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Ante el discurso del fin del mundo

PorENMARCHA.MX

Nov 30, 2015

Por Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete*

Hoy Jesús nos habla de la Parusía, de la segunda venida del Hijo de Dios; es un pasaje lleno de elementos que producen variadas impresiones; a algunos les despierta temor y angustia, y a otros, fascinación y curiosidad; unos se sientes profetas y a partir de este relato especulan y fomentan el miedo en las personas crédulas y nobles.

El Evangelio de hoy es conocido como el discurso escatológico de Jesús. La escatología nos enseña, y por tanto nos prepara, para vivir las realidades y acontecimientos que podremos ver en los últimos días, en el destino final de la humanidad.

 

La Parusía del Señor

La Biblia no es únicamente una relación de hechos pasados y lejanos, también nos anuncia lo que sucederá mañana, en el futuro. Algo que podremos ver  y experimentar es la Parusía, el retorno de Jesús al mundo, y cuando suceda eso, nos cuenta el Evangelio, no pasará inadvertido para nadie, todos se enterarán, todos sabrán lo que está ocurriendo.

¿Y para qué viene Jesús de nuevo? ¿Para que los hombres lo desconozcamos y lo crucifiquemos nuevamente?  Viene para glorificar el mundo, no a destruirlo ni a castigar. Viene a transformar todo, a acabar con las injusticias utilizando un arma muy poderosa, el amor.

Jesús no viene a aniquilar, a hacer sufrir, a tomar venganzas contra los que lo difamaron,  a enfrentarse a quienes lo despreciaron;  mucho menos a hacer ver su suerte a quienes nos ofendieron.

El gran día del Señor, será un día de llanto y desesperación, pero sólo para aquellos que no se prepararon para este acontecimiento; para los buenos creyentes será un día de gloria y felicidad, donde recibirá por fin la recompensa por la que lucharon, la salvación.

Cuando escuchamos hablar del juicio final, y de la salvación que Dios ofrecerá al hombre,  pensamos que eso es asunto exclusivo de Dios, que la última palabra es suya, y Él decidirá quien la merece, y no es así precisamente.

La salvación depende de Dios porque a todos nos llama a vivir a su lado, a todos nos invita a aceptarla, pero también requiere  el esfuerzo de quien desee alcanzarla.

Dios conoce a todos los bautizados porque este sacramento es un signo invisible para nosotros, pero visible para Él. Él puede ver la fe, y sabe también quién hace el esfuerzo por vivir como nos lo pide, con confianza en su Palabra.

 

El fin del mundo y el amor de Dios

Jesús viene a hacer presente el Reino de los Cielos, el reinado del amor y de la paz. Es el fin del mundo, sí, pero no de la manera  terrorífica como algunos lo imaginan; es el comienzo de un  mundo mejor donde ya no hay guerras, ni enfermedades incurables, ni odios ni venganzas, ni carencias ni desigualdades, ni humillaciones, ni ignorancia.

¿A eso le tenemos miedo? ¿Al fin del mundo en el que hemos vivido para comenzar a vivir lo que siempre hemos deseado? ¿Tenemos miedo a la salvación que Jesús nos ofrece?, es lo que más necesitamos, cambiar, vivir mejor. Las promesas que Dios nos hizo nos hacen mucha falta y debemos desearlas más que temerlas; todos necesitamos de Dios porque necesitamos de su amor.

Los ateos, los resentidos de Dios, necesitan de este suceso, para empezar a creer, porque en su vida no hay nada que los mueva a darle al Señor un poco de credibilidad. Ellos necesitan ver a Dios para rendirse de una vez por todas. Nosotros, los creyentes, en cambio,  los que hemos creído sin ver, sin pedir pruebas ni garantías, simplemente esperamos el día de la Parusía para vivir este gran encuentro con el Señor.

Dios nos quiere tanto, nos ama tanto que no nos abandona, regresa al mundo para exterminar el pecado, el dolor, la maldad. Y muestra de ese amor es la gentileza de anunciarnos que volverá. Si estuviera harto, decepcionado de sus hijos, si por causa de nuestros pecados nos hubiera desahuciado de su salvación, y quisiera destruirnos, llegaría cauteloso, sin avisar; en cualquier instante lo podría hacer; pero su voluntad es salvarnos, no perdernos; es una decisión suya y ante esa determinación somos libres de aceptarla o rechazarla. Ese día Dios no nos obligará a recibir la salvación, eso dependerá de cada quien, de nuestra decisión y nuestra preparación; podemos brillar eternamente al lado del Señor, o convertirnos en unos desdichados para siempre.

Dios no quiere cambiar el mundo a la manera humana, destruyendo. Dios quiere transformar y requiere nuestra ayuda.

 

Vivir el hoy pensando en el mañana

Todos los miembros de su Iglesia tenemos desde nuestro bautizo, la invitación a vivir para siempre con el Señor, pero no todos nos preparamos adecuadamente, porque no acostumbramos a pensar en el mañana. Los niños  viven su presente con alegría, sin preocupaciones;  los jóvenes lo hacen con intensidad, “porque el mundo se va a acabar un día”, los adultos quizá con preocupaciones por el hoy, el trabajo, la salud. Es triste la poca atención que damos a nuestro  futuro, que ni siquiera advertimos que desde nuestro presente lo estamos trazando y definiendo.

El niño, el joven que practica la obediencia, que asume sus responsabilidades el día de mañana tendrá toda la confianza de sus padres; quien se aplica en sus estudios verá sus esfuerzos en sus notas; quien sabe conducirse con propiedad y educación ganará el respeto de los demás; quien hoy cuida su salud, mañana no tendrá problemas físicos; aquellas parejas que se unen y dejan que sea el amor quien los guíe se convierten después en un ejemplo para todos.

Tendemos a vivir el presente, tranquilamente, asegurando nuestra existencia; también podemos llegar a vivir del pasado, torturándonos por lo que perdimos, por lo que nos arrebataron, por el daño que recibimos, por los errores cometidos, tarea inútil, pues nuestro pasado no lo podemos cambiar, a diferencia del presente, que lo podemos mejorar con nuevas actitudes y acciones; a diferencia también del futuro en el cual  podemos tener todo lo que deseemos, poniendo nuestro empeño en lograr lo que deseamos.

Este pasaje del Evangelio, es una de nuestras verdades de fe, la llegada gloriosa del Hijo de Dios para hacer el juicio a la humanidad y un llamado a estimular nuestra confianza y trabajo por el mañana, asumiendo nuestras responsabilidades hoy. Si no hemos atendido nuestros compromisos cristianos, no pretendamos que mañana habremos de tener grandes bienes espirituales. Aquellos que piensan que Jesús nos anuncia una catástrofe, sepan que las Sagradas Escrituras contienen un mensaje de amor, porque provienen de quien nos ama, y desea estar con nosotros para siempre.

 

*Párroco de Nuestra Señora de Fátima en

Magdalena de Kino, Sonora

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