de recibir sufrimiento? Nosotros caemos en el mismo error de Pedro en el Evangelio: tratar de evitar el dolor. Podemos llegar a pensar que Dios no es precisamente bondadoso de su parte permitir el sufrimiento. Hay personas que se niegan a aceptar eso y se marchan de su lado.

Dios sabe que tenemos la fuerza suficiente para avanzar con nuestra cruz a cuestas, para convertir el dolor en una virtud. Hay quienes se dejan derrotar por los problemas y contrariedades; también hay quienes se fortalecen con ellos.

Esta es la amenaza más grande y peligrosa para los creyentes: declarar que Dios es la bendición más grande del hombre, en la estabilidad y bienestar, y después, apartarnos de Él, rechazando la cruz.

Podemos convertirnos en creyentes superficiales, que celebran y pregonan la bondad de Dios, que le aman intensamente por lo que nos obsequia, pero que se desesperan y reprochan, cuando decide pedirnos un sacrificio.

Nuestra vida, no podemos plenificarla, ni darle madurez si tratamos de evitar el dolor. Cuando a los hijos se les da todo, procurando su bienestar, evitándoles malestares, mortificaciones, se les encamina a convertirse en unos inconscientes y desconsiderados, incapaces de sentir compasión, de ser amigos de quien sufre, incluso de sus propios padres.

Si tratamos de vivir como creyentes, no podremos ser una imagen de Dios si no padecemos algo de lo mucho que Él vivió. ¿Acaso la Virgen María no padeció sufrimientos? Ella también conoció el dolor, y por medio de él creció en sabiduría.

La cruz menos pesada es la que sostenemos junto a Jesús. La cruz no nos gusta porque en bajo su peso experimentamos la soledad, el sentimiento de abandono, aparentemente; el Señor no nos deja solos, como sí suelen hacerlo los “amigos” en cuanto nos ven en problemas, o necesitados; Dios siempre nos ayuda a llevar nuestros dolores, si sabemos compartir con Él nuestra cruz.

Todas las cruces pesan. La soledad o incomprensión en la que nos vemos por seguir a Jesús, “¿quién me tiene aquí?”; la enfermedad con todas las incomodidades y limitaciones que trae, “¿pero por qué a mí y ahora?”; la angustia por el mañana en estos días de crisis, “¿y ahora qué vamos a hacer?”. Pero existe una cruz ligera, y que ignoramos: la que compartimos con Cristo.

Debemos confiar en el Señor, “sé que vas conmigo, Señor”, y pedir que nos fortaleza “no me abandones, Señor”, y haga sentir su bondad ahi bajo la cruz. El sufrimiento que nos lastima, la confusión que nos atormenta, la preocupación que nos entristece, se vuelve distinta, cuando la compartimos con Dios, cuando pedimos su ayuda para seguir adelante.

Junto a la cruz que en algún momento todos debemos sostener, existirán también las tentaciones; éstas nos atraerán más que la cruz, nos prometerán cosas placenteras, agradables, prohibidas, de las que nadie se dará cuenta, y después de probarlas nos presentarán un precio que antes no nos advirtieron: la tristeza, la culpa, la pena.

 Jesús, por el contrario, nos ofrece, simple y llanamente el dolor, la cruz, y Él sí nos advierte, nos anuncia que a cambio de ella obtendremos algo más grande, algo por lo que vale la pena sufrir, su predilección, su cariño y aprecio.

¿Cuál es la respuesta que le daremos a Jesús cuando nos pregunte, “quien soy yo para ti”? Será una respuesta con nuestra vida, no con palabras. Será el testimonio que aceptamos pacientemente nuestras pruebas, momentos difíciles, nuestras humillaciones, la pena de nuestros defectos. El testimonio de que vamos marchando junto a Él, a lo largo de este camino que incluye la cruz. Es bajo el peso de la cruz donde le demostramos a Jesús lo que guarda nuestro corazón: fe o inmadurez.

Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrate
Párroco San Miguel Arcángel
Ures, Sonora

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