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La Santísima Trinidad

PorENMARCHA.MX

May 30, 2021

Mateo 28, 16-20.
“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo”

Estamos  reunidos para celebrar el Día del Señor, haciendo  uno de los ecos de la alegría de la Pascua, recientemente concluida, el domingo de la Santísima Trinidad. Es el día que tenemos presente la primera de las verdades de Fe que posee nuestra Iglesia.

El hombre y la Santísima Trinidad. La vida cristiana, la vida de fe, tiene inicio en el sacramento del bautismo; somos recibidos en la Iglesia de Dios, según las palabras de Jesús, “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

La fe del creyente católico está puesta en las tres divinas personas; en el Padre creador, principio y origen de todo; en el Hijo, Jesús, quien  dio a conocer el amor del Padre a los hombres; y en el Espíritu Santo, quien colaboró con el Padre en la creación e inspiró a los escritores sagrados, y en estos días hace presente la gracia de Dios en la Iglesia, en cada sacramento que recibimos.

La Santísima Trinidad es el mayor misterio, y la mayor riqueza que guarda nuestra Iglesia, y lo debemos aceptar, aunque no lo comprendamos. Los apóstoles se desconcertaban con las enseñanzas de Jesús: Quien me ve a mí, ve al Padre, (Jn. 14, 7), dijo Jesús en la Última Cena,  y Felipe le replicó: Muéstranos al Padre y con eso nos basta, (Jn. 14, 8). Todos los santos, que lograron una perfecta relación de unión con Dios, y que hoy son nuestros intercesores ante el Señor, no trataron de descifrar jamás este misterio.

El misterio en la vida del hombre. El misterio es uno de los compañeros del ser humano, que a lo largo de nuestra vida nos motiva a aprender, a conocer, a relacionarnos de manera más cercana con los demás y el mundo. Pero hay misterios mucho más grandes que nuestra inteligencia.

Los hombres de ciencia pueden explicarnos mucho acerca del cuerpo humano; las funciones de nuestros órganos, la forma de cuidarlos; pero hay mucho de la anatomía que los médicos desconocen hasta estos días, y sin embargo existimos,  amamos, somos capaces de demostrarnos cariño a pesar de que no conocemos  lo que cada uno de nosotros guarda en sus genes.

Es un misterio el universo, los planetas; es un misterio la mente humana, incluso para cada uno de nosotros, que no conocemos en su totalidad  los recuerdos que guardamos en ella.

Dios abrió al hombre todas las puertas del conocimiento, pero algunas todavía permanecen cerradas, todavía no somos capaces de comprender, ni estamos preparados para ello.

No debemos apenarnos por lo que no comprendemos, porque no somos capaces de hacernos una idea de la Santísima Trinidad.

Todo tiene un por qué y una razón,  que no siempre está a nuestro alcance. No  debemos apenarnos al no comprender este misterio, cuando podemos decir con la cabeza muy alta y el corazón lleno de Fe, Creo en Dios… y lo quiero, y lo obedezco, aunque no lo entiendo.

El misterio no niega la inteligencia humana, no tiene como fin insultarnos y reprocharnos nuestra ignorancia. El misterio nos pone unas alas para ir volando detrás de la verdad, y  cuando creemos que ya la tenemos cerca, descubrimos que está más lejos de  lo que imaginábamos.

El misterio es la sal, el condimento de la vida. Qué triste sería la vida si desde pequeños lo supiéramos todo, si no hubiera novedades ni sorpresas; si no hubiera esperanza por el mañana ni nostalgia del ayer. ¿Cómo habrá sido la vida de Jesús cuando era niño? ¿Cuáles eran sus juegos? ¿Con qué cantos lo arrullaba la Virgen María? ¿Cómo será la vida en el cielo? ¿Cuándo lleguemos allá a quien encontraremos en la puerta esperándonos, alegres, agitando la mano? La vida sin misterio sería muy aburrida.

El misterio puede ser también doloroso ¿Por qué pasan tragedias que nos desconciertan?  ¿Por qué existen las injusticias y el sufrimiento de los inocentes? San Juan Pablo II nos dijo, “el dolor humano es un misterio”, (Salvificis Doloris). Dios no castiga, es incapaz de darle un sufrimiento a alguien; Dios no disfruta con el dolor  de sus hijos. ¿Qué madre se alegra con la enfermedad de su hijo? Ninguna.

La actitud del hombre ante el misterio de Dios. ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante el misterio divino, ante aquello que no comprendemos? La primera de ellas tiene que ser el respeto. Todo lo que supera nuestra inteligencia, lo que   nos asombra, deslumbra, lo que es más grande que nosotros, merece respeto, que es la manera de expresar nuestra humildad a quien la merece; ante Dios no podemos ser arrogantes ni exigentes, como aquellos que piden explicaciones, pretendiendo desenmascarar a Dios. El respeto es además, una cualidad de la persona; quien sabe respetar la dignidad y autoridad de los demás, se da a conocer a sí mismo como alguien digno de confianza.  Uno de los dones del Espíritu Santo es el Temor de Dios, que es el respeto que sentimos ante Dios, el cuidado que ponemos para evitar una ofensa a su persona.

Otra actitud indispensable ante el misterio de Dios es nuestra fidelidad. Al Señor debemos darle una respuesta positiva, obedeciendo lo que Él dispone, así fuere  un sacrificio; Dios siempre nos pedirá algo bueno para nuestra persona, para nuestra Fe o la del prójimo. La Virgen María no entendía mucho las palabras del Ángel que le hablaba en nombre de Dios, pero no hace preguntas, sus dudas las guarda, no las convierte en armas contra el Señor, y como respuesta dice: “He aquí la esclava del Señor”, (Lc. 1, 38). Dios quiere que colaboremos con Él sin pedir garantías ni explicaciones.

El misterio de Dios se acoge también con la Fe. La confianza en ese Dios que no comprendemos del todo es un gran apoyo en nuestro caminar en la vida. La fe es ese calor del corazón que nos mueve a unirnos al Señor con sinceridad y que nos hace crecer en Él y ante Él. Dios se revela y se comparte con quienes están a su lado y creen en su Palabra. Dios se manifiesta en los que confían en su grandeza.

Dios es un misterio;  pero lo que nos debe quedar bien claro es que existe, y  solo sabe amar. Padre e Hijo son amor mutuo, y el reflejo de ese amor es el Espíritu que ha quedado para siempre en nuestra Iglesia; Dios nos expresa su amor, en el perdón que nos da la confesión y nos da tanto alivio al alma liberándonos de nuestras penas; Dios nos ama y se entrega a cada uno de sus fieles en la comunión de su Cuerpo en la celebración de la Eucaristía; Dios nos ama y nos da su Gracia en cada uno de los sacramentos que tenemos a nuestra disposición.

Si Padre e Hijo y el Espíritu Santo son amor recíproco, nosotros debemos ser su imagen; debemos expresar que nos queremos, pidiendo perdón cuando hemos ofendido a alguien, sirviendo y respetando a nuestro prójimo; nadie puede vivir sin amar y ser amado. Esto no es ningún misterio, a todos nos gusta que nos quieran y todos debemos corresponder al amor que nos dan.

   Pidamos hoy a la Santísima Trinidad, que en el nombre del Padre, poniendo nuestra mano en la frente,  esté siempre en nuestros pensamientos para dirigir nuestra vida. Que en el nombre del Hijo, con la mano en el pecho, nuestro corazón abunde en amor para compartir. Y por el Espíritu Santo, con la mano en los hombros, tengamos la fuerza para ir por el mundo con las cruces que podemos encontrar a lo largo de la vida.

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