• Vie. Abr 23rd, 2021

Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo… Jn 3,14-21

IV Domingo de Cuaresma
Damos inicio hoy a una semana más de esta Cuaresma, tiempo de reflexión y entrega  a Dios.

La liturgia de la Palabra hoy nos recuerda  el sentido de nuestra Fe: la salvación. Ésta se alcanza por un camino de santidad y unión con Dios Padre, en el que está incluida también la cruz, el dolor.

La cruz como símbolo del creyente. Todo recinto católico, sea un templo suntuoso, modesto o humilde,  cuenta en su decoración, como representativo de nuestra Fe,  un Cristo crucificado, por un motivo: porque sabemos que gracias a ella, Jesús nos dio la salvación, la reconciliación con Dios mediante el sacrificio de quien jamás cometió un pecado (CIC. 1992).

Cristo nos acreditó ante los ojos de Dios con su sufrimiento y su sangre. Pero algo que olvidamos es que ese camino que Jesús recorrió es también para cada uno de los bautizados. Jesús nos asoció a sus dolores; abrió para nosotros un camino hacia la Gloria en el que también, como Él, habremos de encontrarnos con la cruz.

La cruz como realidad. Es despreciable, a nadie nos gusta sufrir, vivir momentos amargos, desgastarnos emocionalmente en situaciones dolorosas. Ante las cruces de nuestra vida, todos renegamos, ya sea a voces o en silencio.

Ignoramos que el sufrimiento tiene un valor redentor, que nos purifica y engrandece. Todos tenemos nuestros pequeños o grandes dolores y no debemos considerarnos poco favorecidos de la bondad de Dios. Aquella persona que no tenga una cruz que le pese, una pena que le acongoje, una debilidad que lo agobie, debe cuestionar la manera como está viviendo su Fe, porque  tal vez sea demasiado superficial y poco comprometida.

Lamentablemente, en estos días, se anuncia que la persona no tiene por qué padecer, que es de tontos el sufrir, y su destino es ser feliz, teniendo bienes, juventud, viviendo según los deseos sin reprimirlos. Cuando rechazamos  el sacrificio y el esfuerzo, sin darnos cuenta le abrimos  la puerta al pecado de la soberbia, la vanidad, la codicia y negándole el paso a la humildad que exige la cruz.

La humildad es la virtud por la cual podemos asumir las cruces de la vida. Todo lo que hubo de padecer Jesús ya había sido anunciado por los libros sagrados. El domingo de la resurrección, a los peregrinos de Emaús, Jesús les dice: “¿No era necesario que el Cristo padeciera y entrara así en su Gloria?… y les explicó lo que había sobre Él en las Escrituras”, (Lc. 24, 25-27). El Hijo de Dios actuó como un siervo de su Señor, obediente y humilde hasta el final, (CIC. 555). Su ánimo flaqueó, pero no desistió.

Nosotros, ¿qué actitud tenemos ante nuestras cruces? Todos nos cansamos de ellas, nos quejamos, y consideramos inmenso o inclusive injusto lo que podemos llegar a padecer. Ante aquello que no nos agrada, todos manifestamos disgusto e inconformidad. La cruz, el cansancio, es vida y paz para uno mismo y para los demás. En casa, la madre se afana en todos los quehaceres, para que todos tengan un ambiente agradable; el padre, se fatiga, pasa malos momentos en su trabajo pero lo hace por ganar el sustento de su familia; el hijo se queja de demasiada tarea y muchos deberes en casa, pero en cumplir con ellos está el descanso. Tratamos de ser generosos con Dios en un servicio en particular, y nos damos cuenta que es más pesado de lo que imaginábamos, y tenemos que seguir aunque parezca que todo se complica cada vez más, que no avanzamos nada. Es más provechoso el esfuerzo que la pereza, más productiva la entereza que el desánimo.

 La cruz es un camino ineludible para el creyente, que nos aleja del pecado y nos acerca a la Gracia; por ese camino todos debemos pasar si queremos recibir un día las promesas de Dios. Para vivir, disfrutar la paz, primero tenemos que atravesar humildemente  algún tipo de mortificación.

Todo el que cree en Él, tendrá vida eterna. San Agustín comenta que hay una diferencia entre el  hombre y el pecador. Hombre es el ser  creado con todo amor por el Señor, al cual se le asignó un proyecto de vida, un camino de perfección que se sigue en obediencia a Dios. Pecador, en cambio es el hombre, que sigue sus deseos, que vive pecando, que se expresa como pecador, y que termina sus días como tal. El hombre,  encuentra al final de su existencia, la salvación,  mientras que el pecador se condena. “Todo aquel que se declare por mí ante  los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos”, (Mt. 10, 32-33).

Por asumir nuestra condición de hijos de Dios y servidores suyos vamos a padecer, pero en ese camino vamos a encontrar también nuestra perfección.

La cruz que nos salva, que nos propone Jesús y que nos causa fastidio, nos ayuda a mantener nuestra dignidad de hombres, de creaturas amadas, llenas de luz y alejadas de la oscuridad del pecado. La cruz nos hace personas nuevas, renovadas. 

¿Cómo es que debemos asumir nuestra cruz? Además de la humildad, que es una virtud humana, debemos acompañar  nuestros padecimientos, con una virtud divina,  la Esperanza. La persona que mantiene dentro de sí el deseo de hacer suya la Vida Eterna que Jesús promete a quienes le siguen, debe estar consciente que el día de mañana será mejor que el hoy.  Las palabras de Dios son palabras llenas de verdad y no nos ocultan la realidad de las cosas, si nos promete el ciento por uno, debemos entender  que la cruz está incluida, (Mc. 10, 30); la esperanza es la fuerza de quien asegura su porvenir.

La cruz que nos salva, debemos llevarla con paciencia. La paciencia es una escuela que nos hace  sabios; con paciencia se aprende  a diario algo nuevo para no equivocarse por segunda vez. Todo tiene su momento, ya sea para aprender,  enseñar,  callar o anunciar, para dar el primer paso o para retirarnos prudentemente,  y no debemos pretender adelantar o eliminar  etapas. La cruz es parte de la vida y debemos aceptarla tranquilamente, por nuestro bien.

La cruz que nos acerca a la luz de Dios, se lleva con discreción y dignidad. Nuestros dolores no los debemos pregonar. Hacemos el ridículo hablando de nuestros sufrimientos, llorando, lamentándonos, quejándonos de las personas que nos rodean; cuando caemos en esto, nuestros seres cercanos nos evitan porque les agobiamos con nuestras amarguras; la cruz que nos purifica se lleva en silencio y con una sonrisa en los labios, eso nos gana la admiración del prójimo y el mérito ante Dios.

Hemos avanzado ya en esta Cuaresma y debemos meditar de qué manera la cruz de Jesús es parte de nuestra vida. Si solamente es un ornato o una realidad que nos santifica. Debemos levantar nuestra vista hacia Cristo crucificado, que lleno de amor por nosotros, dio su vida; así cuando nosotros sintamos en el alma el peso de dos maderos, estemos  dispuestos a padecer un poco por alguien más al tiempo que nos purificamos y nos acercamos a la Gloria prometida. 

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