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El perdón misericordioso

PorENMARCHA.MX

Mar 10, 2016

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                    

Ya estamos cerca de la Pascua, la liturgia ya apunta hacia ella. En el quinto domingo de Cuaresma del ciclo C, el Evangelio nos presenta el episodio de ‘la mujer adúltera’ (Jn 8, 1-11). El domingo pasado se meditó sobre ‘la parábola del hijo pródigo’ (Lc 15, 11-32), un joven que después de una mala aventura regresa a la casa paterna.

El Papa Francisco refiriéndose a este relato donde Jesús salva a una mujer condenada a muerte a causa de adulterio dice: Conmueve la actitud de Jesús; no oímos palabras de condena, sino solamente palabras de amor, perdón, misericordia, que invitan a la conversión: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar” (Jn 8, 11).

El relato del evangelio  Lucas nos revela algo de la novedad de la Buena Nueva que Jesús anuncia, presentándolo lleno de amor y misericordia.

Jesús es el rostro del Padre, el rostro de un padre misericordioso que siempre tiene paciencia como en el caso del hijo pródigo, que no se cansa de esperar a que su hijo regrese ya que siempre tiene la esperanza que su hijo volverá.

La misericordia es lo que define a Dios. Cuando Moisés durante la renovación de la Alianza y sube al monte Sinaí para recibir las nuevas Tablas de la Ley, Yahvé pasa delante de él y exclama su intimidad, su realidad más profunda sobre quién es él: “Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34, 6).

Lo mismo dice el salmista en el Salmo 103(102), 8.10: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generosos para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados”.

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre nos recuerda el Papa Francisco en su Carta Apostólica ‘El rostro de la misericordia’ y nos dice que “Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios” (MV 1; Cfr. Dei Verbum 4).

Sobre lo mismo reflexionaba ya San Juan Pablo II en su Carta Encíclica ‘La Misericordia Divina’ (Dives en Misericordia) en 1980.

El Señor Jesús es la Encarnación de la Misericordia de Dios. Él no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (Cfr. Lc 5,32), lo podemos observar en múltiples relatos en el Evangelio como en este caso de ‘la mujer adúltera’ o como cuando sana a un paralítico, donde vemos como el perdón de Jesús también sana (Cfr. Lc 5, 17-26).

Pero en otro contexto podemos observar que los fariseos y los escribas, estrictos cumplidores de la Ley, tratan de poner una trampa a Jesús cuando le presentan a esa mujer encontrada en flagrante adulterio y le piden su propia opinión, ya que el adulterio en Israel era castigado con la lapidación hasta la muerte (Lv 20,10; Dt 22, 22-23).

Además los judíos habían perdido el derecho de condenar a muerte, según se relata en Jn 18,31. Por otro lado le presentan únicamente a la mujer como culpable, a pesar de que la ley decía que la muerte era tanto para el adúltero como la adúltera.

Pero según el relato, se da a entender que para el hombre adúltero no existía tal castigo ya que únicamente le presentan a la mujer.

Sin embargo, a pesar de tal acusación Jesús acoge a la pecadora con delicadeza y respeto, no la reprende, no la acusa, pero en cambio dice a los acusadores que insisten a Jesús por su respuesta, ya que en silencio sólo escribía en el suelo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7).

Cuando sus acusadores se retiran, sólo le pregunta a la mujer: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar” (Jn 8, 10-11).

 

dralvarez_gtz@hotmail.com

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