Archivos de la categoría: Veredas de la memoria

24Jun/16

Primera reunión del presbiterio con  el arzobispo Ruy Rendón

Notas de gestos y compartires

Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

Como tres semanas antes que el arzobispo Ruy Rendón Leal tomara posesión de su cargo como arzobispo de Hermosillo el 8 de junio, se nos comunicó al presbiterio de Hermosillo que el día 9 se llevaría a cabo la primera reunión con él.  En punto de las 4:00 p.m. en el salón de la parroquia de San Juan Capistrano se llevó a cabo. Al llegar monseñor Rendón nos saludó a cada uno pasando por las mesas.

Mientras avanzaba unos compañeros empezaron a entonar “Hombres nuevos”, una de cuyas estrofas dice “Danos un corazón grande para amar”. Fue como una oración espontánea por el momento que se vivía.

Después de la bienvenida que preparó el equipo de formación permanente, el arzobispo señaló que la  primera reunión en Hermosillo la quiso tener con los sacerdotes. “Gracias por estar aquí”, señaló.

Leímos juntos la oración titulada “Somos profetas de un futuro que no es nuestro”. Luego empezó la presentación de sacerdotes por decanatos. Dijimos nuestro nombre, la parroquia en la que estábamos y los años de ordenación sacerdotal.  Durante ese momento que duró 1:20 hrs, el obispo nos escuchó atento y tomó algunas notas.

Al final, en la pantalla se proyectaron los nombres  de sacerdotes enfermos, jubilados, entre los cuales están Nicolás Gutiérrez, José Durazo, Jesús García, Mariano Hurtado, Moisés Villegas, Ramón Arvizu, Macario Ponce y Ramón Landavazo, el cual estaba presente.

En el receso convivimos y disfrutamos las bebidas y antojitos que prepararon agentes de la comunidad de Capistrano.

 

Los colaboradores

Al reanudar la reunión, don Ruy compartió una reflexión sobre el ministerio sacerdotal y la comunión en el presbiterio.

“Me da gusto estar en Hermosillo. La primera reunión con ustedes es como una  acción simbólica: ustedes son los principales colaboradores. Una iglesia funciona bien en la medida en que el presbiterio es fuerte, organizado y tiene identidad”.

“Quiero irlos conociendo. Denme oportunidad para presentar horizontes para fortalecer esta familia sacerdotal. Les repito lo que dije en el mensaje de la misa de ayer: l reto de ser el mejor presbiterio de México; no es retórica sino un anhelo que si lo tenemos en nuestra mente y corazón, lo lograremos”.

 

Identidad y humildad

Señaló algunos elementos sobre el ser del sacerdote. “Nos une el orden sacramental. En medio de las heridas y recuerdos, hay que trabajar en el ser y quehacer sacerdotal”.

Exhortó a tener una identidad sacerdotal clara. “Quizá tengan algunas cualidades pero su principal virtud es ser sacerdote. Que esto no lo perdamos de vista: somos ante todo presbíteros”. Nos invitó a trabajar “nuestra  identidad sacerdotal”.

Respecto a la virtud de la humildad, compartió: “Busquemos juntos trabajar la virtud de la humildad: no somos dueños de la Iglesia, denla arquidiócesis, de la parroquia u del oficio. Aparezcamos como serviciales y administradores, no como dueños”.

El sacerdote está llamado a ser cercano, acompañar, escuchar y valorar a los laicos. “La humildad es el primer escalón de todo. Logrando esto ya la hicimos y nuestra gente estará feliz con nosotros”.

“El testimonio de vida: no lo pierdan de vista”, nos convidó. Señaló que era necesario cultivar la “fraternidad y cercanía con los fieles; que reflejemos comunión. En un presbiterio desunido la gente no nos va a creer”. Animó a “favorecer las reuniones sacerdotales en el decanato  las semanas de estudio”.

 

El estilo personal

Nos compartió algunos elementos de su personalidad y ministerio. “Soy un obispo sencillo,  no complicado, soy del norte. Mi formación es de Monterrey”.

“Entregar la vida: esa es mi convicción. Me costó desprenderme de El Salto, Durango: una diócesis pobre y humilde.  Me costó muchas lágrimas venir a Hermosillo. Soy sensible, lloro cuando algo es importante para mi corazón.

Les ofrezco cercanía, escucha, acompañamiento. Soy muy transparente: no llevo vida oculta”.

“Espero que en estos meses pueda tener elementos para clarificar asuntos. No vengo como el mesías: vengo a plantar semillas”. Y señaló que le llamó la atención un párrafo de la oración inicial: “Esto es lo que intentamos hacer: plantamos semillas que un día crecerán; regamos semillas ya plantadas, sabiendo que son promesas de futuro”.

