• Vie. Sep 17th, 2021

¡Qué bien lo hace todo!

DOMINGO XXIII ORDINARIO, Mc 7, 31-37.

La Eucaristía dominical es parte de nuestra vida, por eso hoy estamos en la casa de Dios dispuestos a expresar nuestra fe al Señor y fidelidad a la Iglesia. La Palabra del Señor nos invita a acercarnos a Jesús con el fin de que cure nuestros males espirituales y nos convierta en personas nuevas dispuestas siempre a alabarle.

“¿Para qué nos dio Dios los sentidos corporales?”. La primera acción de Dios para el hombre que se acerca a Él, es capacitarle para la escucha; es el significado del milagro que nos cuenta hoy el Evangelio.  

El catecismo del padre Jerónimo de Ripalda hace la pregunta, “¿Para qué nos dio Dios los sentidos corporales?”, y la respuesta es: “Para que con todos le sirvamos en todas las cosas”, (C.J.R. No. 280). A Dios le rendimos culto con el cuerpo y el alma.

El profeta Isaías declara que con la llegada de Dios acabará todo lo que nos impide vivir como hijos de Dios. “Se iluminarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán”, (Is. 35, 5).

Aprender a escuchar a Dios. Jesús cura a un sordo, porque es el primer paso para hacerle comprender su verdad y voluntad. Es imposible razonar y dialogar con quien no escucha, con quien tiene por ciertos únicamente sus juicios y opiniones. Es desagradable tratar con aquellos que siempre creen tener la razón, y puede llegar a ser la actitud de algunos creyentes, no poder o no querer escuchar a Dios. Todos los bautizados corremos el riesgo de padecer esa sordera voluntaria y culpable con la cual nos desentendemos de los deberes con el Señor y lo reducimos a  nuestro benefactor personal, nuestro amuleto para el bienestar.

El primer compromiso del creyente es escuchar a Dios. Sabemos dirigirnos al Señor mediante la oración, de súplica por el bien personal y el de nuestro prójimo; es muestra de humildad y confianza, pero primero debemos ser atentos a su Palabra. Dios conoce nuestras necesidades y sin tardanza nos auxilia; la glorificación de su persona debe estar basada en el reconocimiento a su grandeza y no en los favores que nos concede. Aunque no pidamos nada, Dios nos provee de lo que necesitamos, los medios materiales, las circunstancias oportunas, la salud adecuada.

Debemos aprender a escuchar a Dios, sin renunciar  a nuestras prácticas de devoción,  porque Él desea ser escuchado. La mayoría de las ocasiones lo que más necesitamos no es la solución a aquello que pedimos, que nos angustia y desespera, sino el consejo sabio y sincero que proviene de su corazón. Hay situaciones en nuestra vida que al parecer nunca cambiarán; efectivamente, así seguirán, probablemente empeorando,  si primero no escuchamos, si no ponemos atención a lo que Dios nos aconseja al respecto, y si no empezamos a trabajar en su consejo.   

¿Qué es escuchar? Escuchar es llenarse de Dios; llenarse de luz, para comprender, de fuerza para resistir, de sabiduría para obrar, de paz para compartir. El buen creyente  es el que escucha la voz de Dios y le da respuesta con su propia vida. Dios nos puede pedir que callemos completamente para darnos unas instrucciones muy precisas y probablemente nada halagadoras, que tengamos paciencia cuando creemos desfallecer, que perdonemos cuando nos sentimos paralizados por la humillación, que hagamos vivo aquel juramento de “amarte y respetarte en la salud y en la enfermedad todos los días de mi vida”.  Escuchar es obedecer, cumplir la voluntad de Dios como Él lo pide.

No es suficiente el cumplir los mandamientos, llevar una vida sacramental, y procurar el bien del prójimo. Lo principal del creyente es llevar a cabo lo que Dios nos pide en cierto momento.

En nuestra relación con Dios, es más efectivo el callar nuestra voz, a pesar de lo grande de nuestro dolor, de la oscuridad de nuestra confusión, para  escuchar lo que Él desea compartirnos, ya sea por medio de los acontecimientos que nos rodean, por las personas que nos acompañan, por la lectura de su Palabra, por medio de las disposiciones de la Iglesia. Dios nos habla de muchas formas, a Moisés le habló por medio de una zarza ardiendo; con el niño Samuel lo hizo directamente; a la Virgen María le habló por medio de un ángel y a san José en un sueño. Y Dios, que aparentemente es un ser silencioso, continúa hablando al hombre a través de los siglos, a pesar de nuestra sordera empedernida; nos habla paciente y amorosamente, para orientarnos, para santificarnos.

Proclamar, la segunda tarea del cristiano. La persona que no escucha, no puede repetir lo que ha escuchado. El cristiano sordo a la voz del Señor se convierte en un mudo incapaz de darle respuesta a su llamado. ¿De qué manera nosotros anunciamos a Dios?, ¿lo recomendamos como un remedio eficaz  en los problemas, en los imprevistos que nos quitan la paz?, algunos, pocos, son quienes lo ven como el Maestro a quien se debe escuchar con atención, independientemente de lo agitada que se encuentre nuestra vida. Podemos convertirnos en mudos espirituales, incapaces de exclamar: “¡Gracias, Señor, bendito seas!”. En cambio, es muy común que reclamemos: “¿Por qué a mí, Señor, por qué yo?”, “¿cómo es posible que permitas esto?”, “¿dónde estabas en ese momento?”. Somos mudos cuando teniendo tanto que agradecer, no lo hacemos por estar encerrados, abrumados por nuestros asuntos o problemas.

 El creyente es un ser hecho para la palabra, la expresión. Nuestra misa se anuncia con campanadas y cada cristiano debe alabar a Dios y proclamarlo con su vida.

Solo atendiendo nuestra sordera podremos oír la voz de Dios, y después proclamar una verdad: todo nos viene de la mano del Señor. San Agustín nos dice: Tenga la lengua un alma buena: hablará el bien, pondrá de acuerdo a quienes no lo están, consolará a los que lloran, corregirá a los derrochadores y pondrá un freno a los iracundos; Dios será alabado, Cristo será recomendado”, (Sermón 311, 11).

¡Qué bien lo hace todo! , dijeron los testigos del milagro en el Evangelio; nosotros también deberíamos  proclamar la bondad de Dios, su prudencia y sabiduría. Dios sabe el por qué de las cosas, el cuándo y cómo. Dios sabe lo que necesitamos, lo que es bueno para nuestra vida; sabe qué  es lo que necesitamos aprender y nos repite la misma enseñanza una y otra vez, en ocasiones a lo largo de los años, a fin de que algún día podamos escucharla y comprenderla perfectamente. 

Vivir escuchando nuestras conciencias, atados a nuestras verdades o resentimientos no nos ayuda, porque podemos estar viviendo en el engaño.  Dejemos que Jesús como con el enfermo del evangelio,  nos toque para recuperar nuestra capacidad auditiva y comunicativa. Para descubrir y alabar  ese poder que cura el alma y el cuerpo, el amor que se hace presencia cuando nos sentimos solos,  y un alimento que nos llena en cada Eucaristía.

Todos procuramos ser buenos hijos de Dios, sí, todos tratamos de servirle. Pero para hacerlo como Él lo espera, debemos primero saberle escuchar. Como Jesús en el huerto, digamos, Que no se haga mi voluntad sino la tuya, (Lc 22, 42).     

Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrate
Párroco San Miguel Arcángel
Ures, Sonora

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