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El valor de los niños a los ojos de Dios

PorENMARCHA.MX

Oct 5, 2015

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez            

Jesús, en algunos pasajes del Evangelio nos habla de los niños, nos invita a acogerlos, reconocerlos y a tratar de ser como ellos; es decir, nos muestra el valor de los niños a los ojos de Dios.

Dentro de sus muchas enseñanzas a sus discípulos, nos encontramos algo relacionado con el tema del matrimonio y del divorcio (Mc 10, 1 – 12), y otro sobre la infancia o los niños (Mc 10, 13 – 16).

Y la verdad es que al hablar del tema del matrimonio se incluyen también a los hijos, los cuales por lo regular, al momento del divorcio no son tomados en cuenta para nada, quedando en realidad en un estado de orfandad aunque vivan sus padres.

Cuando Jesús responde a los fariseos si el divorcio permitido por Moisés era lícito, él los remite al relato de la creación (Gén 1, 27)  donde Dios crea al ser humano a su imagen, y los crea hombre y mujer para que sean los dos una sola carne (Gén 2, 24).

Ese es el proyecto y obra de Dios para el ser humano, un proyecto de amor, es por eso que Jesús concluye: “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mc 10, 9); pero aquí no se incluye sólo a la pareja, sino también a su descendencia, puesto que también los bendijo diciéndoles: “sean fecundos y multiplíquense” (Gén 1, 28).

Por otro lado, Jesús les dice a los fariseos que Moisés permitió el divorcio a causa de “la dureza de corazón de ustedes” (Mc 10,5), el divorcio será un concepto legalista, pero no es el proyecto inicial de Dios.

En el caso de los matrimonios modernos sería prudente recordar también aquello que Jesús les dice a sus discípulos cuando estos tratan de impedir que los niños lleguen a Él: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos” (Mc 10, 14), que se puede aplicar al control natal y al aborto.

En otro pasaje del Evangelio, y en otro contexto, Jesús toma a un niño, lo pone en medio de ellos, lo abraza y les dice a sus apóstoles: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado” (Mc 9, 37).

Hay un gran contraste entre Jesús que “toma al niño y lo abraza” y el comportamiento a este respecto de la sociedad de ese entonces. El niño no tenía un lugar en esa sociedad, no era tomado en cuenta para nada, era simplemente un ser insignificante, se le podía ignorar o descuidar ya que no tenía importancia para nadie.

Pero la novedad que trae Jesús es que el Reino de Dios es dado gratuitamente a quienes son como ellos, así lo dice a sus discípulos cuando estos le preguntan ¿quién es el más importante en el reino de los cielos?: “Yo les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán al reino de los cielos” (Mt 18, 3).

Jesús quiere que sus seguidores tengan esos atributos y actitudes de los niños, no que nos conduzcamos con infantilismos, sino quiere que seamos adultos con alma de niños: que seamos sencillos, humildes, mansos, llenos de amor, capaces de abandonarse a los brazos de nuestro padre Dios, y así dejarse amar, guiar y conducir por él.

El niño en  el Evangelio de Marcos, está cerca de Jesús (Mc 9,36). No necesita llamarlo como ha hecho con los Doce. El niño está con Jesús. En este contexto, la figura del niño significa dos actitudes fundamentales anunciadas por Jesús: por su edad es el “último de todos” y además es “servidor de todos”, pero aún así, llega a ser el primero.

Jesús al acoger a los niños nos revela algo de Dios: el gran amor que tiene por aquellos que son como ellos: humildes, sencillos, de corazón limpio, y que además son capaces de dejarse guiar y conducir con plena confianza por la mano del Padre.

dralvarez_gtz@hotmail.com

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