 

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*El padre Armenta es cronista

de la Arquidiócesis de Hermosillo

 

06May/16

La designación de los arzobispos de Hermosillo

Por Pbro. Armando Armenta Montaño

La mañana del 26 de abril, temprano, poco después de las 5:00 am, me enteré de la elección como Arzobispo de Hermosillo del hasta entonces obispo de Matamoros, Ruy Rendón Leal, por medio de un mensaje en las redes sociales del padre Juan Francisco Salcido, también conocido como “El Coquis”: “¡Dios bendiga a Hermosillo! Con mucho amor y respeto damos las gracias al señor Ulises por haber sido nuestro amigo. Recibimos con obediencia a Monseñor Ruy. ¡Gracias y bienvenido!”.
El siguiente mensaje fue del señor arzobispo Ulises Macías: “Tenemos Arzobispo. Monseñor Ruy Rendón. Tiene 62 años. Recemos por él”. Lo acompañaba con una fotografía.
Escuchaba pormenores de la designación en un programa de radio conducido por Juan Carlos Zúñiga, cuando a eso de las 6:30 am, recibí una llamada de su asistente para una entrevista sobre mis impresiones y opinión de este evento eclesial. Una de las preguntas al final fue cuántos arzobispos había tenido la Arquidiócesis de Hermosillo. Los nombré y di las fechas de su ministerio episcopal… Comparto algunos datos y testimonios sobre el nombramiento de los Arzobispos de Hermosillo:

Juan Navarrete y Guerrero
Fue nombrado Arzobispo el 4 de septiembre de 1963 a la edad de 77 años por el Papa Pablo VI, en los tiempos en que se desarrollaba el Concilio Vaticano II. Llegó a Sonora en julio de 1919, habiendo sido consagrado Obispo en Aguascalientes el 8 de junio del mismo año.
El cardenal Alfredo Ottaviani le impuso el palio en la basílica de san Pedro el 11 de octubre del mismo año designación. El Papa había dado a la Iglesia local de Hermosillo el rango de Arquidiócesis el 13 de julio de 1963 y la bula fue ejecutada en la Catedral de Hermosillo el 22 de enero de 1964 por el delegado apostólico monseñor Luigi Raimondi.
La visita de monseñor Raimondi a Hermosillo fue un evento de mucho entusiasmo y fervor para la comunidad católica. El Católico publicó la siguiente nota sobre el programa que se llevaría a cabo: “El martes 21 arribará a esta ciudad el señor delegado apostólico, Mons. Luis Raimondi, acompañado del señor arzobispo don Juan Navarrete y demás dignatarios. La recepción será en el aeropuerto a las once de la mañana, haciendo el recorrido por la calle Veracruz, Boulevard Abelardo L. Rodríguez y calle Rosales para llegar a Catedral.
“En todo el trayecto formarán vallas los fieles para saludar y vitorear a los ilustres visitantes y, desde luego, a Mons. Navarrete. Por la noche del mismo martes 21 se desarrollará en el local del Cine Sonora una Velada Literario-Musical, destacándose en este festejo los discursos del propio Sr. Navarrete y el Lic. don Fortino López Legazpi.
“Al día siguiente, miércoles 22, a las 6:30 de la tarde se iniciará la instalación canónica de la Arquidiócesis, siguiendo la reverencia de los Obispos sufragáneos, y por último Misa Pontifical oficiada por el Sr. Delegado Apostólico”.
Se le aceptó su renuncia el 13 de agosto de 1968, un día después de su cumpleaños 82.

Carlos Quintero Arce
Fue nombrado Arzobispo Coadjutor con derecho a sucesión el 3 de marzo de 1966. Tenía 46 años y desde mayo de 1961 era obispo de Ciudad Valles, San Luis Potosí. El 17 de junio de 1966 se instaló en Hermosillo y el 18 de agosto de 1968 es electo Arzobispo Titular de Hermosillo, cuando se encontraba en una reunión en Colombia. Don Carlos, recientemente fallecido, escribió este testimonio sobre su nombramiento como arzobispo titular: “Aceptada la renuncia del señor Navarrete, pasé a ser Arzobispo. El trato con él fue respetar su decisión de quedarse especialmente con el Ministerio del Colegio Lux y de las Auxiliares y consultarlo en algunos de los puntos”.
Después de un ministerio episcopal de 28 años, al señor Quintero el Papa san Juan Pablo II le aceptó su renuncia el 20 de agosto de 1996, a los 76 años y siete meses.

Ulises Macías Salcedo
Originario de León, Guanajuato, fue ordenado Obispo de Mexicali el 29 de julio de 1984 y electo Arzobispo de Hermosillo el 20 de agosto de 1996. El 30 de agosto envió una carta al señor Quintero, al presbiterio y a la comunidad arquidiocesana en la que expresó sus primeros deseos: “Después de las primeras impresiones impactantes en esta nueva etapa de mi vocación, comunico a ustedes que acepté y me dispongo a realizar esta nueva encomienda. Tengo mucha ilusión por testificar el trabajo de la Iglesia. Quiero intentar ser el continuador de esta pastoral. Abriremos nuevas páginas en esta Historia de Salvación”.
Después de 19 años 5 meses, el Papa Francisco le aceptó su renuncia el 26 de abril a los 75 años y 5 meses.

veredasdelamemoria@gmail.com
El padre Armenta es cronista
de la Arquidiócesis de Hermosillo*

29Feb/16

Honores y bendición yaquis

En los funerales del arzobispo Carlos Quintero

Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

Hacia las 11:00 horas del día 16 de febrero, llegó a la Catedral Metropolitana el ataúd que contenía los restos mortales del arzobispo emérito Carlos Quintero Arce. Se rezó la oración de laudes por los difuntos, presidida por el arzobispo Ulises Macías dirigidas por el padre Pedro Moreno Valenzuela. Fue arribando gente de diversos sectores y había coronas de flores. Casi al terminar laudes entraron un grupo de participantes de los ceremoniales yaquis de la ramada del Coloso Bajo, entre ellos dos fariseos con sus máscaras, el capitán, bandereros, flautero, tamborero, Pilato y cabos, todos se apostaron frente al ataúd en el pasillo central.

Al terminar la oración de laudes hicieron una ceremonia de honores y bendición a don Carlos Quintero en la tradición yaqui presidida por una música serena y luctuosa con flauta (que significa el llanto de la Virgen) y tambor (que representa los tres clavos con que fue clavado Jesús).

Los medios de comunicación presentes tomaron la escena mientras los asistentes observaban con respeto.  Rodearon tres veces el ataúd como símbolo de la santísima trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los bandereros agitaron las banderas azul, que representa el manto donde fue envuelto Jesús al ser bajado de la cruz, y la roja, que simboliza la sangre del rostro de Jesús en el manto de Verónica. El capitán traía una lanza que significa el punzón con que fue lanzado Jesús. Con el respeto de los presentes, los fariseos y yaquis se despidieron de don Carlos haciendo la señal de la cruz sobre el ataúd a la altura del rostro del arzobispo y despidiéndose ellos mismos. Ese tipo de bendición se hace a difuntos que prestan servicio en los rituales como cantoras, gentes de alto mando y otros.

Fuera de Catedral un periodista le pregunto a Julio César Valenzuela, capitán de la ramada, que significó para ellos la presencia del señor Quintero entre ellos, a lo que respondió: “Bendiciones que nos iba a dar allá a la comunidad de la palma: bendiciones de la Iglesia, de personas que fallecieron, misas. Nos apoyaba también con alimentos y cobijas”. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, Julio César, quien es hijo de don Hilario, ya fallecido, el cual fue capitán de los ceremoniales yaquis en el Coloso Bajo, señaló que cuando se enteraron del fallecimiento de don Carlos se entristecieron porque “era parte de la familia”, pues el arzobispo trató a su padre.

Una anécdota del señor Quintero que Julio César recordó con emoción fue que “cuando entró el señor Ulises le haya dicho don Carlos que le encargaba a nosotros”.

De esta forma la religión popular, con su riqueza de raíz indígena, de devoción, comunión, sacrificio, pertenencia a la Iglesia, entre otros valores, se hizo presente en las exequias del señor Quintero. Un signo del pastoreo de su don Carlos que se mostró sensible a estas muestras de fe entre el pueblo de Dios al que acompañó en su peregrinar en Hermosillo.

aarmenta@libero.it

El padre Armenta es cronista

de la Arquidiócesis de Hermosillo*

30Nov/15

El padre Andrés A. Flores

 

Entre las víctimas de San Pedro de la Cueva (1915-2015)

Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

Andrés Avelino Flores Quesney nació hacia 1878 en Nuri, Sonora, pueblo ubicado en la vega del río Yaqui. Fue hijo de Francisco Flores y María Quesney. Se dice que su abuelo materno era francés y se casó con una mujer apache (de allí pueden proceder sus rasgos faciales). Se cuenta que sus padres se oponían a su vocación sacerdotal, pero él ingresó al Seminario Conciliar de Sonora el 4 de febrero de 1898,  con una beca de gracia.

Era obispo de Sonora, Herculano López de la Mora, fundador del seminario en 1888, el cual se ubicaba en lo que hoy son las calles Serdán y Yáñez.  Ignacio Valdespino y Díaz, obispo de la diócesis desde 1902, le concedió el diaconado el 26 de marzo de 1904,  en la capilla episcopal. La noticia recibió este cometario de El Hogar Católico, el informativo diocesano: “¡Qué sea para mayor gloria de Dios¡”.

Cercano al día de la ordenación vivió ejercicios espirituales en Hermosillo con algunos sacerdotes y el 29 de septiembre de 1904, en la capilla episcopal, el obispo Valdespino le confirió el orden del presbiterado, junto con José María Pablos. El semanario diocesano los encomendaba a la Virgen de Guadalupe, para que les alcanzara de su Hijo “las gracias y los dones” que necesitan “para cumplir las obligaciones de sus estado”.

La primera misa la celebró el 12 de noviembre en la capilla del Carmen, en Hermosillo, a las 8: 00 am,  siendo su padrino de capa el padre Rafael G. Durazo. El 16 de noviembre partió para Moctezuma, su primer destino pastoral como vicario. Después estuvo en Álamos, volvió a Moctezuma y en 1911 es nombrado párroco de Batuc, desde donde atendía Suaqui, Tepupa, San Pedro de la Cueva y por un tiempo Mátape.

 

Párroco virtuoso

Las respuestas del padre Flores en enero de 1913, a un cuestionario sobre la pastoral parroquial enviado por el obispo Valdespino, revelan que fue un sacerdote con vida de piedad y caridad pastoral. Manifestó que “no hay escuelas parroquiales, y aunque he manifestado a los fieles la necesidad de esas escuelas, nada he conseguido”. No existía “Asociación del Catecismo”, pero “hay personas que ayudan a dar doctrina y están bien atendidos los niños”, a los que estimulaba “a los niños para que asistan a la doctrina, regalándoles medallas, rosarios, estampitas y golosinas”.

La Hermandad de la Vela Perpetua estaba establecida en Batuc y “se ha conseguido muy poco progreso”; en San Pedro, la Vela y la Asociación del señor san José, tenían “progreso y fervor en las socias”. Aunque las ceremonias de mayo y junio no eran solemnes, consiguió “que se cantaran los rosarios”.

Cada mes o dos meses el padre iba a confesarse a Moctezuma, cuyo párroco era vicario episcopal. Y señalaba: “Desde el día primero del presente año comencé a rezar el oficio conforme los decretos recientes”.

En el informe el señor Valdespino, quien el 10 de enero había sido elegido obispo de Aguascalientes, puso esta nota sobre el padre Flores: “Este es uno de los párrocos jóvenes más estimables en la Diócesis de Sonora: su virtud se acrisola cada día más y su ardiente celo por la salvación de las almas es bien notable. Dios lo conserve puro y santo sacerdote”.

           

Pancho Villa y el padre Andrés

Cuando Pancho Villa con su ejército no pudo tomar Hermosillo en noviembre de 1915, emprendió su regreso a Chihuahua.  Como represalia a un ataque y muerte de algunos villistas (se dice que fueron 17), a manos de vecinos de San Pedro de la Cueva, quienes los confundieron con una gavilla de bandidos, el general ordenó la ejecución de los hombres del pueblo, en la mañana  del 2 de diciembre. El padre Andrés, en dos ocasiones se arrodilló ante Villa pidiéndole que perdonara a los varones, logrando que no fusilaran a algunos. Pancho Villa le había advertido que no se acercara, pero el padre, abogando por su gente, se acercó, por lo que el general sacó su pistola y lo mató.

Se calcula que fueron 77 los hombres fusilados por los villistas. El historiador Friedrich Katz señala que “era la primera vez que Villa desencadenaba su cólera contra los pobres. Al día siguiente de la masacre se mostró profundamente arrepentido y empezó a llorar”. Hace un siglo que el padre Flores, al interceder por su pueblo y ser víctima de la violencia, siguió el estilo de Jesucristo, el buen pastor que “da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11).

 

aarmenta@libero.it
* El padre Armenta es cronista
de la Arquidiócesis de Hermosillo

VEREDAS POSTER

20Nov/15

La fiesta de san Judas Tadeo en Hermosillo

Consolaciones de la religión popular

Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

Desde que inició el mes de octubre empezaron los peregrinos a visitar al santuario de San Judas Tadeo, ubicado en el barrio de Las Amapolas, en Hermosillo, expresando su devoción de diversas formas. Algunos transitaban por el templo u oraban ante Jesús eucaristía en la capilla del sagrario.

            Las misas dominicales empezaron a recibir más fieles y el segundo domingo del mes se realizó una peregrinación desde el sector del Palo Verde, en su octavo año, compuesta por caminantes, bicicletas,  motos, carros con la imagen del santo y jinetes.

La pequeña comunidad recibió con amabilidad y gusto a los peregrinos, mientras los integrantes del coro se esmeraron en los ensayos para las misas. El día 19, al iniciar el novenario, al rosario y rezo de la novena en la capilla, en donde a un lado del santo patrón se instaló una imagen de nuestra Señora de Guadalupe, unimos la eucaristía en el templo, pidiendo cada día por diversas necesidades. Algunos fieles del barrio participaron activamente.

La intensidad de la fiesta se hacía presente conforme se acercaba el 28 de octubre. El día 24 llegó una cabalgata como de 30 jinetes de San Pedro el Saucito, los cuales pidieron bendición de imágenes y, en un gesto muy ecológico, de los caballos.

El 25 fue un día muy esperado por mí. A las 13 horas, en medio del fuerte sol del otoño, llegó la cabalgata  de estación Zamora, en su segundo año, organizada por la familia Bojórquez. Un carro alegórico con San Judas entre pacas de pastura y un conjunto norteño amenizando con música regional encabezaban la peregrinación.

El día 27, en la  víspera y velación, los gestos de devoción invitaban a la admiración, alegría y la acción de gracias. A las siete de la tarde arribó la peregrinación de La Victoria, formada por un grupo de personas que participan en la semana santa yaqui de barrios como El Mariachi y la Matanza. Esperanza, la organizadora de esa procesión, acompañaba al joven danzante del venado, los pascolas y el flautista, los cuales danzaron en la capilla y el templo, para después hacerlo en los corredores del patio central.

Concluida la misa solemne de la vigilia, a las 10 de la noche, cuando el número de peregrinos aumentaba, otro danzante del venado, un hombre maduro nacido en uno de los pueblos del Valle del Yaqui, se abrió paso danzando entre los fieles, hasta  el altar y ante la imagen de San Judas en donde realizó los gestos sagrados de esa danza. Proveniente de la ramada que se instala en el barrio de Las Amapolas desde hace como 4 años, siguió danzando  en la banqueta del templo, junto con los pascolas y acompañado por los músicos, hasta las 4 de la mañana, en medio de devotos que observaban atenta y respetuosamente.

Ejecutada por participantes de las ramadas de la colonia Revolución y el Coloso Alto, la danza de los Matachines también hizo presente tradición religiosa  yaqui. Mientras el venado y los músicos danzaron en medio de la muchedumbre de fieles y la música de los grupos que dieron las mañanitas, los matachines prefirieron venerar a la Virgen María y a San Judas en el patio central del templo, lo que permitió una mejor ejecución. Me obsequiaron accesorios de la danza y tuve el honor de ser invitado a danzar con ellos, lo que traté de hacer con respeto. El fiestero de ese grupo, que toca la guitarra acompañada por un violinista, me agradeció que haya aceptado la invitación.

Consolado espiritualmente, poco después de media noche, antes de descansar, observé un mariachi que tocaba las mañanitas a San Judas Tadeo, mientras el venado y los pascolas seguían danzando, expuestos a la gente, a la noche y al cielo estrellado.

aarmenta@libero.it
El padre Armenta es cronista
de la Arquidiócesis de Hermosillo*

 

 

05Nov/15

Construyendo la casa fraterna sacerdotal

Por Armando Armenta Montaño*

En una añeja casa que opera como local de fiestas en el barrio de Villa de Seris, a espaldas de los antiguos molinos harineros, el 21 de octubre nos reunimos 23 sacerdotes de los decanatos 10, que se conforma por parroquias ubicadas al sur del vado del río, y 2, que reúne comunidades del oriente de la ciudad.

A  las 11 era la cita y la comida a las 13 horas. Fuimos llegando de acuerdo a como  nos permitían nuestras cotidianas labores pastorales. En el antiguo corredor con un alto techo de vigas y carrizo, el vicario de pastoral, el padre Manuel Lizárraga, moderó  el momento en el que compartimos ideas  para prepararnos al Año Jubilar de la Misericordia, que inicia el 8 de diciembre y concluirá el 20 de noviembre del 2016.

Las propuestas fueron desde hacer pronunciamientos sobre la conversión de pecados sociales, hasta valorar y dar a conocer los cotidianos gestos de misericordia que realizan desde la fe los creyentes. Entre otras ideas, se propuso promover más la fraternidad sacerdotal y operar comunitariamente las obras de misericordia por medio de la pastoral social.

A la 1:00 p.m. llegó a la convivencia don Ulises Macías, nuestro arzobispo, acompañado del vicario general, el padre Eduardo Contreras. Saboreamos un plato regional, mientras la plática era amenizada por la música de mariachi. Se adelantaron las mañanitas al arzobispo por sus próximos 75 años  que cumplirá el 29 de octubre. Una agradable variedad de canciones mexicanas alegraron el momento.

Antes de partir el pastel, don Ulises agradeció el gesto “solidario, fraternal, afectuoso, de cercanía y respeto, que va unido a la fe, a la  obediencia y a esas promesas  que todos tenemos ante el Señor,  de ser una familia sacerdotal”.

Antes de apagar las velas, rodeo con sus manos las velas, y manifestó un deseo: “Que sigan así: ¡Iglesia más en amistad! Una amistad más profunda que los haga de varas compartir lo más bonito de nuestra vida sacerdotal y humana, como también la alegría y los momentos difíciles. Si yo he logrado un poquito de esto le doy gracias a Dios y con esto me bastaría para irme, de veras, contento y más tranquilo. Les prometo que fue mi intención muy grande: hacer de ustedes un presbiterio como el Señor lo soñó y como nosotros también lo soñamos. Les pido que ese sea nuestro deseo”.

 

aarmenta@libero.it

El padre Armenta es cronista
de la Arquidiócesis de Hermosillo*

 

18Sep/15

Excursión a Los Ciriales

A 80 años de las ordenaciones sacerdotales en la sierra (1935-2015)

Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

 

Hacía tiempo que quería llevar a miembros de la familia al Rincón de Guadalupe, que fue casa de vacaciones del Seminario de Sonora y de Hermosillo.  La última semana de julio subimos a la sierra los sobrinos Mario Abraham, Jorge Eduardo, Juan Pablo, José Rafael, Juan Manuel, Omar Armando y Juan Carlos, un amigo de ellos.

En el camino de Bacadéhuachi al Rincón llegamos a una tinaja que se forma en un arroyo que pasa por el rancho La Matancita, a la cual los seminaristas llamaron La Semiolímpica,  porque su profundidad permite nadar en ella. Aunque a decir de Bernardo Valencia,  encargado del Rincón, las lluvias de verano todavía no se habían presentado con abundancia, el campo estaba verde y las aguas corrían por los arroyos.

Al día siguiente, miércoles 29, el vaquero nos condujo en un pick up adecuado para aquellos caminos de brecha, poco transitados y afectados por las lluvias y el tiempo. Bajamos por los potreros de San Antonio y atravesamos “La cuesta del güero Yépiz”, en la que un ganadero bacadehuachense con ese apellido sufrió un serio percance en el auto cuando volvía del rancho.

