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Parábola de los Talentos. Domingo XXXIII Ordinario Mt. 25, 14-30.

Poradministrador unico

Nov 15, 2020

Hoy el Evangelio nos cuenta la parábola de los talentos, un relato, que como otras parábolas, hacen referencia a la Parusía, la segunda venida de Jesús, anunciada por Él mismo, y que habrá de producir una gran frustración en quienes no estuvieron pendientes de su llegada.

Las primeras comunidades cristianas, todos aquellos fieles que vivieron los hechos de la resurrección y la ascensión de Jesús, esperaban llenos de fe su regreso y ésta era la predicación fundamental en sus asambleas.

En estos días, la esperanza en el retorno de Jesús al mundo  se ha desdibujado;  casi ha desaparecido porque hoy la única existencia válida y segura, consideramos que es el presente, y no sabemos pensar en el mañana; nos preocupamos por  nuestra humanidad y descuidamos la espiritualidad. Hoy los niños quieren ser mayores, para poder hacer aquello a lo que no se les permite acceder; los jóvenes desean ansiosamente cumplir los dieciocho años para sentirse liberados de obligaciones y restricciones; los adultos quisiéramos adelantar el tiempo  para eliminar de nuestra vida, lo que nos incomoda o lastima; y el caso extremo es desear morir para acabar con los problemas, para escaparnos del presente en el que vivimos. Todos estamos de acuerdo que el hoy que vivimos no es perfecto, pero,  ¿qué hay del futuro? No olvidemos que el espíritu vive para siempre; el alma de los seres humanos cuando deja el mundo vuelve al lado de su creador, Dios;  ¿en qué estado va a llegar la nuestra junto a Él?

Cuando una persona querida regresa de un viaje, nuestra primera pregunta es “¿cómo te fue, cómo la pasaste, qué me trajiste?”. Cuando después de nuestra estancia en el mundo nos encontremos con Dios, nos hará las mismas preguntas, y añadirá: ¿qué hiciste con tus talentos, para qué los utilizaste?  Todos poseemos virtudes que nos caracterizan y nos hacen merecedores de respeto; todos tenemos una riqueza personal, y como nos enseña el Evangelio, es para dar rendimientos.

Muchos así lo hacen con sus cualidades, hay quienes reciben diplomas por  su inteligencia, hay quienes ganan medallas en su desempeño en el deporte, otros se distinguen por su alegría, bondad, lealtad; pero quizá los talentos que menos cultivamos son los espirituales.

Nuestros talentos. La vida espiritual de cada persona no empieza de cero, sino desde la generosidad de Dios; ninguno de nosotros posee algo que sea verdaderamente propio, porque todo nos lo ha dado el Señor. Ha puesto a nuestro cuidado talentos tan preciados como, la oración, y todos tenemos fallas en ella, nos distraemos, nos aburre, la mayoría de los jóvenes no sabe rezar el rosario, los niños no conocen muchas oraciones que los mayores aprendieron de pequeños; los sacramentos, son otro talento que Dios ha puesto para nuestra disposición, para  la primera comunión y la confirmación se persevera en el catecismo, pero después de recibidos, muchos no los frecuentan, sobre todo el de la confesión, valiosísimo talento es el perdón de Dios; la caridad, la mayor de las virtudes bautismales, la guardamos siempre para nosotros y los que más amamos.

Dios confía mucho en cada uno de sus hijos, que nos da lo más valioso de Él, para que lo administremos, lo hagamos producir en beneficio del prójimo.

Cuando Dios nos obsequia un talento, no es en reconocimiento nuestra grandeza, lo hace pensando en el bien que podemos hacer a los demás. Muchísimo bien hace la obediencia de un hijo a sus padres, tener un hijo servicial, es el orgullo y confianza de sus padres; mucho bien hace el respeto de un alumno a su maestro; de la misma forma, la fidelidad, el compromiso cercano con Dios es un buen testimonio para la fe de muchos. Mucho provecho trae la oración y orar por los demás, el conocer los pasajes de la Biblia, que nos permiten en cierto momento poder dar un consejo con la sabiduría de Dios.

¿Qué pasa cuando no hacemos producir nuestros talentos? La negativa obstinada, la desidia, la ignorancia por hacer el bien se le llama pecado de omisión. Dejar de hacer el bien que está a nuestro alcance.

En el Evangelio, se le llama “malo y perezoso”, al criado que no hizo nada productivo con lo que se le  encomendó. El deseo de Dios es que todos hagamos rendir lo bueno que Él nos ha dado, en mayor o menor medida que otros.

Antes de ser ungido como rey, David era estimado por saber tocar la cítara, manejar muy bien la honda en su trabajo de pastor,  por ser bien educado y buen hijo de Dios, (1 Sam. 16, 18). Eran muy modestos los talentos de David, pero con una roca y una honda, con lo que él sabía hacer, David, el pastor, el poco instruido, derrotó a Goliat, lo que no habían hecho ejércitos enteros.

Con nuestros escasos talentos podemos hacer mucho, si de nuestra parte hay disposición y humildad para compartirlos. El bien nunca pasa desapercibido, y nunca deja de recibir su recompensa. Por el contrario, cuando no compartimos lo que tenemos, además de pecar,   quedan en evidencia  nuestros defectos, el lado sombrío de nuestro ser.

Dios perdona nuestros pecados, se compadece de  nuestros defectos, pero no comprende por qué no sabemos compartir la riqueza que nos ha confiado. Muchos creyentes ponemos nuestro empeño en no hacer el mal, y con no robar ni matar nos sentimos satisfechos. Eso no es suficiente, nuestra tarea es hacer el bien, es lo primero que nos preguntará Dios cuando nos llame a cuentas.

Debemos estar preparados para el regreso del Amo. Habrá de llegar el día en el que Dios nos llame a rendir cuentas. Nos felicitará por los logros humanos que pudimos alcanzar, pero en especial, le interesará saber por  los talentos espirituales que nos entregó. ¿Tuvimos caridad con el prójimo?, ¿aprendimos a perdonar?, ¿fuimos tolerantes con los defectos ajenos?

De quienes hemos recibido los sacramentos de iniciación, Dios tiene muchas expectativas, esperanzas, y no debemos defraudarlo por miedo, pena u orgullo.

Debemos estar preparados para este momento, nuestro presente es muy importante, pero mucho más lo es el futuro, lo que vendrá, y desde el hoy construimos el mañana. Jesús volverá al mundo, no sabemos cuándo sucederá, pudiera ser que antes de este suceso Él nos llame, y tengamos que partir, y como propietario nos exija lo que le pertenece, nuestros talentos, y qué pena sería causarle una decepción por no haber hecho algo en beneficio de los demás. A Dios no le preocupa el cuánto hacemos, sino el que nos neguemos a hacer algo bueno con lo que Él nos ha confiado.

Hoy el Evangelio nos habla de la fidelidad que Dios espera como respuesta a la inmensa confianza que nos tiene. Dios nos quiere y nos da mucho, como los padres a sus hijos, que los visten, los alimentan, los atienden cuando enferman, y mucho más; los hijos, ante tales atenciones, por gratitud, deben, mínimamente, responder con su obediencia.

Hoy hemos escuchado una de las parábolas de la vigilancia, que nos invita a vigilar lo que somos, hijos  amados de Dios; reconozcamos lo que tenemos, talentos, dones del Señor; seamos cuidadosos con lo que poseemos, porque no es nuestro, y no podemos alegar que nos pertenece, pero sí estamos en la obligación de utilizarlos para hacer el bien a otros.

Con la esperanza de poder agradar a nuestro Señor, y ser llamados “siervos buenos”, multipliquemos nuestros talentos, y el Señor, generoso al extremo nos dará más.        

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