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¡Que se amen los unos a los otros!

PorENMARCHA.MX

May 11, 2021

DOMINGO VI PASCUA.
Jn 15, 9-17.

Estamos reunidos, acompañando a Jesús en la alegría de su resurrección. Hoy se cumplen seis semanas desde que Él regresó de la muerte. Recuperó su vida para estar con los suyos unos días más. Para demostrarnos todo su amor. De esto nos hablan hoy las lecturas, del sentimiento que anima, que llena, que mueve  al Señor, y que nos expresa en todo momento: el AMOR.

Esta es en nuestros días, solamente una palabra de la cual ya solamente tenemos una idea. No sabemos realmente lo que es amar. Para nosotros, el amor es únicamente un pretexto que justifica todas las acciones o compromisos: “Haz las cosas con amor, así salen mejor” nos han dicho por ahí. En la historia hubo un rey que dejó su corona y su trono para casarse con una mujer común y corriente, por amor. Aquel hombre casado, dejó su esposa, sus hijos… por amor,  ¡por amor!

En estos días, la palabra amor está en la boca de todos y la mayoría de las veces no la comprendemos. El amor es permanecer al lado de alguien,  nos señala Jesús. Permanecer, permanecer alegres haciendo lo que a Él le agrada: nuestra obediencia, cumplir sus mandamientos, en el caso del amor a Dios.

En la vida de todos los días esta es la forma más sencilla de amar, permaneciendo. El novio busca a su enamorada,  disfrutan la compañía, buscan complacerse el uno al otro. Y cuando ellos dos se respetan mutuamente en sus ideas y peticiones, es cuando se permanece. Permanecer es estar en armonía. Se puede permanecer, pero para estar discutiendo, peleando, haciendo caras. Permanecer es armonía.

Pudiera parecer que es lo mismo, el amor que Dios nos enseña y el que solemos practicar. Pero existen algunas diferencias. ¿Cuáles son esas diferencias?

El papa Benedicto XVI  nos ilumina; en su primera carta encíclica “Dios es amor”,  (2006), donde trata de recuperar el sentido y significado del amor.

Él dice: hay 3 tipos de amor. El primero, es el que surge del interior de la persona y se dirige a alguien más, a nuestros padres, a nuestros hijos, a los amigos, a la esposa o esposo. Este tipo de amor, pudiera degenerar en egoísmo, en apego a las cosas o las personas, y en esos caso deja de ser amor, se convierte en una obsesión, en una enfermedad, en una compulsión que hace daño, como la madre que sobreprotege a los hijos, que  no les permite madurar, crecer, ser libres, que se vuelve un monstruo de coraje contra todos. Todos conocemos personas así. Que se aman tanto que terminan haciéndose daño. Permanecen uno con el otro, pero para destrozarse la vida, los nervios cuando no se encauza bien este sentimiento.

Hay otro tipo de amor, nos enseña el Papa Benedicto, un amor que desciende, que nos alcanza. Es el tipo de amor que se derrama en la persona.  Por ahí alguien tiene una buena opinión de nosotros, nos saluda al pasar, nos muestra amabilidad, nos tiene confianza. Nosotros no hemos hecho ningún esfuerzo por ganar la simpatía de alguien más, pero hay personas que nos estiman, que nos obsequian su respeto.  Una mamá adora a sus hijos, nada más porque son sus hijos, es el amor de la madre en que cae sobre ellos. Así es también el amor de Dios, llega a nosotros,  y no porque tengamos muchos méritos o santidad. Nos ama porque Él quiere hacerlo. Y debemos dejar que lo haga.

El amor puede llegar a  rodearnos, salirnos al paso por medio de muchas cosas, y lo llegamos a ignorar, desconocer. Dios nos quiere amar, así como somos, con todas las faltas e incapacidades que tenemos, y muchas veces no lo reconocemos. 

Finalmente hay oro tipo de amor. El Papa lo llama “amor organizado”, que consiste en la entrega. En poner lo que somos, lo que tenemos, nuestros dones y habilidades, al servicio de quien no vemos personalmente. Cuando ayudamos sin saber a quién, eso es el amor organizado). Es por ejemplo, aquel donativo, que como penitencia estamos haciendo cada mes, cada mes. Aquella cooperación, con nuestro tiempo, en una kermesse, en una actividad de la escuela, en una causa noble. No sabemos a quién hicimos el bien, no sabemos finalmente a quién ayudamos, cómo se emplearon nuestras monedas, pero lo hicimos.  Ese es el amor organizado, dar sin que nadie nos  pida, dar porque sabemos que hace falta nuestra ayuda, que nuestra colaboración es valiosa, aunque sea pequeña. Dar sin pedir cuentas. Este amor organizado también se le puede ofrecer a Dios. Él no nos obliga a nada, pero nosotros sabemos que le debemos obediencia, fidelidad y oración. Dios se llena de gozo con lo bueno que hacemos.

Este amor organizado es menos gratificante que el amor de pareja, que sentir el amor de Dios, porque el amor organizado es amar a alguien invisible, a alguien que no sabes quién es, pero este es el único amor que  pone en práctica las palabras  que nos ha dicho Jesús: “nadie tiene amor más grande que quien da  su vida por sus amigos”.

Este es el amor más perfecto que existe, y quizá el que menos practicamos, porque desconfiamos. Porque no nos gusta hacer las cosas sin retribución. Sin sacrificio ni esfuerzo compensado. Quizá hemos cumplido perfectamente con amar a los nuestros, pero quizá nos haga falta querer a muchos más; servir  a otros que no nos conozcan ni nos vayan a agradecer.

Cuando en la oración pedimos por los pecadores empedernidos, los enfermos sin esperanza, los agonizantes que mueren sin auxilios, por los matrimonios en crisis,  por las madres que no quieren serlo y tantas situaciones y personas, estamos practicando el amor organizado.

¿Cuál es el tipo de amor que practicamos con más frecuencia? Tal vez el primero, amar a los nuestros. Y ¿cuál es el tipo de amor más grande?,  la entrega por los más necesitados, el apoyo a una causa benéfica, la oración por una intención especial, el amor organizado.

Todos sabemos permanecer, todos sabemos amar, todos podemos dar cosas buenas a los demás, pero no siempre lo hacemos como Dios lo pide, como Él lo espera.

El amor debe ser el distintivo de los creyentes católicos; el odio, el rencor, la indiferencia son propios de aquellos que se alejan, que no quieren nada con Dios. Pero nosotros, tenemos el deber de descubrir, reconocer  este amor para imitarlo en la persona del prójimo. No nos quedemos en la tibieza, en la pasividad. No guardemos este tesoro que es el amor, porque guardado no le aprovecha a nadie. No debemos decir que amamos a Dios, o que amamos a los nuestros, tenemos que demostrarlo.

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