• Vie. Abr 23rd, 2021

En tres días lo reconstruiré (III Domingo Cuaresma)

Jn 2, 13-25.

Expulsión de los vendedores del Templo.

El día del Señor  el espíritu se siente dispuesto  a recibir su Palabra, luz para nuestra vida.  Hoy las lecturas nos hablan de la sinceridad con la que debemos acercarnos a Él para darle cabida en nuestro ser.

Destruyan este templo y lo reconstruiré en tres días, dice Jesús. En este lugar, fue presentado a los cuarenta días de nacido, aquí pronunció numerosos discursos y parábolas, y hoy lo vemos defender la dignidad del mismo.  

En el Templo de Jerusalén,  Jesús vio la falta de Fe de muchas personas, que acudían por compromiso, por miedo, por diversión; vio mercaderes estafando a los compradores, vio sacerdotes que solapaban  aquellas tropelías, mientras que el verdadero motivo de la visita a ese lugar, la Fe, no se reflejaba en las acciones de las personas. 

Jesús nos enseña que la única manera de dirigirse a Dios es la Fe; estamos llamados a educarnos  en la Fe y a la conversión del corazón, porque solamente así, podemos unirnos verdaderamente con el Señor. Cuando reconocemos que Dios merece nuestro respeto y obediencia, cuando ponemos en Él nuestra confianza, nuestra Fe, es cuando logramos hacer de nuestro corazón un pequeño templo en el que Jesús se digna habitar.

Cuando nos deshacemos de aquellas actitudes que sabemos, según sus mandamientos (primera lectura Ex.20, 1-17), son contrarias a lo que Él espera de sus hijos avanzamos hacia Él. Los primeros tres mandamientos, se refieren a nuestra relación con Él.

“Amarás a Dios sobre todas las cosas”, aprendimos en el catecismo. ¿Verdaderamente amamos tanto a Dios para poner en Él toda nuestra confianza? Si así es, su Palabra es nuestro alimento y obedecerle es nuestra seguridad y orgullo, y no tenemos interés  en otras creencias (adivinaciones, sueños, profecías) que no proceden de Él o que están disfrazadas de cristianas. Si realmente amamos a Dios como lo más grande, acompañarle en su casa no es ningún problema, sino un gozo. Todos disfrutamos la compañía de quien amamos, a todos nos agrada recibir la vista de personas queridas, que tengan atención y consideración con nosotros. De tal forma debemos portarnos con Dios, la Misa no debe ser una carga pesada, sino un gozo; Dios abre las puertas de su Templo en este día tan especial que podemos dedicarle un poco más de tiempo. Cuando amamos a Dios, la oración no es un problema, sino una manera de dialogar con quien nos da toda su confianza para expresarnos.

“No jurarás el nombre de Dios en vano”. El respeto por el nombre de Dios  deriva del amor que le guardamos. Quien ama a alguien, no permite que su nombre sea manchado ni utilizado para fines que le denigren. A nadie le gusta que hablen mal de las personas que estima, ni que su nombre se involucre en comentarios sin importancia. El nombre de Dios es sagrado y solamente debemos emplearle en  nuestras oraciones. Tengamos cuidado en mencionar su nombre en conversaciones que no le tienen como punto central, en expresiones muy usuales que no tienen ningún sentido de piedad, porque hacerlo es invocarlo. Dios vuelve la cara, pone su atención al escucharnos y se decepciona de ser llamado donde no se le tiene presente en verdad, donde se le pone por testigo de hechos  pequeñísimos ante su dignidad. Los judíos actuales, tienen  tan arraigado este mandamiento que no escriben el nombre de Dios. Los creyentes lo escribimos completo y con mayúscula, por respeto.

