Archivos de la categoría: Construyendo

15Ago/16

Perpetuar el pueblo de Dios

Matrimonio, afinidad, cosmovisión…

 

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

En el libro del Génesis, Sara ‘la estéril’, esposa de Abraham, espera un hijo. Esta historia es de gran importancia en la historia de la Salvación. El hijo que vendrá será llamado Isaac, se convertirá en padre de Jacob de donde surgirá el pueblo de  Israel.

Isaac es fruto de la promesa que Dios estableció con Abraham, por este designio sus descendientes poseían este bien para sí. Por lo tanto, la esposa de Isaac, tenía que ser esa mujer que perpetuara la promesa educando a sus hijos en la fe.

Por esta causa, Abraham encomienda a su siervo para que buscase mujer idónea para Isaac: “y júrame por Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás para mi hijo una mujer cananea, pues vivo en medio de éstos, sino que irás a mi país, a buscar entre mi parentela una mujer para mi hijo Isaac” (Gen. 24:3, 4). Los cananeos eran politeístas y Abraham monoteísta. Aunque en el contexto la religión es primitiva, el mensaje es sencillo; no debe mezclarse la fe y el culto de Abraham con los cultos que ofrecen los pueblos a deidades ajenas.

El pueblo católico tiene varias promesas, no sólo la promesa de recibir la Vida Eterna al guardar los mandamientos de Jesús, sino también, la promesa que recibió San Pedro (S. Mateo 16:18), sin olvidar, que somos descendientes espirituales del Padre por el Espíritu Santo y de la Virgen María (Apocalipsis 12:17).

En los primeros capítulos del Génesis encontramos dos relatos de la creación del ser humano. El primero señala: “Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y mujer los creó” (Gen. 1:27). En el primer relato ambos géneros son creados como iguales. El segundo relato tiene connotaciones conyugales: “Entonces Yahvé hizo caer en un profundo sueño al hombre y éste se durmió. Le sacó una de sus costillas y rellenó el hueco con carne. De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: ‘Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona porque del varón ha sido tomada’. Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne” (Gen. 2:21-24).

El mensaje es sencillo y es profundo… es conveniente contraer matrimonio con aquella persona semejante a ti – no solo en gustos o afinidades – , sino afín a la propia cosmovisión. En el acto conyugal se comparten los cuerpos, pero es necesario compartir lo más íntimo y oculto; ¡la fe!, de tal suerte que podamos decir “esta si es hueso de mis huesos”. ¿Podremos hacer vida con alguien que constantemente cuestiona nuestra la fe o reniega de ella? ¿Cómo podremos formar la fe en nuestros hijos cuando el cónyuge se opone?… es una labor para los santos.

Para los solteros mencionaré; Adán se encontraba sólo, Dios lo hizo entrar en un sueño para sacar de su costilla a su mujer. Que los hombres de fe no dejen de soñar, Dios puede sacar una pareja de nuestra costilla para perpetuar el pueblo de Dios.

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20Abr/16

Comulgar sin confesarse

La Iglesia sostiene que después del Bautismo no es posible obtener el perdón de los pecados mortales sin la confesión sacerdotal.

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

“Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía’. De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía’. Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva. Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación”, (1era de Corintios 11:23-29).

Debo compartir una anécdota; acudí a una Misa particular celebrada en una casa. Ahí se repartió la comunión entre todos los asistentes, tuve la copa en mis manos y todos comieron de la Eucaristía menos yo. Una amiga comentó que no es necesario confesarse antes de cada Eucaristía, así lo había aprendido de un sacerdote, sin embargo, yo sabía que mis pecados requerían confesión sacerdotal, por eso me abstuve, aunque pude haberlo hecho.

Un sacerdote joven, al ver que no estaba dispuesto a comulgar, se acerco a mí y sin escuchar mi confesión, puso su mano sobre mi cabeza y proclamó; “te absuelvo de todos tus pecados…”, pregunté: “¿Por qué no escucha mi confesión?”, lo entendió, nos apartamos del grupo para estar a solas y me confesé.

No es necesario confesarse “cada vez” que se va a comulgar, pero no nos confundamos, eso no significa que la confesión no sea necesaria para la comunión, específicamente si estamos en pecado grave. No todos los pecados son ofensas del mismo grado, hay pecados veniales, ofensas que no rompen nuestra amistad con Dios pero si la afectan. Hay pecados mortales, aquellos que provocan la muerte espiritual en nosotros.

La persona que por su propia voluntad desea fornicar, robar, matar o cometer otro pecado grave, ya ha ofendido seriamente a Dios al escoger interiormente lo que Dios ha prohibido (para nuestro bien), ha caído en pecado mortal al cometer estos actos y necesita la confesión para poder comulgar.

Por otra parte, no todos los pecados requieren la confesión sacerdotal, aunque todos los pecados requieren arrepentimiento. Hay una confesión comunitaria al iniciar cada Misa; “Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos, que intercedan por mí ante Dios, Nuestro Señor. Amén”, podríamos decir que en este acto recibimos la absolución de nuestros pecados veniales.

La Iglesia sostiene que después del Bautismo no es posible obtener el perdón de los pecados mortales sin la confesión sacerdotal, aunque es posible anticipar el perdón con la contrición perfecta acompañada del propósito de confesarse.

Hay quienes creen y permiten que alguien comulgue primero y después se confiese, en lo personal, esta idea no me gusta por mi debilidad, supongamos; yo postergo la confesión porque me da vergüenza decir mis pecados al sacerdote, esa vergüenza no se irá, lo más seguro es que después de la Eucaristía, caiga en la tentación de postergar la confesión porque sigo cargando con la vergüenza. Para no caer en el pecado de sacrilegio prefiero confesarme primero y comulgar después.

Los versos de la carta a los Corintios hacen mucho eco en mí, no perdamos la oportunidad y la alegría de acudir a la confesión, porque en verdad hay alegría en el cielo y en la tierra, cuando el sacerdote proclama sobre nosotros; “te absuelvo en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

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16Mar/16

¿Caridad o santidad?

¿Cuál de las dos será más importante para heredar el Reino de los Cielos?

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

 “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo’… ‘Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui extranjero, y me recibieron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y vinieron a mí’. Entonces los justos responderán; ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?, ¿cuándo te vimos como extranjero y te recibimos, o desnudo y te vestimos?, ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a ti? ’. El Rey responderá; ‘en verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicieron…’”, (San Mateo 25, 34-40).

La caridad tiene promesa de vida eterna, pero si la caridad nos puede llevar al cielo, ¿qué sentido tiene buscar la santidad? ¿Qué sentido tendría dejar; la borrachera, las drogas, la pornografía, la unión libre, el adulterio o la homosexualidad, si por las obras de piedad puedo entrar al cielo como señaló San Mateo?

¿Caridad o santidad? ¿Cuál de las dos será más importante para heredar el Reino de los Cielos? La piedad puede llevarnos al cielo, es verdad, pero, ¿habrá algún santo que no sea piadoso? En cambio, muchos hombres piadosos no buscan la santidad. La santidad es la condición del ser humano que busca a Dios y se prepara para vivir en gracia, este no permanece en pecado, se retracta de él.

Un principio fundamental de la vida cristiana es que ningún ser humano podrá heredar el Reino de los Cielos solo por sus obras. San Pablo lo definió muy bien al expresar: “Yo no anulo la gracia de Dios: si Dios nos considera justos por cumplir la ley, Cristo ha muerto inútilmente” (Gálatas 2,21). La imperfección humana nos impide el acceso al Reino de Dios, no hay hombre alguno que pueda cumplir la totalidad de los mandamientos, todos estamos incompletos, fallamos en algo; algunos mienten, otros tienen envidia, otros aman el dinero, etc. La obra de Cristo nos justifica ante Dios por medio de la gracia. Sin gracia el ser humano no puede entrar al reino de Dios. La gracia se recibe buscando a Dios, acudiendo a los sacramentos, haciendo oración, purificando nuestro cuerpo como templo del Espíritu Santo, estas acciones despiertan la piedad en nosotros en el afecto de Cristo. La gracia es un regalo de Dios que beneficia, no perjudica. La persona que prefiere vivir en pecado, antes que recibir la gracia, es quizá porque no la ha experimentado aun en plenitud, es como querer disfrutar “un amanecer con los ojos cerrados”, ¡es imposible!

Para vislumbrar la gracia en nosotros es necesario abandonar el pecado, entregar nuestras pasiones para que el Espíritu Santo reviva en nosotros.

Por ignorancia podríamos fiarnos de la caridad y creer que no es necesario santificarse para entrar al cielo, contentándonos en los vicios e inmoralidades. Esto es un error, San Pablo enseñó que la piedad puede convertirse en un acto vano si no conlleva amor; “Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada” (1era de Corintios 13,3).

Para concluir, el autor de la carta a los hebreos escribe; “Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Cap. 12, v. 14). Sin santidad nadie podrá entrar al cielo porque el cielo de Dios es la santidad, y no hay santo que no sea piadoso.

 

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10Mar/16

2do matrimonio, la comunión y la alianza

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

            Tras la reciente visita del Papa Francisco a México, se tocó el tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar. Si bien, Francisco ha luchado por reformar la Iglesia para agilizar el proceso de nulidad, esto no significa “dar facilidades para el divorcio”. Las reglas canonícas para anular el Sacramento del Matrimonio son inamovibles. El deseo del Papa es reformar el proceso y la forma, no los estatutos, eso sería promover el pecado.

Considero que cada día son más las voces que se suman a la postura de “dar la comunión a los divorciados vueltos a casar”, que las voces que exigen al Papa una encíclica para reparar un matrimonio. Entiendo que estos reclamos son fruto de los malos tiempos, la cultura del divorcio promueve el desapego y la comodidad individual. Se pone en evidencia la pérdida de la espiritualidad y la palabra empeñada.

La reflexión de hoy, expresa desde el significado de la alianza, porqué no es posible dar la Eucaristía a una persona que ha deshecho su matrimonio para iniciar otro.

En la historia de nuestra fe, las alianzas con Dios están establecidas por medio de la sangre; desde que Abraham ofreció a su hijo Isaac en sacrificio y Dios otorgó un cordero para librarlo al encontrar aprobada la fe de Abraham, también, cuando Moisés tomó el libro del pacto, expresó los estatutos ante el pueblo y este aceptó en seguirlos, roció la sangre del sacrificio y la alianza se estableció (Éxodo 24:7,8), a su vez, cuando Cristo instituyó la Eucaristía ofreciéndose Él mismo en sacrificio por nuestros pecados.

El vínculo matrimonial es una alianza que se establece con Dios, en este punto, los novios son ministros de esa alianza y acuden de libre voluntad para elevar su unión. No olvidemos que el sacrificio de Cristo es aquello que da justificación a todos los sacramentos de la Iglesia. Las Sagradas Escrituras establecen; “Jesús, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios…” (Hebreos 10,12). Cada vez que comemos una Eucaristía, en realidad, participamos de un mismo Cuerpo ofrecido en sacrificio, no hay otro. Su sangre da soporte a los sacramentos de la Iglesia, incluyendo al matrimonio. De tal forma, una persona que contrae matrimonio por la Iglesia y come de la Eucaristía, vincula su unión marital con la sangre de Cristo, y está no debe ser usada para justificar dos matrimonios, porque al hacer una alianza conyugal la primera vez se invalida cualquier otra que pueda darse en el futuro (a menos, claro está, que la primera unión haya sido nula, es decir invalida). Cristo se refiere al matrimonio; “los dos serán una sola carne, ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe…” (San Marcos 10,8-9). La misma sangre ofrecida para establecer un pacto de matrimonio, no puede ofrecerse de nuevo a solicitud de alguno para justificar una nueva unión.

