• Dom. Jun 26th, 2022

“Les doy un mandamiento nuevo…”.

DOMINGO V PASCUA.
Jn. 13, 31-33. 34-35.
“Les doy un mandamiento nuevo…”.

Acompañamos al Señor en este día consagrado a Él, dispuestos  a escuchar su mensaje, que en este día nos dice quiénes somos, y cuál es nuestra identidad como creyentes; el creyente es una persona que ama, pero  que ama de una manera especial.

La novedad del amor. En el Evangelio, Jesús , celebrando al cena pascual, deja a los apóstoles, el mandamiento del amor. ¿En qué consiste la novedad de este mandamiento? En amar a la manera de Dios aquí en el mundo. Dos ama a los pecadores, aunque le ofendan mil veces. Nosotros ¿sentimos lo mismo con quienes nos han humillado y lastimado, hecho un perjuicio? Dios perdona y olvida porque ama; nosotros hacemos esfuerzo por  perdonar pero a la vez, seguimos apegados al dolor de un recuerdo.   Ante una agresión, un maltrato, una desatención correspondemos igual o peor, nunca con amor.

El amor de Dios es infinito e intenso. El amor de los hombres tiene unos alcances muy cortos, amar a los que nos aman, a los que nos han hecho un bien; es un amor condicionado al bien que recibimos y en la medida que lo recibimos; Jesús en cambio, ama generosamente, sin esperar ser amado, ama al que le traiciona, al que lo niega, al que lo olvida, al que le reclama, ama por igual al soberbio y al humilde, al justo y al pecador; uno de ellos, es su orgullo, el otro, objeto de sus cuidados.

El amor de Dios rompe todos los límites; nosotros ponemos barreras según nuestros juicios, al que lleva una vida desordenada, al quien hace el mal, a quien se equivoca, al que no tiene méritos, a quien no es como nosotros; Jesús se acercaba a todo tipo de personas, a los desprotegidos, los enfermos, los indignos, las viudas, los niños.  El amor auténtico no hace distinciones ni se divide en cantidades, se reparte entre todos por igual.

Jesús dijo a los judíos de su tiempo, y su sentencia sigue vigente para nosotros: “Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman… Amen a sus enemigos;  hagan el bien sin esperar nada a cambio”, (Lc. 6, 32-35).

El mandamiento nuevo se vive, imitándolo. En las páginas del Antiguo Testamento, se recomendaba  el amor al extranjero, a las viudas y huérfanos: “Cuando coseches la mies de tus campos, si olvidas en él una gavilla, será para el forastero, el huérfano y la viuda, y a fin de que Yahvé te bendiga en todas tus obras”, (Deut. 24, 19).  Se educaba a los hijos en la atención y cuidado de las personas, a sentir consideración por los demás. Pero el amor que señala Jesús es mucho más que servicio, atención y cortesía;  es un amor sin motivo, sin causa, ni obligado por nada. Ese amor de Cristo no se deja condicionar, ni  marca límites por malos comportamientos.

Jesús dijo en la cena pascual, “Hagan esto en memoria mía”,  es decir, repitan, imiten mis acciones. Los seres humanos aprendemos muy fácilmente lo que vemos y oímos. Repetimos  el lenguaje de los amigos, sus acciones, aunque no sean las mejores; pero somos muy lentos para imitar el amor de Jesús hacia los demás, sin sentir recelo; y también  debemos  reflexionar  en las muestras de amor de Jesús hacia nosotros, para nosotros empezar a imitarle. Para vivir eso se hace necesario  descubrir  el amor de Dios.

Los dos grados del mandamiento nuevo.   El amor que se nos pide practicar tiene dos grados, el primero de ellos, amar al prójimo como a uno mismo. El amor cuando es auténtico y por consiguiente saludable,  inunda  tanto a la persona que se desborda hacia los demás. Una fuente que no derrama su agua, es una fuente seca; una persona que no ama a su prójimo, no tiene suficiente amor para sí mismo, que no ofrece nada a los demás. Es triste ver a esas personas cerradas, que no ofrecen algo a los demás, una sonrisa, un gesto amable, una ayuda;  resultan ser como  fuentes secas en las que nadie puede acercase a refrescar sus manos, su alma.

El segundo grado es amar al prójimo como a Dios mismo; lo que se hace con el prójimo se hace con Dios; ¿pasas de largo ante las necesidades del pobre, del extraviado, del enfermo? Lo mismo le haces a Dios. El bien que hacemos a los nuestros, a Dios se lo hacemos. Si queremos saber qué tanto amamos a Dios, debemos observar nuestra relación con el prójimo, no lo que pensamos de él, sino lo que hacemos con él, aquel hijo que falta al respeto a sus padres, que tiene una mala relación con ellos, que lastima su dignidad con gritos, con incomprensiones y juicios, está manifestando su grado de amor por Dios. Jesús señaló esta falta a los fariseos,  celosísimos en sus deberes con el Señor y el Templo, pero desentendidos del prójimo, se asqueaban de los pecadores. “Gentuza”, llegamos a calificar a alguien;  en esa gentuza está Dios.

El amor cristiano es el distintivo del creyente. “En esto conocerán que ustedes son mis discípulos”, dice Jesús, en el amor. Entre nosotros debería ser muy evidente la amistad, la estima, la caridad. Nuestras familias deberían ser un reflejo de este amor divino.

El buen cristiano no es un practicante solamente, un asistente frecuente a la misa, o alguien que recita bellas oraciones, que hace sus ofrendas puntualmente. El creyente es alguien que dispensa  su caridad al prójimo. Alguien que ama generosamente. 

En cierta ocasión una periodista vio a la madre santa Teresa de Calcuta atender con mucho cuidado y ternura a un enfermo grave, lavar sus heridas y hablarle tiernamente sin ninguna repulsión. Al terminar su trabajo, la periodista le dijo a la entrevistada: “Yo nunca haría eso, ni  por todo el dinero del mundo”. Y la madre Teresa respondió: Yo tampoco. Yo nunca trataría a alguien con amor, a cambio de dinero.

Así deberíamos ser los creyentes, hacer las cosas por amor. Jesús  lavó los pies a sus apóstoles, incluido Judas, por amor. Hoy a muchos nos mueve el interés, el beneficio que podemos obtener. Los hijos se portan bien en casa para hacer méritos y recibir lo que pidan. 

 El amor es algo que debe ser parte de nuestras vidas, no un accesorio, una opción, sino algo vital, que se transmita. El amor no es una moneda que guardemos y después podamos con ella comprar algo: “favor por favor”.

El amor es importante en la vida de las personas porque mediante él, todo se transforma para bien. ¿Qué es lo que salva las uniones matrimoniales? ¿Lo que fortalece y embellece a las familias que han atravesado algunos problemas? El amor.  ¿Qué es lo que lava nuestras manchas y nos da una dignidad nueva? El amor de Dios cuando nos otorga su perdón. ¿Qué es lo que le da un gran impulso a aquellas personas para superar sus miedos, sus rencores, sus tristezas y ser mejores? El amor que ponen en sí mismos.

El Evangelio hoy nos ha recordado el primer mandamiento de Dios, el más importante, el que lo resume todo. Debemos amar, testimoniar el amor, porque somos lo que guardamos en el corazón.

No sofoquemos este don que el Señor repartió entre todos sus hijos por igual para que como Él, podamos amar por siempre y cumplir el sagrado mandato del Señor.  

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