• Vie. Abr 23rd, 2021

!Bendito el que viene en nombre del Señor!

DOMINGO DE RAMOS.
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según san Marcos.

El día de hoy hemos acudido al templo con alegría. Es día de fiesta,  un domingo  más significativo que otros, porque recordamos a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén. La palma bendecida con la que hemos saludado a Jesús es el signo de nuestra fidelidad a su persona. A eso nos invita hoy la palabra de Dios a ser fieles al Señor.

¿Qué es la fidelidad? La fidelidad es un valor moral, que como todos ellos, perfecciona a la persona (otros valores morales: el respeto, la responsabilidad, la honestidad, la tolerancia, etc.). La fidelidad es la capacidad de mantenernos unidos con nuestro prójimo mediante la lealtad en el cumplimiento de nuestra palabra dada, o en lo que nuestros actos expresan. Los apóstoles con su vida manifestaban ser fieles a Jesús, vivían junto a Él, le acompañaban, aprendían de Él, le servían y admiraban, pero en el momento más difícil de la vida del Maestro, demostraron lo contrario; Judas Iscariote lo denunció y entregó,  Pedro le negó,  y el resto de ellos huyó.

Una persona fiel no traiciona ni deja sin cumplir una promesa que nos ha hecho, o un compromiso que ha adquirido.

La fidelidad se refleja en nuestras obligaciones, en el buen empeño que ponemos en ellas; cuando hacemos las cosas bien, los demás las aprecian, se benefician de ellas  y las agradecen.

La fidelidad se expresa en el amor; las parejas que se unen en matrimonio prometen amarse, respetarse, estar juntos en los momentos difíciles y ser uno para el otro nada más. Los amigos fieles  siempre ayudan, están pendientes de nosotros,  nos corrigen si es necesario sin faltar al cariño que nos tienen.  

La fidelidad radica en la voluntad del hombre, en el propósito de llevar a cabo una acción que es considerada un bien con el que se logrará un buen fin.

Lo contrario a la fidelidad es la deslealtad, que desacredita a la persona y causa un daño al prójimo;  una persona inconstante o incumplida, informal, no es digna de confianza, sino de compasión. Se le tolera, mas no se le toma en serio ni se le aprecia.

¿Y la fidelidad a Dios? La fidelidad a Dios es uno de los mejores testimonios que puede dar un creyente.  Fiel es la persona que conociendo lo que Dios manda, obedece; que sabiendo lo que el Señor espera de Él, lo otorga: su tiempo,  su voluntad, su interés, su humildad;  la fidelidad a Dios se llama comunión. Un bautizado unido a su Dios, por el amor, es un cristiano fiel y ejemplar, del quien Dios jamás se sentirá defraudado.

La comunión es la gratitud que sentimos con Dios por todo lo que nos da. El creyente fiel es alguien que siente bendecido por el Señor y corresponde con su entrega y obediencia.

La fidelidad del hombre a Dios es la mejor ofrenda que podemos entregarle; Dios sabe lo que hay en nuestro corazón y mente, si lo amamos, lo adoramos, lo reconocemos como nuestro gran bien,  con nuestra fidelidad, comunión, le confirmamos nuestro sentir.  Tengamos cuidado entonces de lo que con nuestras palabras podemos ofrecer a Dios, porque corremos el riesgo de desmentirnos ante el Señor. “La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad Divina y de amor hacia el Dios fiel”, (CIC. 2101).

¿Qué tan fieles somos a Dios? ¿Estamos junto a Él nada mas, como los amigos oportunistas, que buscan algo en su provecho y al obtenerlo se marchan? ¿O permanecemos junto a Él, como las personas buenas y sencillas que nos aprecian por lo que somos?

Si algo tenemos que pedir entonces al Señor, es que nos convierta en personas más  fieles cada día, que siempre estén a su lado, que se deleiten escuchándole y disfruten  sirviéndole.

¿Cuál es el origen de la fidelidad del hombre a Dios? Dios mismo. En el Antiguo Testamento Dios prometió a los hebreos que sería fiel a ellos, por medio de su misericordia, de su compasión: “Los montes se correrán, las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá –dice Yahvé, que tiene compasión de ti”, (Is. 54, 10). Dios promete algo grandioso, amarlos, que en todo momento cumplió con los hombres de aquellos tiempos y que continúa realizando en nosotros. San Pablo nos dice en la segunda carta a Timoteo: “Si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo”, (2 Tim. 2, 13).

Cada uno en su experiencia personal, puede revisar con mucha pena su propia vida y encontrará momentos en los que fue egoísta, en los que cometió acciones reprobables, en los que faltó a la caridad, por ir detrás de algo que halagaba los sentidos, y a pesar de todo eso, Dios ha sido fiel a nosotros, no ha dejado de amarnos y espera  que volvamos a Él. Cuando pecamos, Dios nos perdona, porque es fiel al cariño que nos tiene.

La fidelidad es fruto de la conversión. La fidelidad del hombre a Dios se alcanza por un camino que no cualquiera se decide a emprender, y se llama conversión.

El origen de nuestra fidelidad, de nuestro deseo de permanecer unidos con Dios, como lo está el sarmiento a la vid, surge de la conversión personal, del reconocimiento que hacemos de nuestras faltas y de la necesidad de la bondad, del consuelo y la ciencia de Dios.

Es fiel el que se ha arrepentido de sus faltas y apenado de ellas busca ser mejor dejándose guiar por Dios.

La Cuaresma que estamos viviendo y que aún no termina es tiempo de conversión.  De buscar nuestra perfección humana.

Hoy, Domingo de Ramos, con nuestra palma ya bendecida estamos haciendo una alabanza a Dios, estamos reconociéndolo como el enviado del Señor que ha venido a salvarnos, estamos agradeciendo su presencia en el mundo, en nuestra Iglesia, en los sacramentos que celebramos. Pero nuestra alabanza no sirve de nada si no va acompañada de fidelidad, si el día de mañana vamos a dudar de él, si le vamos a abandonar porque no nos ha dado lo que le pedíamos, si le vamos a olvidar durante todo un año, si habremos de renegar de nuestra Fe al pensar  que en nada nos beneficia asistir a la Iglesia, porque nuestro carácter  y actitudes no cambian, porque nos suceden cosas que no nos agradan, porque Dios no nos ayuda.

De Dios es muy fácil enamorarse, sobre todo cuando no tenemos ningún problema. Pero en las dificultades, debemos demostrarle que somos leales y estamos con Él.

¿Cuántos Domingos de Ramos hemos celebrado en nuestra vida? Muchos, algunos; pocos según otros. De ellos recordamos la alegría, la novedad de llevar a nuestra casa una palma bendita, de participar en esta alabanza a Jesús. Hoy, Jesús nos ha dicho: “Yo soy el Mesías”, el Salvador, y nosotros, por respuesta debemos confirmarle nuestra fidelidad; que no habremos de abandonarle,  como los apóstoles los hicieron,  en los momentos que nos vemos amenazados o rendidos.

Domingo de Ramos, es el día de la fidelidad a Dios de estar con Él. En este día, Jesús vuelve a pasar ante muchos  con majestad y sencillez. Llega para que descubramos su grandeza y le aclamemos ya no con una palma o con nuestros labios, sino con la vida.    

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