• Mié. May 25th, 2022

Dr. Francisco Alvarez Gutiérrez

            Iniciamos un nuevo ciclo litúrgico con el tiempo de adviento, un tiempo fuerte para la Iglesia que somos todos. La palabra “adviento” proviene del latín “adventus” que significa como sabemos, “venida” o “llegada”. Esa “venida” es la venida del Señor.

             A diferencia de la cuaresma, tiempo especial dedicado a la conversión, el Adviento tiene su propia orientación: se vive en un ambiente esperanzador dedicado tanto a reparar el pasado como a reanimar el presente y prepararse gozosamente a recibir el porvenir. Durante este periodo domina el contenido de la expresión bíblica: ¡Maranatha!, que significa, “¡Ven, Señor nuestro!” o “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

            A lo largo de sus cuatro semanas, el Adviento nos orienta a pensar en la venida del Señor; pero, puede ser y es una venida pluridimensional: recordamos el pasado, con su venida histórica, cuando el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, venida que celebramos de manera especial en la Navidad; hablamos también del presente, de su continua venida en nuestras vidas, especialmente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía; y también hablamos del futuro, de su venida final, en la Parusía o segunda venida del Señor, en la gloria plena y definitiva de su Reino.

            Nadie sabe la fecha en que Jesús regresará de nuevo a este mundo, pero será cuando menos lo esperen, lo mas probable es que nuestro encuentro con él sea cuando se termine nuestra propia vida terrena y será también cuando menos lo pensemos; es por eso que Jesús exhorta a sus discípulos a que “velen y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor” (Mt 24, 42) y lo vuelve a recalcar diciéndoles: “También ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del Hombre” (Mt 24,44).

            Adviento es, pues, un tiempo de estar atentos y vigilantes pensando en el final de los tiempos que llegará el día menos pensado y en vivir el presente como un compromiso con el Dios que ya se hizo presente entre nosotros y nos hace una invitación de estar abiertos al futuro, viviendo llenos de esperanza, confiando en su amor y misericordia divina.

            El profeta Isaías es el profeta de la esperanza, anuncia la llegada de una nueva era, nos habla de una tierra nueva y un cielo nuevo (Cfr Is 66,22), nos habla de la Jerusalén celestial; él mismo profetiza que “la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros” (Cfr Is 7, 14).

            La liturgia de este tiempo nos invita a prepararnos para celebrar la venida de Cristo con la práctica de las buenas obras, de las obras de misericordia; ese es el deseo que debemos tener todos los cristianos para salir al encuentro de Cristo que viene.

            San Pablo en la Carta a los Romanos (Rm 13, 11 – 14) piensa en algo importante, piensa que Cristo va a llegar y que estamos en peligro de no estar preparados para su encuentro, es por eso que nos dice que ya es hora de despertar porque nuestra salvación está cerca: “Despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca”.

            San Pablo también nos exhorta a pensar la forma en que estamos viviendo, si como personas prudentes o como imprudentes, es decir, sin prepararnos; es por eso que nos invita a comportarnos honestamente y con decoro: “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias” (Rm 13, 13).

            Adviento es un tiempo propicio para aprovechar y tratar de discernir o averiguar en nuestro corazón cuál es la voluntad de Dios y si de verdad la estoy cumpliendo o realizando, es un tiempo para estar “vigilantes” y “preparados” para cuando Él venga.

            El primer domingo de Adviento nos invita, pues, a estar alertas y en preparación para recibirlo, pero recordemos que lo podemos recibir ahora en la Sagrada Eucaristía.

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