Espero que comprendamos la grandeza de este pacto, el matrimonio es pilar fundamental de la estructura social, es el llamado que dos personas tienen para unirse, amarse y aceptarse a lo largo del tiempo. Me gustan las palabras de San Pablo que exhortan; “maridos, amen a sus esposas como Cristo amo a su Iglesia y dio su vida por ella…” (Efesios 5,25). Amar no es cosa fácil. Hagamos del matrimonio ese sacramento, o sea, un momento sacro que sea alimentado día con día para perdurar hasta la muerte. El matrimonio es un ejercicio de tolerancia, aceptación y compañía.

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01Mar/16

La autoridad apostólica

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

 “Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Jesucristo, nos mostramos amables con vosotros, como una madre cuida con cariño de sus hijos. De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos”. (1era de Tesalonicenses 2,7-8).

Con la reciente visita del Papa Francisco a nuestro país, no faltaron las acusaciones de las sectas hacia la estructura eclesial de la Iglesia Católica. Algunos ponen en duda la sucesión apostólica de los católicos afirmando que es un mito, sin embargo, pocos conocen la sucesión apostólica que posee la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén en el apóstol Santiago o la Iglesia de Constantinopla en el apóstol Andrés. Afirman que la Biblia es la única fuente de autoridad cristiana, irónicamente, la Biblia es interpretada por mormones y testigos de Jehová sin ser cristianos, o sea, ¿la Biblia es fuente de autoridad para el cristianismo, y a su vez, es autoridad para otras religiones que no son cristianas? Absurdo, es obvio que hay hombres interpretando textos a su antojo.

En Tesalonicenses, San Pablo es tajante; “aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Jesucristo, nos mostramos amables…”. El mismo verso, en la versión Reina Valera (Biblia usada por grupos evangélicos), omite la palabra “apóstoles” y utiliza: “antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos…”. Entonces, ¿los evangélicos borraron “apóstoles” o los católicos lo añadimos?

La Biblia debe leerse en su totalidad y no por fragmentos aislados. Para justificar el tema haré referencia a la historia de la salvación. El Mesías vino al pueblo de Israel, impartió su cátedra solo entre los judíos. En ningún evangelio encontramos que Jesús prohibiera prácticas judías como la circuncisión o usar filacteria para orar. No hay indicios de que Cristo se opusiera a estas prácticas judías solicitadas en los libros del Antiguo Testamento. Ninguna secta que presuma ser “fiel a la Palabra de Jesús” se jacta de poseer tales prácticas. La abolición de estas prácticas vino tras el Concilio de Jerusalén celebrado por los apóstoles, como narra Hechos cap. 15, solo por ello, la circuncisión y otras prácticas se consideran judías, no obligadas para cristianos aunque estén en la Biblia. Los apóstoles las prohibieron.

Haciendo uso de la versión Reina Valera para dar el beneficio de la duda, San Pablo en la carta a los efesios afirma que los apóstoles están para no errar en la fe; “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error…”(cap. 4, v. 11-14).

También, en 1era de corintios señala; “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros,…” (Cap. 12, v. 27,28).

Las sectas no reconocen autoridad terrena alguna, solo la Biblia, su arrogancia los lleva a dividirse entre ellos. Les comparto una anécdota, en una ocasión hablando de este tema con un sectario, y al mostrarle bíblicamente lo claro que es la autoridad apostólica, tratando de justificarse me preguntó: “Entonces, ¿cuál es la verdadera religión?”, esto lo hizo por el verso de Santiago donde se establece que la verdadera religión es practicar la piedad y buscar la santidad (cap. 1, v. 27), y eso respondí, pero después pregunte; “¿el sectarismo es un pecado o es un don de Dios?”, aunque divagó con argumentos y no respondió, creo que la pregunta es muy clara.