Estacionados  al borde de la brecha, bajamos rumbo al cañón en donde se ubicó el Seminario de Sonora entre 1934 y 1935, en tiempos del conflicto religioso del gobierno de Sonora contra las Iglesias cristianas, entre ellas la católica.

El paisaje es asombroso. Un arroyo con agua que corre entre piedras, diversos árboles, hierbas y pasto. Después de admirar y recorrer el lugar, nos sentamos bajo un árbol, en donde expliqué  algo de la historia de la “gran aventura de la sierra”, como la describió el padre Cruz Acuña, uno de los seminaristas que recibió formación en ese lugar, cuyas construcciones de madera fueran hechas por ellos, el obispo y hombres de la región.

Compartí que, después de estar con los seminaristas en ranchos de la región de Santa Ana, el obispo Navarrete decidió ir con los seminaristas teólogos a la sierra, a un lugar que llamaron Los Ciriales,  porque, señala el padre Cruz, frente a la Capilla, “cuando los rayos del sol lograban penetrar  en la profundidad  del barranco y brillaban sobre las doradas copas de los pinos, éstos parecían cirios enormes encendidos como luces de bengala”.

A los atentos oyentes leí algunos párrafos del libro del padre Acuña titulado Juan Navarrete. Medio siglo de historia sonorense, en el que describe que ese año de 1935 fue inolvidable porque “en aquella silenciosa soledad de la Sierra pudimos dedicarnos al estudio con más intensidad y menos preocupaciones”.

Fue allí donde el señor Navarrete confirió el orden sacerdotal a Salvador Sandoval y Juan Barceló, el 22 de septiembre de 1935. La misa se celebró en “un claro del bosque”, “en un humilde altar de piedras amontonadas; pero tenía por ábside el prodigioso escenario de la Sierra y por bóveda el azul intenso del cielo  de las montañas”. A esa ceremonia asistieron “cuatrocientas personas”.

Llevé algunas fotos de aquel seminario y con la ayuda de Bernardo imaginamos donde pudieron estar las construcciones, de las cuales quedan algunos cimientos. Encontramos un barrote con señas de que fue quemado; quizá sea un signo del incendio que provocó el ejército a fines de octubre de ese año de 1935, destruyendo totalmente el lugar.

Después presidí la misa bajo unos árboles, en memoria de aquellas ordenaciones sacerdotales, que fueron un triunfo moral de una Iglesia perseguida, a cuya cabeza estaba el obispo Navarrete, quien como pastor mostró fortaleza y valentía evangélicas.

Terminada la excursión, volvimos al Rincón de Guadalupe con una sensación de paz y alegría.

aarmenta@libero.it
* El padre Armenta es cronista de
la Arquidiócesis de Hermosillo.

05Ago/15

La pascua del padre Félix Palencia (1939- 2015)

Entre Tacubaya y el Cerro de la Campana

En la tarde del sábado 18 de julio del año en curso falleció el sacerdote jesuita José Félix Palencia Gómez, en su domicilio de la calle Bavispe 66, en el barrio del Cerro de la Campana, después de ejercer su ministerio sacerdotal por cerca de 15 años de en esta ciudad. Su cuerpo sin vida fue descubierto hasta el martes 21 hacia la media mañana. Su muerte natural quizá tuvo relación con una enfermedad cardiaca que padecía.

Hacía apenas 10 días que había regresado de la ciudad de México, en donde había nacido el 11 de abril de 1939, en el barrio de Tacubaya. La tarde del sábado había platicado con su amigo el arquitecto Santiago Armenta, quien me comentó que estaba contento.

Sus hermanos Magdalena, Dolores y Javier viajaron desde la capital del país para acompañar los funerales. Después de la cremación, la misa exequial, presidida por el arzobispo Ulises Macías Salcedo, fue en la Catedral de Hermosillo a las 7 pm del miércoles 22. Con la asistencia de numerosos fieles que conocieron  y convivieron con el padre Félix, concelebramos  cinco sacerdotes, uno de los cuales, el jesuita Jorge Ochoa, originario de Hermosillo, predicó la homilía, por invitación de don Ulises.

Jorge, quien radica en Guadalajara, dio algunos datos biográficos de la vida y trayectoria religiosa del padre Palencia. Ingresó a la Compañía de Jesús en marzo de 1957 y fue ordenado sacerdote el 16 de agosto de 1969. Fue profesor de filosofía en el Seminario de Montezuma, Nuevo México, en donde acompañó a seminarista de diversas regiones de México, entre ellos a algunos de la diócesis de Obregón, Sonora.

En la ciudad de Chihuahua ejerció su ministerio trabajando como obrero en una fundidora, para estar con los trabajadores. En Netzahualcóyotl hizo trabajos manuales como la  plomería. Fue en 1980 cuando inició el apostolado con los presos de diversas penitenciarías como las Islas Marías, Tijuana y Hermosillo.

En base al evangelio de  Juan 20, 1. 11-18, que se lee en la fiesta de Santa María Magdalena, el padre Jorge consideró que el padre Félix murió como vivió: como un pobre, como un seguidor de Jesucristo.  “Dormido despertó a la vida del Padre en el cielo”. Ochoa compartió que “Félix sabía reconocer a Jesucristo en los más pobres”, por lo que “quiso vivir como pobre como su amado Jesús, a quien había visto en los presos y trabajadores”.

