• Vie. Sep 17th, 2021

“Andaban como ovejas sin pastor”

PorENMARCHA.MX

Jul 17, 2021 ,

DOMINGO XVI ORDINARIO. Mt 6, 30-34.

Hoy el Señor nos recibe en su casa, complacido por nuestra fe, que nos recuerda el compromiso de agradecer directamente  los bienes que de su parte recibimos a diario. En este día el mensaje de Dios  nos propone algo: que reconozcamos la importancia del descanso personal y aprendamos a practicar el descanso cristiano.

El trabajo humano y el descanso. En el evangelio, Jesús invita a los apóstoles a descansar, luego de haber tenido un periodo de gran actividad y trabajo. El trabajo es una ley eterna (dada por la sabiduría divina) y universal, un deber de todos. “Si alguno no quiere trabajar, que no coma”, (2Tes 3, 10). El trabajo humano es el esfuerzo o empeño por realizar algo bueno para uno mismo y para el prójimo. “En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza”, (CEC. 2428).   Jesús, el Hijo de Dios, trabajó manualmente como cualquiera de nosotros, los apóstoles tenían sus oficios con los que ganaban su sustento, hay santos como san José, san Isidro, santa Zita, a quienes recordamos entregados a sus labores.El trabajo nos  dignifica ante los hombres  y nos santifica ante el Señor, es por tanto  un deber de todos. Todos trabajamos, de acuerdo a nuestra edad, capacidades. El cumplir nuestras responsabilidades familiares y sociales es el trabajo de todos.

Todos trabajamos y todos nos cansamos. El trabajo, la fatiga, produce estrés, ansiedad, cansancio físico y moral. Y el cansancio se combate descansando para recuperar las fuerzas. El descanso también es  una ley de Dios: “Si Dios ‘tomó respiro’ el día séptimo (Ex 31, 17), también el hombre debe ‘descansar’”, (CEC. 2172).

En estos días, que vivimos bajo incertidumbres y angustias, a diferencia de la tranquilidad de hace poco tiempo, vemos que la sociedad no sabe descansar. Llegan días de asueto y la gente corre a las playas, a reunirse en fiestas, a derrochar lo que se ahorró durante un año. Para muchos eso es descansar, cometer los excesos  que estuvimos reservando, darle rienda suelta a deseos reprimidos: embriaguez, pereza, sensualidad,  olvidarse de las obligaciones diarias. Para muchos eso es el descanso.

El verdadero descanso. Hoy Jesús nos enseña que el descanso es para quienes trabajan, para quienes invierten su vigor en un buen fin. Los apóstoles regresan fatigados y es justo que tengan unos momentos de tranquilidad, un espacio para profundizar en la gran experiencia que han vivido. Jesús no les autoriza la holgazanería ni la embriaguez como una forma de esparcimiento, quiere que conversen, que convivan compartiendo los acontecimientos vividos en la misión que han concluido.

Este es el verdadero descanso, el tiempo que se dedica a cultivar las relaciones personales. El tiempo que empleamos  para examinarnos y ver cómo va nuestra vida; el tiempo para encontrarnos a nosotros mismos, para darnos cuenta qué necesitamos, qué nos sobra, o qué nos estorba y afecta en nuestro crecimiento como personas.

Esa playa que está en nuestra mente como referente de unas vacaciones perfectas, con un mar tranquilo, con una brisa fresca, con arena fina, no siempre es posible. Pero sí podemos encontrar una playa a la hora del amanecer o atardecer, unos momentos de silencio y soledad, donde relajar el corazón y dejar de obsesionarnos con nuestros problemas, con la maldad que cada vez se vuelve más insolente. Unos momentos de profundización en nuestra propia casa, en el templo frente al sagrario, en la celebración de la Misa, son mejores que hartarse de comida o alcohol hasta quedarnos sin recursos. “La institución del día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa”, (CEC. 2184).

Podemos tener momentos muy gratos con nuestra familia si tratamos de conversar,  si hacemos el esfuerzo por sentirnos aliviados de nuestras tareas diarias que nos cansan, si tratamos de ejercitar otras dimensiones de nuestra naturaleza. Somos seres aptos para el trabajo, sí, pero también tenemos la capacidad de amar y hacernos querer aún más por los nuestros. Tenemos la capacidad para contemplar la naturaleza y deleitarnos, para cultivar un arte, practicar un deporte, leer un buen libro tranquilamente. Muchos no sabemos descansar porque nos hemos vuelto adictos al trabajo, a las prisas.

Las vacaciones, el descanso,  es  el tiempo para recuperar fuerzas, para reparar el desgaste emocional, para equilibrarnos, no para alterarnos aún más y perdernos en cosas que pudieran parecer muy atractivas, pero que en el fondo no son tan buenas.

Aprender a descansar. Tenemos que aprender a descansar. Descansa el cuerpo y la mente cuando reducimos nuestras actividades físicas, con la convivencia pacífica con los nuestros. También  hay otros tipos de descanso que no practicamos. Descansar de las apariencias, aparentar lo que no somos, es falta de humildad y prudencia. Descansar de nuestras propias demandas; tantas actividades, o mal distribuidas, que no nos dejan tiempo para Dios. Él también demanda una parte de nuestro tiempo y en su casa tiene un lugar para nosotros, donde podemos escuchar su palabra, ofrecerle nuestros rezos, participar de los momentos que nos ofrece nuestra Iglesia con el Señor.

Descansar de nuestras preocupaciones; nos agobiamos demasiado con nuestros problemas, contratiempos, cruces, olvidando la confianza en la providencia de Dios, “Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y hay necesidad de una sola…”, (Lc 10, 41-42).

El descanso cristiano. Hay otro descanso que no practicamos y que es  fundamental para nuestras buenas relaciones. Es el descanso que Jesús nos enseña en el Evangelio, dar descanso a los demás.  Dar al prójimo la paz que requiere. El entregarse a los demás de corazón.

 En la lectura, pudiendo Jesús marcharse, ocultarse, despedir a todos y quedarse a convivir con los suyos, a escuchar con interés  las anécdotas  que han tenido estos hombres, no despide a la multitud que lo reclama, los atiende, les da consuelo, los escucha y les “enseña muchas cosas”. ¿Sabemos nosotros darle descanso a los demás? A los miembros de nuestra familia, ¿les evitamos nuestros comentarios negativos y comportamientos voluntariosos?

¿Sabemos dar descanso a nuestros allegados callando aquel comentario ofensivo, que pudiera sembrar dudas en su persona, o despertar resentimientos hacia alguien más?

Hoy el Evangelio nos ha invitado a meditar en la caridad cristiana, que nos señala que siempre habrá alguien que necesite un poco  más aquello  que tal vez con toda justicia demandamos: paz,  consuelo,  compañía;  a pesar de nuestros argumentos, crisis, fatigas, una buena manera de descansar es haciendo algo por los demás, y también, compartiendo lo que somos con los nuestros, crecer en la unidad a través de la apertura ¿cuánto tiempo hace que no nos decimos que nos queremos? Porque a pesar de nuestros problemas y diferencias, en el fondo sentimos cariño por quienes nos rodean.

Pidamos a Dios que nos enseñe a descansar, descansar verdaderamente, para lo cual no hay necesidad de hacer grandes gastos ni viajes, simplemente convivir, apreciarnos, ser más pacíficos y más hermanos, como Jesús hoy nos ha enseñado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *