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El pobre evangélico

PorENMARCHA.MX

Sep 28, 2016

Por Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Un escritor brasileño define que el pobre socio-económico es aquel que no tiene lo necesario para vivir: alimento, vestido, habitación, instrucción elemental, trabajo, salud pública, etc., existiendo dos tipos de pobreza socioeconómica, la inocente y la injusta. Dentro de los primeros no depende de la voluntad de los afligidos (tierra infecunda, sequías, plagas desastre económico por influencia de otros). Los siguientes se producen por un proceso de explotación del trabajo, ahí la pobreza significa empobrecimiento y resulta de una injusticia social. También hay en este rango situaciones condicionadas por discriminación en razón de raza o cultura como los indígenas y en razón de sexo como en las mujeres; y muchas veces entre ellas se encuentran las más pobres de los pobres, pues cargan sobre sí todas las formas de opresión y discriminación.

Pero, evangélicamente hablando, tenemos al ‘pobre evangélico’ quien es tal por su ser y su poder al servicio de Dios y de los hermanos. Usa con moderación los bienes de este mundo, por eso se muestra solidario con los pobres y se identifica con ellos, como lo hizo Jesucristo y su más perfecto imitador, San Francisco de Asís y no nada menos que Santa Teresa de Calcuta. Por lo tanto el pobre evangélico, es libre respecto a todo, incluso de la pobreza misma, menos a la voluntad de Dios, porque acepta las privaciones cuando son queridas por Dios, pero, también la prosperidad siempre subordinada a la voluntad divina.

El pobre evangélico aunque no es pobre socioeconómico, por amor se solidariza con el que lo es y trata de eliminar las injusticias que caen sobre el pobre socioeconómico, para que se convierta en pobre evangélico y así lograr un círculo virtuoso, teniendo en cuenta que el pobre evangélico no alaba la pobreza material, sino que exalta la justicia social para todos. Debe empeñarse en la búsqueda de soluciones por medios pacíficos, sin promover violencia como la lucha de niveles sociales que solo engendra odios y que finalmente traiciona al pobre socioeconómico.

Tenemos la opción de convertirnos en “pobres evangélicos” como nos los pide Cristo, y eso es una gracia de Dios, un don que nos da por amor a nosotros. Para poder tomar esa opción se requiere de una experiencia y un despertar espiritual. La experiencia es lo que Dios hace por el hombre, cuando el hombre está impotente para hacerlo por él mismo y un despertar espiritual es lo que el hombre hace por medio del deseo de que su vida sea transformada siguiendo a Cristo.

Esta experiencia y despertar espiritual es la conversión de corazón, pidiendo a Jesús no sólo un cambio de convicciones, sino también de actitudes, que es la fuerza del amor capaz de convivir con las contradicciones y superarlas.

Por lo tanto en espíritu de oración y ante la mirada del Padre, aceptémonos nosotros mismos como somos, con todas nuestras virtudes y limitaciones, con todas nuestras posibilidades de cambiar y de llegar a ser mejores pensando en el prójimo, respetándole y sirviéndole, con capacidad de diálogo, escucha, participación y principalmente con capacidad de perdón.

Para llegar a ser un pobre evangélico, la conversión no debe ser una faceta del ser humano, ubicada y dirigida en un espacio de orden espiritual en forma vertical: Dios y yo; sino también dentro del contexto de nuestra vida, es decir, en forma horizontal, “la humanidad y yo”. Debiendo abarcar todo nuestro ser completo y afectar a los que nos rodean. Y es que cada uno de nosotros, junto con otros hombres de buena voluntad, estamos llamados a construir un mundo más fraterno y evangélico, dirigido a la realización del Reino de Dios, recordando que Él nos habla a través de nuestra historia personal y social, siendo importante obedecerla y llevar a la práctica su palabra.

Para Cristo el camino hacia Dios, no es solamente el culto, ni los actos piadosos, ni la sola oración, sino que además de lo anterior está el del servicio al prójimo, que en realidad es una oración en acción, donde realmente anónimamente se encuentra, porque a través del prójimo, principalmente del prójimo necesitado es como se llega a Dios, y a través de él construimos el Reino de Dios.

El pobre evangélico no debe promover una resignación pasiva ante la miseria, manejándola como la “voluntad de Dios”, ni la limosna como la solución caritativa, sino la obligación de la justicia, dirigiendo una obligación de escucha y solución a los responsables de una situación de injusticia, que es la resultante del pecado. El reto del pobre evangélico no es el “desposarse con la dama pobreza”, sino hacer desaparecer el pecado social que deshumaniza a pobres y ricos, para así poder construir una fraternidad universal de amor.

marsellaydraguilar@hotmail.com

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