Además fue un religioso que, desde su experiencia de la misericordia de Jesucristo, “comprendió  y perdonó incondicionalmente” a los pecadores, por lo que “en la confesión decía: ¿Tú te das cuenta que eres una persona buena?”.

Don Ulises, quien ese día había llegado del período de vacaciones y de la peregrinación a la Basílica de Guadalupe, compartió que las palabras del padre Ochoa sobre Félix invitan a aprender a “ser buenos hermanos, a hablar de todos bien a pesar de los lunares (debilidades)”.

Señaló que algunas gentes le preguntaban quién era el padre Félix, el cual ejercía su ministerio de una manera peculiar y en la discreción. “Fue un regalo de Dios que pasó por nuestra Iglesia de manera escondida y callada; y así fue su muerte para despertar en el Señor”, señaló. Agregó que “encontró a Jesús en la gente pobre, como el padre Lance Bliven”, estadounidense fallecido en 2003,  quien acompañó especialmente a los niños en condición vulnerable. Alguna vez le comentó Félix: “No sé hacer muchas cosas de la pastoral con los presos. Lo que hago es escucharlos”.

Además señaló que el padre Palencia era obediente y gustaba de estar en Hermosillo. Al final de la celebración el afecto por la persona del jesuita, el único que habitó en Sonora durante algunos años, se manifestó con un aplauso de la asamblea. Las cenizas del religioso reposarán en la parroquia de San Ignacio, en la colonia Polanco, en la ciudad de México.

 

EFEMERIDES

 

 

22Jul/15

Nuevas instalaciones del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Hermosillo

 

Un lugar de la memoria diocesana

Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

El pasado viernes 3 de julio, al filo de las 11:30 horas, el padre Eduardo Contreras Corte, vicario general de la Arquidiócesis, visitó las nuevas instalaciones del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Hermosillo (AHAH), ‘Pbro. Cruz Acuña Gálvez’, ubicadas en Tehuantepec 66 A, colonia Centenario, junto a la Librería Catedral.

Entre el invierno y el verano de este año se realizó la labor de adecuación de construcción del archivo en lo que fueron las instalaciones del Secretariado de Evangelización y Catequesis (Sedec).

El  26 de junio, antes de partir a sus vacaciones, el arzobispo Ulises Macías, visitó las instalaciones, nos saludó y agradeció a las archivistas Brenda López y Julieta Gastélum la labor que realizan. Al preguntarle por la sensación que experimentaba al estar en ese lugar, don Ulises me respondió: “Bonito. Siento bonito de estar aportando un granito de arena a este lugar que está bien organizado”.

En efecto, el Arzobispo, desde el año 2005, alentó el inicio de la organización en un convenio con el archivo histórico de la Universidad de Sonora. En ese proceso, en el cual ha habido avances significativos, don Ulises tuvo a bien nombrarme encargado diocesano del archivo histórico desde noviembre de 2006.

En el día de la visita del padre Contreras se cumplía exactamente un mes del inicio de las labores en el nuevo lugar. Las anteriores instalaciones estaban en el tercer piso del edificio de la curia diocesana en el ala sur de Catedral. En ese “cumple mes”, conduje al padre Eduardo por los espacios del nuevo archivo: la sala de consulta para los investigadores, el área de trabajo, el depósito de la documentación y el cubículo del encargado.

En el depósito estaban las archivistas haciendo labor de limpieza de documentos fotográficos. Después del saludo y la presentación, el padre Eduardo les agradeció, en nombre de la curia diocesana, a la cual está ligado el archivo histórico, su labor, hecha quizá en el silencio y en el anonimato, pero de vital importancia para la vida eclesial, y les alentó a continuar con ese trabajo para la organización, preservación y divulgación de documentos que guardan parte de la memoria histórica de la vida y labor de la Iglesia en Sonora.

 

La enseñanza del archivo

La experiencia en el archivo me ha brindado la oportunidad de, por medio del trabajo de investigación histórica, con la colaboración del personal, tener contacto con documentación que es fuente de conocimiento de la historia de la Iglesia local, con lo cual se valora el patrimonio espiritual y cultural que se ha gestado desde la fe cristiana expresada en la evangelización.  Además ha sido un lugar de encuentro con investigadores y cronistas provenientes de diversas instituciones y a manera personal, del estado de Sonora, de otras entidades y del extranjero. En las clases de historia de la Iglesia que acompaño en el Seminario Mayor procuro llevar a los seminaristas a conocer el archivo y algunos documentos, con el objeto de que crezcan en sensibilidad y conciencia de la importancia del cuidado de los archivos parroquiales en su futuro ministerio sacerdotal.

 

El magisterio eclesial sobre los archivos

El documento La función pastoral de los archivos, de la Pontificia Comisión para los bienes culturales de la Iglesia, de febrero de 1997, se refiere a los archivos eclesiásticos como “los lugares de la memoria eclesial para conservar y transmitir, para reavivar y valorizar, porque representan el ligamen con el patrimonio de la comunidad cristiana”.

Respecto a  la transmisión del patrimonio documental como instrumento pastoral señala: “La memoria histórica es parte integrante de la vida de cada comunidad y el conocimiento de todo aquello que testimonia la sucesión de las generaciones, su saber, su actuar, crea un régimen de continuidad. Por lo tanto, con su patrimonio documentario, conocido y comunicado, los archivos se pueden convertir en útiles instrumentos para una iluminada acción pastoral, porque a través de la memoria de los hechos se concretiza la tradición”.

aarmenta@libero.it
* El padre Armenta es cronista de
la Arquidiócesis de Hermosillo.

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01Jul/15

Recuerdos del padre Ramón Trujillo

Removiendo experiencias entrañables

 Por Pbro. Armando Armenta Montaño*

En este semanario escribí recientemente un artículo referente a algunos recuerdos personales y de otras personas sobre el padre Ramón Trujillo Moreno, fallecido el 1 de junio de 2015 en esta capital. Lo publiqué en el espacio de Facebook con la idea de que se divulgara entre personas que lo conocieron o entre quienes no. Hubo algunos comentarios en los que se expresaron anécdotas, vivencias y sentimientos con y para la persona y el ministerio sacerdotal del padre Trujillo.

Leyendo las expresiones escritas, reflexioné que los recuerdos de las vivencias, acciones y la sabiduría de las personas, grupos y comunidades están en la memoria colectiva y personal de quienes experimentaron esa convivencia cotidiana que dio sentido y humanizó la vida.

Recordé lo que nos dijo en mayo de 2014 el filósofo cubano Raúl Fornet Betancourt, profesor de la Universidad de Aachen, Alemania, cuando impartió unas conferencias a alumnos y maestros del Seminario Mayor de Hermosillo: “La memoria hay que entenderla como la recuperación narrativa de nuestra propia biografía cultural. Es necesario recuperar los relatos de las personas y comunidades, rescatar la memoria del cotidiano. Ahí se decide la vitalidad de la memoria. Es necesario tradicionar (transmitir) la memoria. El rescate de la memoria se puede hacer desde la vindicación con el trabajo social. La filosofía latinoamericana debe recuperar la sabiduría popular, indígena, afroamericana como sujetos”.

Los comentarios que compartiré me hicieron conocer más al padre Trujillo y son una invitación a tratar de rescatar, en un trabajo en equipo, los relatos de laicos y sacerdotes para ir conociendo la historia de las comunidades de la Iglesia local.

Aurora Armenta, mi hermana mayor, evocó su participación en la misión de La Colorada, hacia 1975: “Un retrato bien logrado del P. Trujillo, misionero, hombre de Dios, cuyas principales cualidades eran su optimismo, alegría y pasión con las que atendía a sus feligreses, quienes lo consideraban, además de pastor, un gran amigo. Conversador incansable, siempre con amenas charlas, nos tocó acompañarlo a los pueblos al lado de la maestra Toñita, de nuestra hermana Sylvia, nuestras amigas Laura Maytorena y Honora Vargas, que se nos adelantaron en el camino que todos hemos de recorrer. Gracias, hermano, por dar honor a quien honor merece y por remover estas experiencias tan entrañables de nuestra juventud. ¡QEPD padre Trujillo!”.

Mónica Encinas escribió: “Gracias por compartir su historia Armando. Fue el Sacerdote de mi infancia en el Tiro al Blanco”. Por su parte, Monchy Higuera comentó: “Un sacerdote muy querido aquí en Cananea”.

Carmelita Miranda, que fue vecina del Centro del Señor de los milagros en el Tiro al Blanco, recordó: “Un gran amigo y guía espiritual en los caminos de fe y esperanza es lo que a mí en lo personal alimentó este hombre sencillo y enamorado de su sacerdocio, mismo que lo volvía antes de cada Santa Misa, compartiéndonos su devocionario a la Sagrada Eucaristía (él decía que era “la camisa de la Misa”). Gracias, Padre Santo, por todo lo que nos diste a través de este siervo tuyo: P. Ramón Trujillo. ¡Gracias Armando por esta historia de vida que nos hace volver a Dios! Saludos”.

Montserrat Rembao, también de la comunidad de Los Milagros, evocó: “Un gran maestro a quien debo mis primeras bases en la vida y que parte de ellas formaron lo que hoy soy. Un beso y un abrazo hasta el cielo padre mío. Gracias por dejar parte de tu vida en la mía. Siempre te recordaré”.

Mónica Ocaño expresó al padre Ramón: “Hasta pronto, mi amado padre. Estarás siempre, siempre en mi corazón y sé que desde el cielo tendré siempre tu bendición”. Ana Bertha Ocaño compartió su vivencia: “Mi padre, mi guía, mi confesor, mi cómplice. Te conocí desde los 15 años, casi una niña, y desde entonces quise seguirte, fui como tu chicle hasta que me casaste con el mejor hombre del mundo, bautizaste a mis hijas. Pero el tiempo no borra ni borrará nunca de mi corazón el legado de amor y humildad que me quedó de ti.  Te amo mi padre Trujillo”.

aarmenta@libero.it

* El padre Armenta es cronista de
la Arquidiócesis de Hermosillo.

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