“Santificarás las fiestas y días de guardar”. Es tan importante este mandamiento que nos ha dado Dios, que  la Iglesia lo confirma como el primero entre los suyos (“Oír Misa completa los domingos y fiestas de precepto”). Los bautizados tenemos el deber de manifestarle al Señor nuestra fidelidad, con la participación en la fiesta que Jesús nos prepara semana a semana y en aquellas ocasiones que la Iglesia recuerda acontecimientos fundamentales para nuestra Fe. Dios está siempre atento a nosotros,  nos aconseja, nos guía, y la mejor manera de corresponderle es con nuestra presencia en su casa; el sitio ideal para encontrarnos con Él es en el templo. El acto de adoración más perfecto es el que le otorgamos visitándole para la celebración de la Misa, o la oración ante el sagrario, donde callado nos escucha e ilumina. La Misa dominical es un compromiso que no podemos dejar sin cumplimiento, excepto por una causa muy poderosa, enfermedad, o por realizar una obra de caridad en bien del prójimo.

Dios sabe lo que hay en cada hombre. Así concluye el evangelio de hoy; así como Jesús pudo ver las actitudes de los hombres en el Templo, también nos contempla y se da cuenta que nuestro exterior, prácticas y devociones, surgen de corazones que también necesitan ser renovados. Todos fallamos en el cumplimiento de los mandamientos,  por ignorancia, malicia, o por debilidad.

Aquella persona que falla en cumplir los siete mandamientos que procuran el bienestar y paz con el prójimo, todavía no ha aprendido a cumplir los tres primeros que nos permiten relacionarnos dignamente con Dios: Si al presentar tu ofrenda en el Altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del Altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, luego vuelves y presentas tu ofrenda, (Mt. 5, 23-24).

Jesús también en estos días podría volcar la mesa en la que hemos colocado a la vista de todos lo que ofrecemos al prójimo: apariencias, gestos externos; buenas obras, servicio, pero a medias, siempre esperando una recompensa. Hacemos caridad, sin mucho entusiasmo; Dios ve que vamos hacia Él por miedo, temiendo a un castigo, o con gusto, pero con deudas con el prójimo.

Jesús ve muchos creyentes “de abolengo”, cuando en realidad debemos ser creyentes amantes de lo que somos y de lo que hacemos.

Jesús señala los corazones. “De la abundancia del corazón habla la boca”, (Mt.  12, 34), dijo  en una ocasión, es verdad, tanto las palabras como nuestras obras dicen lo que llevamos dentro; todos conocemos a esas personas que guardan como un tesoro su dolor, soledad, envidia, rencor; y también hay quienes incluso sin proponérselo, transmiten todo el amor y sabiduría que llevan en su ser.  El corazón es el sitio donde descansa la verdad de cada persona,  si queremos conocer a alguien observemos lo que hay en su corazón.

Al  hacer presencia en un templo, estamos entrando en el corazón de Dios, el recinto donde nos acoge, escucha, donde podemos apreciarle en toda su bondad; y al corazón de Dios no podemos entrar si no es revestidos de amor y de Fe.  Entre una pareja, entre dos amigos se requiere amor y respeto, si no los hay, todo se destruye. Entre Dios y el hombre debe haber Fe, porque si no existe ésta, solo es apariencia, fingimiento.

Nuestros momentos en la casa de Dios, ya sea perticipando en una ceremonia, o a solas meditando, son la ocasión para encontrarnos con Él, y deben estar movidos por la libertad y gratitud, no por miedo a cometer un pecado mortal, por la simple costumbre o mucho menos por pretender impresionarlo. Y esos momentos deben ser llenos de respeto y sinceridad.

Dios quiere un Templo, un verdadero templo con las puertas abiertas a personas que no somos perfectas ni santas, pero con el deseo de ser fieles a su Palabra. El Señor es muy noble, y cuando mira nuestras aspiraciones a ser mejores, lo cree completamente, confía totalmente. La Cuaresma que estamos viviendo es el tiempo para buscar la pureza de nuestro corazón y poder darle a Dios el culto perfecto que Él merece, siempre movidos por nuestra Fe.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *