• Vie. Abr 23rd, 2021

DOMINGO VI ORDINARIO

PorENMARCHA.MX

Feb 14, 2021

Mc 1, 40-45.

“Si quieres, puedes curarme…”. 

Estamos reunidos en la Casa de Dios, en el día que espera nuestra visita para escuchar nuestras voces y contemplar nuestra Fe. Nosotros por nuestra parte, debemos admirarlo por sus obras,  siempre  a favor del hombre y llenas de misericordia.

Jesús, el médico de las almas. Lo que hemos escuchado en el evangelio es el quehacer de Dios; Jesús, el Hijo,  vino al mundo para darnos a conocer toda la grandeza del Señor. ¿Qué hizo Jesús a lo largo de su vida? Curar leprosos, dar la vista a los ciegos, hacer caminar a los paralíticos, incluso devolver la vida; y ese poder maravilloso de Dios nunca podrá ser superado por los alcances del hombre. La ciencia no ha podido llegar a curar como lo hizo Jesús, porque Jesús cura con una medicina desconocida: la misericordia. La peor enfermedad de nuestros días no es aquella que lastima el cuerpo, los órganos vitales; éstos son curables. La enfermedad más grave que podemos llegar a padecer es en el alma, el pecado; es la lepra del corazón. 

¿Cuál es el pecado más abominable? El pecado es una acción personal que contradice nuestra dignidad de hijos de Dios, que rompe nuestro vínculo con Dios y con el prójimo.

Entre todos los pecados que podemos llegar a cometer hay uno tan penoso como todos: el fariseísmo; señalar las faltas ajenas y no advertir las propias. Ver el mal ajeno y condenarlo, al tiempo que nos consideramos  justos y ejemplares, pecado de fariseísmo.  Jesús señaló siempre a los fariseos su soberbia, su vanidad, su ostentación, que se sintieran dignos ante Dios mientras que recriminaban a quienes no eran como ellos. Jesús  aconsejó a los apóstoles no imitar las acciones de estos hombres.

¿Nos damos cuenta de la facilidad con que vemos los defectos de los demás? En los hogares, en las escuelas, en el trabajo, en todo lugar donde haya un grupo humano, siempre hay alguien que critica, que se burla, que trata de imponer su voluntad, que se siente ofendido si no se le toma en cuenta, que habla mal de los demás, que está muy atento a los errores ajenos.

Aquel grupo de hombres justos y seguidores fieles de la ley de Dios quisieron castigar a una mujer acusada de una falta escandalosa, y Jesús los detuvo sentenciando: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”, (Jn. 8, 7). ¿Quién es lo suficientemente  justo y santo para tener la autoridad de condenar a los demás? Nadie. Ni siquiera Jesús lo hizo. Él tuvo siempre compasión por los enfermos y pecadores.

Si Dios con su Ley en la mano nos hiciera un juicio individual, tendría todo el derecho de darnos una sentencia terrible, porque juzgamos  con muy poca comprensión, nos haría ver que muchos de nosotros somos también unos fariseos, capaces de crucificarle de nuevo por nuestra ceguera, unos leprosos que no tenemos conciencia de nuestra enfermedad.

¿Cómo podemos superar el fariseísmo? El  fariseísmo, como todo pecado, no puede ser eliminado por ningún hombre; tiene un único remedio, la misericordia de Dios. “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”, (Lc. 6, 36).

Dios sabe que el pecador es como un ciego que se dirige hacia un precipicio, y al cual hay que salvar y orientar. Los seres humanos dejamos que los demás sufran las consecuencias de sus actos, pero Dios sabe que es más saludable el amor que regenera, que el castigo que humilla.

 El pecador merece amor, porque solo el amor es capaz de dar una vida nueva. ¿Qué beneficio obtenemos con apartarnos de quien nos fastidia, con negarle la palabra a alguien que nos incomoda, de asumir el papel de personas dignas ante los descuidos  de los demás? Alimentar nuestro fariseísmo.

La misericordia de Dios la resume Jesús en el discurso de la caridad: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odien, bendigan a quienes los maldigan, oren por quienes los difaman… si aman a quienes los aman, ¿qué mérito tienen?”, (Lc. 6, 27-32). Jesús nos aconseja practicar en los demás, todo el bien que deseamos para nosotros mismos.

Si hacemos daño a los demás, tomando venganza, nos envenenamos; si no hacemos ningún mal, permanecemos vacíos; si hacemos el bien, si somos misericordiosos, si pasamos por alto una ofensa, y somos capaces de perdonar y olvidar, le damos salud y paz a nuestro corazón y crecemos ante Dios

La misericordia de Dios es más grande y poderosa que nuestros pecados. Gracias a ella, Dios es capaz de olvidar todas nuestras faltas, para darnos la oportunidad de vernos crecer en la gracia. Todos los pecadores tenemos derecho a ella, y el compromiso de practicarla con los demás.

¿Por qué es bueno ser misericordioso? Ser misericordiosos con nuestro prójimo,  nos alivia del tormento que es padecer los errores ajenos. Todos llegamos a irritarnos con los demás, pero ¿Qué ganamos  repitiendo como una oración los errores  ajenos? Si tratamos de ser tolerantes, comprensivos ante las faltas del prójimo, nuestra convivencia con aquellos  se vuelve más ligera, y somos capaces de ver las causas de su actuar.

La misericordia nos convierte en hermanos de nuestros hermanos en la Fe. La misericordia une a las personas, el pecado por el contrario, separa. Aquellas personas que tuvieron un mal entendido cortan comunicación, se niegan a todo trato. Hay amistades que se pierden, distancias que se abren entre dos personas, por la falta de misericordia, por negarnos a comprender a quien se equivoca.  Dios no actúa de esa manera con nosotros, Él siempre desea estar cerca de sus hijos, comprende nuestras debilidades y las perdona.

Ser misericordiosos, nos ayuda a crecer en la caridad. La caridad es amor, y quien tiene amor, se conduce y expresa  como una buena persona, que será estimada y querida por todos. La persona de Jesús era apreciada y admirada; todos, niños y adultos  gustaban de estar con Él, de escucharle, de tratarle. Una persona con caridad sabe dar a cada quien la importancia que le corresponde, y a todos nos agrada ser tratados con cortesía y respeto.

Ser misericordiosos ennoblece el alma.  Si meditamos en las virtudes de nuestros seres queridos, tendremos en cuenta que el apoyo más grande que hemos tenido es la comprensión y el perdón. Nuestros padres, los amigos fieles siempre nos disculpan nuestros errores y nosotros en ocasiones somos bastantes descuidados con ellos. Las personas que siempre nos escuchan, nos dan muestras de su caridad. Nosotros podemos ser también grandes, si dejamos a un lado nuestra persona para hacer sentir importante a alguien más.

En estos días se nos presentan muchas formas de marginación, el que no está a la moda, el que no tiene tales objetos, el que no tiene cierta figura; los leprosos de estos días son los que carecen de algo, se nos ha enseñado a pensar así. El peor leproso es el que desconoce, ignora o descuida  su propia enfermedad y la deja desarrollarse e invadirlo, el pecado.

Para conservar la salud del alma, tenemos que acercarnos al Señor y pedirle con toda humildad que nos sane de todo rastro de esa enfermedad que nos aparta de nuestro prójimo y de su divina persona.    

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