• Vie. Abr 23rd, 2021

I DOMINGO DE CUARESMA. Las Tentaciones de Jesús, Mc 1, 12-15

El Señor nos da la bienvenida en su casa con el gozo de compartirnos la verdad de su Palabra; hemos iniciado la Cuaresma;  cuarenta días  en los que  Jesús oró en el desierto, y que nosotros debemos imitar en nuestra vida, para mantenenernos firmes ante las tentaciones, como nos presenta hoy el evangelio.   Jesús llenaba sus momentos de dificultad y angustia, en el desierto con la oración, divinizando  así el dolor, la amargura, las divagaciones de su mente y por consiguiente, fortaleciendo el espíritu. La oración es una manera de vencer las tentaciones, porque el espíritu es más poderoso que el cuerpo.  

¿Qué es una tentación? La tentación es una realidad en la vida de cada persona. Es un deseo aparentemente bueno, que se forma en nuestra mente o a través de los sentidos, y nos invita a realizar una acción que de llevarse a cabo se convertirá en un pecado. Jesús experimentó las tentaciones, pero no cayó en ellas; Jesús jamás cometió un pecado, porque a diferencia de nosotros nunca tuvo como fin su bienestar  personal, sino el bien de los demás. 

La vida tiene muchas tentaciones que nos apartan del camino de Dios, algunas de ellas tienen argumentos que nos parecen lógicos y razonables que terminamos cayendo en ellas con sus respectivas consecuencias. Una de ellas es la venganza; tomar revancha ante quien nos ha ofendido;  el desánimo ante la aparente esterilidad de un esfuerzo personal; la renuncia ante una obra buena que al parecer no tiene solución. Hay matrimonios que se disuelven porque no se tiene el deseo de seguir padeciendo más los problemas de siempre; hay amistades que se rompen por algún descuido de una de las dos partes; hay quienes se declaran incompetentes, para seguir emprendiendo algo bueno. En las tentaciones nuestro amor propio nos dirá siempre que nosotros somos muy importantes y valiosos y que no merecemos padecer absolutamente nada.

Aprender de las tentaciones. En la experiencia cristiana, la tentación, lo mismo que la cruz y el dolor, es un camino que nos humaniza, nos glorifica, nos fortalece. Las tentaciones son parte de la vida y no podemos pretender vivir sin ellas, ni considerarnos indignos ante Dios por padecerlas. La actitud del hombre ante las tentaciones debe ser, ponerse en guardia y aprender de ellas. Las tentaciones solamente nos dejan la tristeza de haber cometido un error, de haber lastimado a nuestro prójimo y haber defraudado a Dios. No todo lo que buscamos es bueno, no todo lo que pretendemos nos proporciona el bien, no todo lo que nos parece correcto lo es realmente. Por eso, ante una tentación, siempre debemos hacernos tres preguntas, “¿Es bueno para mí?”, ¿es bueno levantar la voz a quien nos fastidia? ¿Es bueno mantenernos ala defensiva y mirar con deconfianza a los demás?, ¿es bueno que experimente aquello que todos hacen y dicen es muy divertido? Probablemente en el desierto, Jesús se preguntó ¿No sería mejor que marchara de este lugar donde sólo padezco necesidades?  Su respuesta fue “No”, y debe ser también la nuestra cuando la conciencia trate de hacernos creer que no hay motivo para tolerar alguna molestia.

La segunda pregunta es “¿Es bueno para mi prójimo?”; si aquel deseo que se vuelve cada vez más fuerte, y al parecer tan justo, no le habrá de dar una satisfacción a los demás, no debemos prestarle atención;  ¿es bueno para mi prójimo que yo tome algo que no me pertenece aunque nadie se dé cuenta?, ¿es bueno para mi prójimo que yo diga o haga algo que lastime su dignidad o le ocasione algún problema?, ¿es bueno que empeñe mi palabra ante los demás sin el propósito de cumplirla, dejando una mala impresión de mí mismo y afectando a otros? Siempre debemos procurar que nuestras acciones dejen un bien a los demás, y no solamente una satisfacción egoísta.

Por último debemos preguntarnos y responder sinceramente, “¿Es bueno a los ojos de Dios?”. Las tentaciones no nos restan méritos ante el Señor, Jesús y todos los santos las tuvieron, pero en medio de ellas se hicieron esta pregunta. Los mártires, sufriendo los dolores terribles del tormento, jamás renegaron de su Fe, porque eso hubiera sido una ofensa a Dios. Preferible es padecer que hacerle una afrenta al Señor. ¿Es bueno que me ausente de la Iglesia, que falte a la Misa por mi comodidad? ¿Es bueno que conociendo la Palabra de Dios, y los compromisos de un bautizado me desentienda de cumplirlos? ¿Es bueno que no procure la formación religiosa de mis hijos y no me esfuerce en darles un testimonio de mi Fe?  Ante nuestros deseos siempre debemos hacernos estas tres preguntas, y si a alguna de ellas respondemos un “No”, debemos tener cuidado, se trata de una tentación que nos puede hacer caer en pecado.

Divinizar las tentaciones. Las tentaciones tenemos que someterlas a examen, cuestionarlas, y también, como hacía Jesús, divinizarlas por medio de la oración. Cuando nos vemos atormentados por nuestras debilidades, la oración nos da la fortaleza que necesitamos. En el desierto, Jesús no estaba solo, lo acompañaban los ángeles, porque oraba. En nuestros miedos, angustias, dudas, dolores, Dios está a nuestro lado infundiéndonos seguridad y sabiduría, si practicamos la oración.

Nuestra pobre carne no puede mantenerse en pie en medio de las pruebas,  requiere del Espíritu para poder vencer aquella tentación que nos confunde. Las realidades más terribles, los momentos más difíciles podemos llenarlos de luz con la oración.

El hombre es un ser que desde el mundo se encamina, según los planes de Dios, hacia Él, hacia la eternidad. Y es aquí en el mundo, en el desierto de las tentaciones donde debemos ponernos en marcha hacia Dios. Y la oración es nuestro apoyo. 

Cuando Jesús enseñó a los apóstoles a orar, les dio unas indicaciones precisas, que lo hicieran no para ser admirados como los fariseos, sino para ser escuchados por Dios Padre, diciendo: “No nos dejes caer en tentación”, (Mt. 6, 13). La oración nos ayuda a mantener la calma cuando nos encontramos bajo la tempestad de la duda. ¿Por qué obrar precipitadamente con la posibilidad de equivocarnos, cuando podemos hacerlo sensatamente apoyados en Dios? Para eso es la oración, para dejarnos guiar por el Espíritu de Dios cuando los ojos de nuestro cuerpo están cerrados por el miedo o la confusión.

Cuando Jesús oraba en el Huerto de los Olivos, “Se le apareció un ángel venido del Cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración…”, (Lc. 22, 43-44). En la oración nunca estamos solos, Dios nos llena de su paz. El Señor jamás tiene una falta de atención hacia quien lo llama, a todos nos presta oídos y nos auxilia de la mejor manera dándonos a conocer cuál debe ser nuestro proceder.

Las tentaciones son inofensivas para el que ora, en cambio para quien no lo hace, representan un gran tormento, en ocasiones imposible de resistir.

La Cuaresma es un tiempo en el que debemos meditar lo pequeños que somos, y lo necesitados que estamos de Dios; sin Él, fácilmente somos vencidos; con Él somos fortalecidos en nuestro entendimiento y voluntad. No olvidemos que el arma más poderosa para vencer nuestras debilidades es la oración y también el medio para llegar a la Gloria. El apóstol Santiago escribió en su Carta: “Feliz el hombre que soporta la tentación, porque después de probado recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que le aman” (Stg. 1, 12).  El premio a quien vence sus tentaciones es la vida eterna, y la oración es el camino hacia ella.  

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