• Lun. Ene 25th, 2021

“Al César, lo que es del César…”. Domingo XXIX ordinario. Mt. 22, 15-21.

Poradministrador unico

Oct 18, 2020

.

Jesús nos ha dicho:  Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, y de esta manera nos señala el deber sagrado de la responsabilidad en el cumplimiento de nuestros deberes.

¿Qué es la responsabilidad? Es uno de los valores humanos, que como todos ellos, da lugar a la convivencia pacífica y sana entre las personas. La responsabilidad es la capacidad de reconocer, preever,  y asumir las consecuencias de nuestra conducta. Si no hacemos lo que debemos hacer, todo se complica. Si el estudiante no estudia, sus notas reflejan su descuido. Si el padre o la madre no atienden sus deberes, en el hogar se resienten sus acciones. Si como ciudadanos no cumplimos nuestras obligaciones nos hacemos acreedores a una sanción. Si como hijos de Dios no mantenemos una relación honesta con el Señor, en nuestra conciencia vamos a sentir cierta indisposición.

La responsabilidad nos mueve a  reflexionar, meditar, y orientar nuestras acciones positivamente, aunque ello represente un esfuerzo o perjuicio. La madre se fatiga por los quehaceres de casa, y mucho más si nadie colabora con ella, pero lo hace por el bien de los demás. El padre se agota en el trabajo, pero sabe que su esfuerzo equivale al bienestar de su familia. El hijo que está consciente de su papel de hijo prevé  y actúa acertadamente dejando de lado para ello momentos de descanso o esparcimiento.

Den al César lo que es del César. Jesús dice una gran verdad; la responsabilidad es una atención que otorgamos al prójimo con el cumplimiento de nuestros deberes, ante aquellos que dependen de nosotros,  como los padres a sus hijos, quienes tienen el deber de proveerles de los bienes necesarios para su subsistencia y educación; pero sobre todo, se debe practicar ante aquellos que tienen la capacidad de dictarnos normas, como la autoridad civil, que señala Jesús.  No podemos ignorar que debemos un respeto a quienes tienen el cargo de velar por el bienestar, a ellos debemos nuestro orden. Es el mismo caso del respeto que debemos a nuestra familia. En casa no es una opción el hacer las cosas que nos piden. Mientras dependamos de nuestra familia, mientras compartamos un techo, mientras nos pongan un plato a la mesa, nos manden a la escuela  y se preocupen por nosotros si estamos enfermos,   hay que expresar nuestra responsabilidad, obedeciendo.  Qué desesperación y enojo sienten algunos hijos por la orientación que les dan sus padres, la única solución a ello es reflexionar, y ver que lo que se nos pide siempre es algo bueno.  Ordenar la recámara, hacer las tareas con prontitud, ser servicuial en casa. A los padres se les debe dar  lo que les pertenece, una  buena conducta; hay que acatar  lo que ellos disponen, no lo que hacen los amigos o que nos muestran los medios y está de moda. Jesús, durante sus primeros años en Nazaret, vivía junto a sus padres, a quienes respetaba y obedecía, y así, el niño Jesús “progresaba en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y los hombres…”, (Lc. 2, 52). Responsabilidad ante la autoridad.

La responsabilidad y el amor van siempre juntos. La responsabilidad es un valor esencial en cada persona, que nos ayuda a desenvolvernos favorablemente ante los demás. Si haces las cosas bien, te ganas el aprecio de quien te conoce, el reconocimiento a tu desempeño.  Pero ocurre que nuestros  deberes los podemos asumir, con temor a un castigo; o  con vanidad, buscando un reconocimiento;  o con desgano o enojo, aparentando tranquilidad; las podemos hacer por ganar méritos y recibir un permiso; hacer las cosas bien no es suficiente. Debemos hacerlas con perfección. Y para eso a la responsabilidad tenemos que añadirle amor. Cuando a la responsabilidad se le acompaña  del amor, se logra algo excelso, alcanzamos un atributo de Dios: sabiduría.  Dios es sabio porque todo lo que hace, lo hace con amor. Y esa es una de las enseñanzas de Jesús.

