• Vie. Abr 23rd, 2021

!Que a gusto estamos aquí! Mc 9, 2-10.

II Domingo Cuaresma.

MC 9,2-10

Hoy, hacemos presencia en la casa del Señor confirmando nuestra fidelidad a su Palabra y el deseo de unirnos a su persona. Las lecturas de este segundo domingo de Cuaresma nos entregan un mensaje de esperanza, Dios nos tiene reservado algo bueno al pedirnos algo que no aceptamos o comprendemos.

¡Qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres tiendas. Dice Pedro al ver al Jesús divino en el monte Tabor, radiante en su gloria. Toda persona que procure cierta cercanía con Dios, mediante la oración, los sacramentos, el conocimiento de las Escrituras quedará maravillado con el Señor; podrá como los apóstoles sentirse deslumbrado por su ser y deseará habitar junto a Él por siempre. “¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!, mi alma se consume y anhela los atrios del Señor”, (Sal. 83). Todo quien se acerque a Dios, quedará prendado de Él y gustoso se dará a la tarea de conocerle más, de servirle, de seguir su doctrina.

Este deseo de búsqueda de Dios nace gracias a nuestra Fe, la cual, para verse fortalecida, tiene que experimentar la duda y la incomprensión.

Primero el mundo y después el cielo. Los apóstoles no entendían por qué no se les permitió más disfrutar aquel momento que hizo estremecerlos de gozo, y nosotros no comprendemos porqué, cuando más tratamos de ser fieles al Señor, cumpliendo con los compromisos de todo buen cristiano, nuestros problemas crecen, las dificultades se prolongan, los imprevistos alteran nuestra paz, ¿por qué no tenemos un poco de cielo aquí en el mundo? Porque primero tenemos que permanecer en el mundo para después ir a gozar del cielo. Nuestra Fe muchas veces se ve sometida a pruebas muy grandes como la que se le pide a Abraham: “Toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas; (…) y ofrécemelo en sacrificio”, (Gn 22, 2). Nosotros tenemos que hacer frente a momentos sumamente dolorosos en los que nos preguntamos ante Dios, “¿por qué, Señor?”, “¿hasta cuándo?”; ¿Por qué siendo buenos con nuestro prójimo y atentos con Dios, nos vemos privados de sus bendiciones? Porque es ahí, permaneciendo  en medio de nuestras pruebas, tempestades y confusiones, donde vamos a poder alcanzar posteriormente lo que deseamos.

La generosidad de Dios. Dios es muy generoso con sus hijos, nos da infinidad de bienes espirituales y materiales; nos dio las virtudes de la Fe, la Esperanza y la Caridad en nuestro bautismo; pone a nuestro alcance su gracia en los sacramentos que recibimos; nos permite dirigirnos a Él con la oración, conocerle con el estudio de su Palabra, servirle en el prójimo; nos ha dado a cada quien dones, cualidades, talentos que nos distinguen ante los demás. Nos provee materialmente de lo que necesitamos; pero lo único que Dios no nos obsequia es la Gloria; ésta debemos hacerla nuestra, ganarla a base de esfuerzos aquí en el mundo.

Jesús para alcanzar la glorificación tuvo que pasar por el trance terrible de la cruz.

Las pruebas que nosotros experimentamos, son peldaños hacia la Gloria de Dios, y no debemos rechazarlas. Cuando Dios nos mande, como a los apóstoles, bajar del monte en el que nos encontramos cómodamente, disfrutando, sin ningún contratiempo, tenemos que obedecerle. Como lo hizo Abraham, con el corazón estrujado por el dolor y la confusión, pero fiel a Dios, que anteriormente le había hecho una promesa grandiosa, que finalmente se cumplió por haber sido probado en su obediencia.

Todo sacrificio guarda una recompensa. Y dicha recompensa siempre será para la persona, no para Dios; el premio más grande lo gana el hombre, y no el Señor. Todos nos vemos en la encrucijada de seguir nuestros deseos, de optar por lo que nos parece más sencillo, o de asumir aquello que nos parece injusto e incomprensible. Al final del Sermón de la Montaña, Jesús habló a los apóstoles de las dos puertas, una ancha y cómoda, la otra, estrecha: “¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!”, (Mt 7, 14).

Dios nos pide que realicemos en ocasiones acciones que no comprendemos y nos llenan de mortificación, pero es por nuestro bien. Ningún sacrificio queda sin recompensa; todos crecemos, nos perfeccionamos, llegamos a ser mejores cuando asumimos aquello que nos causa un poco de dolor.

La prueba que Dios pide a sus hijos. Así como Dios nos da pruebas de su amor con todo lo que nos da, nosotros también tenemos hacia el Señor, el deber de darle la prueba de nuestra fidelidad con la confianza y aceptación de aquello que nos manda; el empezar un camino nuevo que exige esfuerzos,  como vencer nuestro orgullo y guardar silencio ante aquello que no entendemos, como el dejar el sitio en el que nos encontrábamos instalados para que otros lo ocupen.

La prueba que Dios nos pide es la confianza en Él, es decir, la Fe. En la Carta a los Hebreos, san Pablo nos dice: “Fijemos los ojos en Jesús, (…), el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin temor a la humillación de la Cruz, y está sentado a la diestra de Dios”, (Hb 12, 2). La Fe, además de ser la confianza que otorgamos al Señor, es la humildad con que aceptamos lo que nos pide y señala. Dudar de Dios, reclamarle, someter a juicio sus designios, es negar su sabiduría, y eso constituye un error inmenso. Dios no se equivoca al pedirnos un sacrificio, al retirarnos algún afecto, al apartarnos de los que nos gusta, al hacer eso nos da la oportunidad que le manifestemos la prueba de nuestra fidelidad.

¿Nuestra vida como cristianos consiste entonces en sufrir lo que Dios nos manda? No. La vida de Fe que estamos llamados a vivir, no consiste en buscar la cruz, sino en buscar la Gloria.

Jesús nos anunció el Reino de los Cielos; nos hizo una promesa grandiosa, nuestra total plenitud; libres por fin del dolor que destruye y en unión con Dios; con ese Dios que nos emociona tanto, que nos regala momentos tan gratos y apacibles; que nos comparte su luz para que con ella llenemos nuestras tinieblas. Pero el Reino debemos hacerlo nuestro paso a paso, caminando a través de los dolores que encontramos en el mundo. Para llegar a esa luz esplendorosa de la Gloria de Dios, es necesario que atravesemos la oscuridad de nuestros miedos y cansancios.  “Que cobren vigor, los brazos que desfallecen y se hagan firmes las rodillas debilitadas…”, (Hb 12, 12), el sacrificio no nos debe desanimar, mucho menos derrotar.

Llevar la luz a donde hay oscuridad. En el evangelio Pedro cometió un error, tratar de renunciar a la vida de todos los días y establecerse en la Gloria. Los creyentes no debemos aspirar a la luz pretendiendo evitar la oscuridad. La oscuridad siempre habrá de existir, siempre habrá problemas, dificultades, momentos amargos; pero la oscuridad se vuelve menos densa cuando llevamos a ella un poco de la luz que vieron los apóstoles, un poco de Dios. “Si me fallase la confianza en tu amor, todo habría terminado”, (Augusto Valensín, 1879-1953, jesuita francés).

Dios es tan grande que nos ha mostrado el camino para llegar a la Gloria que vieron los apóstoles en lo alto del monte. Ese camino está en el valle, en la vida diaria, en las realidades y responsabilidades de todos los días. Es aquí donde vamos a fortalecer la Fe, para darle al Señor la respuesta que espera y poder hacer nuestra su gran promesa.

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