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LAMADOS A LA SANTIDAD

PorENMARCHA.MX

Nov 12, 2015

Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez           

            Durante la festividad de Todos los Santos, recientemente celebrada, alabamos la santidad de Dios manifestada en sus hijos, los santos de la Iglesia; pero no se refiere únicamente a los santos canonizados, sino también a todas aquellas personas que han vivido radicalmente el Evangelio en forma anónima, los cuales son incontables e innumerables.

Así pues, esta festividad reúne en un solo día, y en una sola celebración, a todos los santos del año. En este día se recuerdan a todos los santos que no tienen festividad propia en el calendario litúrgico, especialmente todos aquellos que no están reconocidos a través de los procesos de canonización y que son millares de millares.

Esta celebración nos recuerda la multitud de redimidos de la cual habla el libro del Apocalipsis, que textualmente habla de 144,000 los salvados (Cfr. Ap 7,4), sin embargo, la cifra simboliza a la “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Ap 7, 9).

La salvación cristiana es universal. Así lo muestra esa inmensa multitud que representa el nuevo pueblo de Dios que ha sido redimido por la sangre del Cordero de Dios y por lo cual se encuentran vestidos de blanco. Un pueblo que ha atravesado el desierto de la prueba y que está de pie en señal de victoria

Desde la elección del pueblo de Dios, todos hemos sido llamados a ser santos: “Sean santos para mí, porque yo soy santo, y los he separado de los demás pueblos, para que sean míos” (Lev 20, 26; Cfr. Lev 11, 44; 19, 2; 20, 7; 1 Pe 1, 15-16).

La santidad de Dios no sólo es un atributo misterioso del ser de Dios, sino que es su perfección moral. Cristo personifica esa perfección, porque quien lo ve a él ve al Padre (Cfr. Jn 14, 9); el mismo Señor Jesús nos invita a esa perfección: “Ustedes sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

La santidad no debe ser vista solamente como un tema teológico, sino como un tema para vivir cristianamente en nuestro mundo actual: viviendo lo esencial y lo fundamental cristiano, viviendo con plenitud el Evangelio de Jesucristo.

Jesús no nos pide que seamos iguales a Dios, sino que nos dejemos llenar por el Espíritu de Dios a través suyo, para poder vivir y actuar con santidad, y de esa forma cumplir la divina voluntad de Dios.

El Señor Jesús es fuente y modelo de toda santidad. Ser santo es participar de la santidad de Dios. Jesucristo es el santo de los santos, y el Espíritu Santo es el santificador de los seres humanos.

El Concilio Vaticano II nos recuerda una verdad fundamental: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Lumen Gentium, 11).

Así es, ¡Todos estamos llamados a ser santos! Dios mismo “nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia” (Ef 1,4), todo movido por su Amor.

De esa forma, “los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; los que no habían conseguido misericordia, ahora obtuvieron misericordia” (1Pe 2,10).

Con frecuencia nuestro mundo actual ha perdido el ideal y el propósito de vivir cristianamente nuestro compromiso y responsabilidad como bautizados en Cristo.

El santo de nuestro tiempo, con su presencia y compromiso como bautizado en medio del mundo, se traduce en acción transformadora por medio del Amor, acción que brota del Espíritu Santo, y ello nos ayuda a santificar nuestras actividades cotidianas.

 

dralvarez_gtz@hotmail.com

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