A Jesús se le acercó un escriba, experto en el estudio de la Palabra de Dios y le preguntó la manera para ganar la vida eterna, Jesús le pidió que recordara las escrituras: “Amarás al Señor, tu Dios,  con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas… y a tu prójimo como a ti mismo”, (Lc. 10, 27). 

El primer mandamiento es el amor; antes que poner empeño, astucia, dedicación, en nuestros deberes,  debemos poner en ellos amor.  Debemos apreciar nuestras obligaciones, y sentirnos importantes ya que por medio de ellas podemos hacer un bien a los demás. 

¿Qué ganas incomodándote porque se te pide un favor? Deberías sentirte bien porque tienes así la ocasión de servir. ¿Qué pierdes con dejar de hacer aquello que te gusta para atender algo mejor? ¿Por qué nos parecen cansados los deberes con Dios? Porque quizá no los asumimos con amor.

San Juan Pablo II, siendo el Obispo auxiliar de Cracovia, escribió  un libro titulado Amor y responsabilidad (1960), en él nos habla de la castidad, de la familia, del matrimonio, de la procreación y respeto a la vida, temas muy discutidos en la actualidad. En su libro, el papa nos dice, que si no hay amor en nuestras acciones, todo se convierte en egoísmo. “El amor no se puede separar del sentimiento de la responsabilidad; un amor que rehúsa la responsabilidad, es la negación del amor, es inevitablemente egoísmo”. El egoísmo es un campo donde es imposible sembrar. En su libro nos dice que la realización de cada persona se lleva a cabo por la donación, la entrega, el servicio que hacemos a los demás. Por la caridad con que realizamos  nuestros deberes. El reproche de Jesús a los fariseos fue precisamente éste, que no ponían amor a las obras que cumplían.

¿Cómo podemos cultivar la responsabilidad? La responsabilidad es un valor que se adquiere. Al niño en casa conforme va creciendo hay que enseñarle que tiene deberes que cumplir, que no solamente tiene derechos, sino también obligaciones.   Primeramente tenemos que iniciar, reflexionando las consecuencias de nuestras acciones. ¿Qué sucede si no hago lo que tengo que hacer? ¿Qué pasa si hago lo que debo de hacer? ¿Afecta en algo que lo deje para después, o es urgente? Si lo que hacemos es un bien para los demás, no hay por qué demorarlo, el beneficio al prójimo no debe tener retrasos.

Para ser responsables, tenemos que ser humildes.  Humildes para reconocer cuáles son nuestras fuerzas, nuestras cualidades, qué está a nuestro alcance cumplir, y para qué tarea no estamos capacitados. Quien no cumple lo que promete es un irresponsable y pierde nuestra confianza. Humildes para ver los aciertos de los demás, reconocerlos y tratar de imitarlos. Humildes para pedir ayuda a quien conoce un poco más de la tarea que tenemos pendiente.

El amor no puede faltar en nuestras acciones. La responsabilidad ejercida con amor se llama bondad, y ésta nos conduce a la sabiduría. Una persona sabia busca el bien personal, y el del prójimo, sin ventajas, y al mismo tiempo deja un testimonio digno de ser tenido en cuenta.

Hoy los sumos sacerdotes preguntan a Jesús si es necesario “pagar” impuestos al emperador. Jesús nos aclara, no hay que pagar, sino darle a quien tiene autoridad sobre nosotros lo que él merece, nuestro respeto y colaboración. Todos tenemos la huella de Dios por nuestro bautismo, por tanto, le pertenecemos y hay que corresponderle con nuestra vida, no como un servicio cansado y agobiante, sino como un acto de gratitud y justicia. Este es el impuesto que debemos pagar a Dios, responsabilidad y amor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *