• Vie. Sep 17th, 2021

Aquí hay un muchacho que trae…

PorENMARCHA.MX

Jul 24, 2021 ,

DOMINGO XVII ORDINARIO, Jn 6, 1-15.

Hoy  hemos sentido la alegre necesidad de compartir nuestro tiempo con el Señor, y recibie  su Palabra y con su Cuerpo para fortalecernos en la fe. Su mensaje nos habla del compartir, que es el camino por el cual Dios se manifiesta a sus fieles. Nos enseña que los frutos del cristiano son visibles cuando damos al Señor lo que somos y tenemos.

Un modelo para nuestra vida de fe.  Jesús vio a lo largo de su vida, mucha gente que le seguía, todos por diferentes motivos, necesidad, curiosidad, recelos; enfermos, pecadores, soberbios; y a todos recibía, porque Dios es misericordia sin límites, incapaz de negarse a quien le solicita su ayuda. Dios hizo milagros admirables con los cuales ganó gran fama. Pero el milagro de la multiplicación de los panes es único porque en él está presente junto a la voluntad benefactora de Dios la participación del hombre; en la multiplicación de los panes, no es el hombre necesitado el que pide, sino el que da, y el papel de Dios es multiplicar lo que recibe.

En estos días nos parecemos mucho a aquellas multitudes que buscaban incansables a Jesús; para Dios siempre tenemos peticiones, súplicas, demandas, que nos dé luz para caminar seguros, paz para descansar, sabiduría para elegir y opinar sensatamente, bienestar y salud, y compasivo como es, siempre nos escucha y atiende; pero nosotros ¿qué le damos a Dios?, ¿qué aportamos para que Dios lleve a cabo la gracia que le solicitamos? En el evangelio, aquel niño dio lo que tenía para sí mismo; más de cinco mil hombres y mujeres esperaban una acción de Jesús a favor suyo, pero solamente un niño tuvo el gesto propicio, la generosidad.

¿Qué es la generosidad? La generosidad es la capacidad para dar lo propio a los demás; no significa dar mucho, sino dar lo que se tiene. Dios no pone su atención en cantidades, sino en la sinceridad del corazón. En la ciudad de Sarepta, Elías pidió de comer a una viuda que solo tenía para ella y su hijo, un poco de harina, apenas para cocer  un pan, el cual humildemente ofreció al profeta, y luego de eso, en su hogar jamás se agotó la harina ni el aceite, (1Re 17, 7-16). Cuando nosotros damos lo nuestro a los demás, Dios nos retribuye al doble lo que hemos obsequiado. La generosidad sincera, es sembrar bondad, amor, respeto y Dios a su tiempo, nos dará una gran cosecha.

Nosotros solemos pedir mucho a Dios; es uno de los privilegios del creyente, confiarse al Señor, quien se complace con nuestra humildad y confianza al solicitarle su intervención en nuestra vida, pero nunca debemos olvidar que también debemos colaborar con Él para vernos favorecidos.

Toda acción de Dios requiere la participación de la persona; no debemos permanecer en una actitud pasiva, esperando que Él actúe, que nos dé, que nos premie, que nos reconozca. Dios se manifiesta cuando nosotros nos entregamos.

 En estos días nos quejamos de muchas cosas que pasan, males que van creciendo, de sucesos lamentables, incluso de nuestra situación personal, pero ¿qué estamos poniendo de nuestra parte para remediar lo que nos aqueja? Dios no puede multiplicar lo que nosotros no compartimos. Dios no puede darnos dos panes si primero nosotros no le entregamos uno. Si no somos generosos. “Comerán todos y sobrará”, (2Re 4, 43).

“Ni doscientos denarios de pan bastarían…”. Es la expresión de los apóstoles que todavía no han aprendido lo que puede hacer Dios cuando somos generosos. El esperar todo de Dios y descuidar la parte que nos corresponde nos conduce a dañar esa imagen positiva de Él que todos estamos llamados a dar, y nos encamina a insatisfacciones. Si deseamos que Dios actúe cumpliendo al pie de la letra cuanto deseamos, olvidando que Él procede según su sabiduría y la conveniencia del bien solicitado, nuestra vida se puede volver una eterna insatisfacción, un conflicto continuo, por ignorar que el desear y pedir a Dios requiere que nosotros también demos lo nuestro.

En la vida familiar y social, recibimos según lo que damos; esperamos que nuestra familia nos consieta, reconozca y apoye, pero cuando no sucede así, es porque no hemos dado lo suficiente para merecerlo. Nunca olvidemos que para recibir primero tenemos que dar; no tenemos derecho a pedir nada si antes no hemos practicado el respeto, la obediencia, la humildad y el servicio. Servir es ayudar sin que nos tengan que invitar a ello, es como ese niño del evangelio, ver una necesidad y prestar nuestra ayuda.

El milagro de la multiplicación. Como humanos, como hermanos, como familia podemos crecer mucho, ser más unidos, realizar el milagro de la multiplicación de la paz, de la cordialidad, del amor, si dejamos nuestras reservas y nos entregamos a los demás, como lo hiciera este niño con sus panes y pescados y damos el primer paso, ofreciendo nuestra mejor actitud en este fin.

Cuánto bien hace en ocasiones que ofrezcamos una sonrisa, donde solo hay caras serias; poner alegría donde hay tensión, o propiciar la confianza donde solo hay recelo; quizás callar y no hacer ningún comentario que pudiera encender los ánimos. Cuando somos generosos al compartirnos con los demás, nuestras relaciones toman fuerza. Aquella tarde Jesús miró con mucho amor a aquel muchachito que dio lo suyo para los demás.

Cuando somos generosos con Dios y realmente le compartimos nuestro corazón, antes que pedirle y demandarle nuestras necesidades, se fortalece nuestra fe con Él. ¿Quién es el que cree más y mejor en Dios? El que lo ama por lo que es, su grandeza y majestad.

Al Señor le descubrimos gracias a nuestra generosidad, al llenarnos de alegría cuando vemos lo que puede hacer cuando nos entregamos a sus planes. ¿Qué pide de nosotros este milagro? Pide la humildad para ofrecer algo nuestro; el soberbio no ofrece nada, sólo se lamenta de su deventaja con respecto a otros y espera siempre ser beneficiado, el humilde da lo suyo con amor; pide nuestro esfuerzo, porque en ocasiones tenemos que dar y estar a pesar del cansancio, dar tiempo, atención, entrega, silencio, nuestra oración.  Nos pide nuestra fe, para confiar que Dios completará lo que falte a nuestra pequeña ofrenda.

Vale la pena renunciar a algo de lo nuestro para ver con asombro que Dios nos los devuelve multiplicado, para nosotros o para muchos más.

¿Cuántos milagros puede hacer Dios con tu plegaria? ¿A cuántas personas puedes alegrar con un momento de entrega a Dios? Cuánta felicidad puedes llevar a muchos si compartes algo de lo tuyo.

El Señor mira con gran amor a sus hijos; al pecador, que despierta su compasión y urgencia por recobrarlo; al necesitado, enfermo o afligido quien lo obliga a ayudarle si le suplica; y con el generoso y fiel, porque gracias a él, puede hacer muchos milagros.

La persona generosa nunca carecerá de nada, porque Dios le bendecirá siempre; si somos generosos en padecer, Dios nos hará fuertes; si somos honestos en cumplir sus leyes, nos hará admirables ante los demás; si damos de lo nuestro, nuestros bolsillos nunca estarán vacíos. El orgullo del creyente no debe ser el sentirnos bendecidos por Dios, sino el saber que podemos colaborar con Él y que gracias a nosotros puede actuar entre los demás y colmarnos de bienes.

Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrate
Párroco San Miguel Arcángel
Ures, Sonora

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