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¿Le es lícito a un hombre…?”

Poradministrador unico

Oct 2, 2021

DOMINGO XXVII ORDINARIO. Mc 10, 2-16. “

El día de hoy Dios nos hace una llamado a nuestra conciencia para que descubramos que tenemos el deber de cultivar una disposición interior: el amor. El amor divino bien apreciado, nos ayuda a vivir el amor humano.

¿Qué entendemos hoy con la palabra amor? El amor es  el fundamento  de la acción del Señor hacia sus hijos, y el ser humano no sabe practicar ese amor. Dios ama inmensamente a sus hijos, lo hemos escuchado siempre, pero quizá nunca hemos reflexionado en las muestras de su amor hacia nosotros y como consecuencia no hemos sido  testimonio suyo entre los nuestros. Para nosotros el amor es un sentimiento gratificante, distintivo de personas sanas emocionalmente.

El amor es propio de las personas buenas, porque el amor es bondad, que surge del corazón y se comparte con alguien; el amor es protección, a quien amamos deseamos hacerle el bien, ayudarle si está a nuestro alcance el hacerlo; el amor es admiración,  todos tenemos muy presentes las virtudes y talentos de las personas queridas; el amor, por supuesto, es respeto, la persona que ama, respeta el carácter, las ideas y decisiones de sus seres queridos. El amor es en una palabra, vinculante. Nos aproxima, nos enlaza, nos une, con alguien más. El amor une, no divide.

El amor de Dios, nuestro ejemplo. El evangelio de hoy, más que hablarnos del tema del divorcio, es una declaración a favor del amor y de nuestra poca capacidad para vivirlo. Dios, en su relación de amor con el hombre y la mujer, tuvo la dolorosa experiencia de la desobediencia de Adán y Eva, quienes  lo decepcionaron terriblemente. Y después de ellos, fue Caín quien le dio el siguiente golpe. Dios sintió compasión por los hebreos en Egipto, los tomó como hijos y los convirtió en personas libres; en el desierto, les dio el sustento, pan, carne, agua; más tarde, ellos mismos le rechazaron para adorar un becerro de oro.

Muchas infidelidades sufrió Dios en su relación con los hombres, tantas, que llegó a arrepentirse de haber creado al hombre. Y cuando ya no había nada en común entre el Señor y el hombre, cuando ya éramos extraños y enemigos, Dios dio el gran paso: se acercó a nosotros, no para firmar un acta de divorcio por nuestros pecados, interminables y siempre los mismos. Se acercó para decirnos cuánto nos ama, que nos ha amado desde el principio, y como prueba de ese amor, nos envió a su Hijo para enseñarnos su mensaje de amor. Nos dejó una Iglesia para que en ella viviéramos como hermanos, en paz y caminando hacia la salvación. Nos dejó los sacramentos para nutrirnos de su Gracia.

Dios quiso ser fiel al amor que nos juró desde un principio, cuando lo traicionamos con el primer pecado. Y continúa siéndolo, porque así es el amor de Dios, fuerte y eterno.

“Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres”, (Mc 7, 8). En la actualidad vemos que no somos capaces de vivir este amor divino en nuestras relaciones personales; el amor humano  es débil y pasajero. Parejas que se casan, civilmente y sacramentalmente, pero no se unen, (el amor es unión que se fortalece), y al no tener en cuenta este compromiso tan profundo, vienen las decepciones, los problemas, y finalmente la separación, porque hoy el divorcio es la solución a todos los problemas. Y ante esa situación, a la Iglesia, al igual que a Jesús en el Evangelio, se le pide que opine, esperando que su respuesta sea permisiva, favorable al egoísmo personal, en otras palabras “se adapte a los nuevos tiempos”. Pero como la Iglesia no hace estas concesiones, se le reprocha, que es dura, retrógrada, incapaz de ver la realidad de las cosas, ignorante de la naturaleza de los problemas de las parejas, que tiene mala voluntad, entre otras muchas cosas.

La Iglesia simplemente sostiene la postura de Cristo: tenemos que amar. Amar es unirse, no separarse. La Iglesia no puede transigir con el egoísmo humano. Tenemos que dirigirnos a Dios y de Él sacar la fuerza que como humanos ya no podemos darnos uno al otro.

Hay parejas que dan por pérdida su relación sin haber utilizado el recurso principal: el amor. Perdonar y empezar a amar de nuevo.

Lo mismo podemos decir de aquellas amistades, que quedan truncas por la falta de generosidad de alguna o ambas partes; de aquellos hijos que guardan resentimientos hacia sus padres o hermanos; de algunos  fieles que se distancian de su parroquia contrariados con el proceder del sacerdote, y todo debido a que  no han sabido imitar las acciones amorosas de Dios, seguir dando más de sí a pesar de los golpes y traiciones recibidos. En estos días,  el amor de Dios no es parte de nuestra vida, hoy, el divorcio, la ruptura, el alejamiento es la única solución conocida. Nos apartamos de quien no nos hace ningún bien. Somos duros de corazón, y amamos de manera imperfecta.

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Hoy, ante esas situaciones de parejas separadas, de personas divorciadas y vueltas a casar; de amistades rotas, de relaciones familiares lastimadas y enfermas, y podemos incluir también las opiniones acerca del aborto, eutanasia, matrimonios igualitarios, también se le pide a la Iglesia que bendiga esas situaciones, que las asuma como algo normal, a fin de cuenta es lo que sucede en todos lados. No.

En esta sociedad de opiniones, donde todo mundo expresa y defiende  lo que piensa aunque sea erróneo, el Evangelio también tiene derecho a opinar: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Lo que transgrede  los mandamientos de Dios, no es de Dios y las opiniones de los hombres nunca lo superarán.

El que se queja, el que protesta, el que acusa a la Iglesia de incomprensión o intransigencia por estas palabras de Jesús, entérese a quién le está protestando: a la Palabra de  Dios. Nada menos que a  Dios, quien es  la sabiduría y justicia absoluta, quien no se puede equivocar, ni obrar caprichosamente. Dios nunca hará nada en contra nuestra a pesar de nuestras faltas, Dios no sabe castigar, lo único que hace y sin interrupción es amarnos. Y porque nos ama nos recuerda nuestros deberes, nos llama la atención, nos coloca en el sitio que nos corresponde.

Cuando como personas vivamos momentos difíciles con los nuestros, como todos solemos tenerlos, no debemos tomar el camino fácil, la separación; debemos acudir a quien es la fuente del amor, Dios y con la ayuda de su consejo, podremos seguir adelante.

Si después de hacer todos los intentos para mejorar, y  esa relación continúa siendo destructiva, no podemos decir que es la voluntad de Dios que estemos junto a alguien que solo amarga nuestra vida y no nos ayuda a crecer.

Si en nuestra conciencia entendiéramos que la vida debe regirse por la ley de la perfección, es decir del amor; si pusiéramos nuestros ojos en lo valioso y lo bueno que todos poseemos, y no en las  debilidades, errores y descuidos de los demás, tendríamos una sociedad distinta. No habría separaciones, ni resentimientos, ni enemistades,  ni injusticias. El amor de una pareja, el amor de dos amigos, a los hijos, a nuestro estado de vida, no nos debe producir problemas ni alterar la paz de otros.

Hoy el Evangelio nos invita a buscar el amor, y a expresarlo en nuestra vida porque es la base de la paz y la tranquilidad, y es el ideal de perfección cristiana. No al egoísmo que separa y divide  y un sí al amor que une y  plenifica.

Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrate
Párroco San Miguel Arcángel
Ures, Sonora

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