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20Feb/16

Tres personas distintas y un mismo Dios verdadero

El amor se manifiesta al compartirse: El modelo de la Trinidad en la vida de fe

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

Aunque el título de la reflexión podría asociarse a la Trinidad, en realidad no es el tema a tratar. Sin embargo, vale la pena compartir una emoción sobre la Trinidad antes de entrar al tema; sabemos que Dios es amor, así lo enseñaron los apóstoles. El amor se manifiesta al compartirse, el amor no puede ser sin compartir porque el amor no es egoísmo. Dios comparte la vida con nosotros, comparte su afecto con lo creado… pero, ¿con quién compartía Dios antes de todo lo creado? ¿Cómo decir que Dios es amor si antes de todas las cosas no había creatura que recibiera su amor?

Antes de toda la creación, Dios también compartía porque Dios era y es amor. Él era el amor que se compartía, antes de todo lo creado, entre tres personas distintas que eran mismo amor, mismo Dios.

Dejando atrás el comentario anterior y entrando a la reflexión de esta semana, titulada: “tres personas distintas y un mismo Dios verdadero”, comento que el título de hoy, en lo personal, inspira las maneras en que tres familiares vivimos la fe y la labor dentro de la Iglesia.

De inicio, podría decir que fuimos una familia “atea de tradición católica”, pues celebrábamos Navidad con los abuelos y Semana Santa. Mis padres, en su juventud, estuvieron influenciados por el pensamiento de izquierda socialista, donde se respira un aire anticlerical, ese sentimiento fue transmitido a nosotros, los hijos. De niño, mi padre me enseñó: “la religión es el opio del pueblo…”, crecí con la idea de que el credo era una estructura ideológica basada en supersticiones, una droga que enajenaba al individuo infundiéndole temor para dominarlo.

En la adolescencia, la religión me parecía una estructura arcaica sin razón. Hoy entiendo que la religión no es el opio, sino que, el fanatismo es el opio del pueblo. Hay fanatismo religioso, político, racial e ideológico, que divide a las personas, aniquilando el afecto entre los seres humanos.

En la familia, la conversión nos fue alcanzando poco a poco de distintas formas; primero mi madre, a raíz de la enfermedad de una de mis hermanas; después yo, tras terminar la Universidad y encontrarme sin una guía para alimentar mi vida interior; por último mi padre, un Saulo que laceraba con sus palabras y se encontró libre, en sintonía con el Dios que lo amó.

Los tres somos personas totalmente distintas y participamos en algún apostolado distinto. Mi madre se ocupa en asuntos de la Vela Perpetua, el Sagrario, el templo y la oración. Mi padre se enroló en labores y proyectos de Pastoral Social. A mí me gusta la reflexión, la confrontación de ideas en defensa de la Iglesia. Ninguno compite con el otro, al contrario, creo que sumados a los demás, complementando las labores de la Iglesia. Los tres vivimos la misma religión desde una labor distinta, y estoy seguro que los tres experimentamos la conversión de modo distinto. De seguro, Dios aprovechó nuestra necesidad espiritual para manifestarse y proveer lo que cada uno buscaba.

Creo que la Iglesia es como un árbol grande que tiene muchísimas ramas, y este árbol puede apreciarse de modo distinto en cada estación del año o lucir distinto según la luz del día o los ojos de quien lo ven. No importa qué clase de aves o creaturas se acerquen a este árbol, siempre habrá beneficios, ¿qué criatura no se conforta a la sombra de un árbol o que ave se negará hacer nido en las ramas de un árbol?

La Iglesia como un árbol tiene ramificaciones, muchas vertientes, apostolados donde cada individuo puede desarrollarse como persona. Si bien, Dios es la raíz y el agua que nutre todo el árbol, el mismo Dios puede ser vivido de modo distinto por cada ser humano, así como el agua se disfruta dependiendo de la sequedad.

Para terminar, Dios quiere que seamos una réplica de su Hijo Jesús, pero recordemos que también Cristo refleja al Padre y es distinto que Él. Por lo tanto, la Trinidad, reconocerá en nosotros esa cualidad; “ser persona única” y nos comparte la santidad, para vivir con Ellos, el infinito amor que existió desde antes de todo lo creado.

 

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09Feb/16

Jesús y la Iglesia Católica

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

 A mediados de enero visité la ciudad de Guadalajara, ahí adquirí el libro titulado “La Iglesia Católica”, un breve ensayo que describe la historia de nuestra Iglesia. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que el autor, un reconocido teólogo católico, nombrado perito en el Concilio Vaticano II, le fue retirada su licencia para enseñar teología católica. No citaré el nombre del autor, pero en tal libro se cuestiona; si Jesús fundó la Iglesia Católica como la conocemos y si debía asociarse a una monarquía. Aunque el autor intenta hacer una crítica constructiva hacia la Iglesia, a mi modo de ver, sus argumentos provocan más dudas que respuestas, esto genera confusión y apostasía. Por esto, hare cita de lo dicho por Jesús; “Y cualquiera que hace tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgara al cuello una piedra de molino de asno, y que se le anegara en lo profundo del mar…” (S. Mateo 18:6). Ser formador en la fe es un asunto serio.

Volviendo a los dos cuestionamientos; ¿Jesús fundó una Iglesia Católica como la que hoy conocemos?, la respuesta es no, pero eso no significa que Cristo se oponga a la Iglesia, al contrario, la sostiene. La respuesta es simple y no debe asustar a nadie, solo hagamos un paralelo entre el pueblo de Israel y la Iglesia; antiguo y nuevo testamento.

Pocos saben que existe una diferencia entre “hebreo, Israelita y judío”. Aunque en los tres conceptos se reconoce la alianza de Dios con Abraham y son el mismo pueblo, cada uno surgió por un periodo distinto. Cuando se refiere a “hebreos”, es el periodo anterior a Moisés, antes del pacto en el Sinaí y los diez mandamientos. Cuando se refiere a “Israelitas” es un periodo posterior a Moisés, con un sacerdocio más estructurado; leyes, templo y culto. En cambio, cuando se habla de judíos, es el periodo posterior a la división de las tribus de Israel, donde la fe primordial de los Israelitas es la promesa establecida sobre la tribu de Judá, de ahí el nombre: “judíos”. Entonces, los judíos surgieron de una transformación, de una lucha por preservar la fe a lo largo de los siglos, lo mismo sucede con la Iglesia. La estructura de un Cristo y doce apóstoles funcionó en Jerusalén, pero cuando la fe se expande hacia otros pueblos o en la historia nacen nuevos regímenes e ideologías, el compartir la fe apostólica implica un nuevo reto, la Iglesia debe regenerarse para seguir siendo el depósito de la Verdad. Los retos del siglo I difieren de los retos actuales y de los futuros. La Iglesia debe tener la libertad para proclamar el evangelio y organizarse según la solicitud de los tiempos.

El segundo cuestionamiento es; ¿la Iglesia que Jesús estableció debía asociarse a una monarquía? Desde nuestro contexto puede resultar injusto asociar a la Iglesia con los reyes, los jerarcas o los señores feudales, pero desde el punto de vista antiguo, había pocas referencias para estructurar un Estado fuera de la teocracia, y más, si afirmamos: Jesús es rey. Este modo de gobierno estuvo arraigado en las sociedades antiguas, podemos apreciarlo desde el antiguo testamento en el reinado de Saúl, David, Salomón donde el sacerdocio tuvo un papel primordial en las decisiones de Estado y proclamación de los reyes. El cristianismo ortodoxo oriental, en el imperio bizantino, se vivió algo similar, incluso, en occidente, fuera de la Iglesia Católica, los países protestantes que rompieron con el Vaticano, adoptaron el esquema teocrático. Para ejemplos: el Rey Enrique VIII declaró a la corona de Inglaterra como “la cabeza única de la Iglesia Anglicana de Inglaterra”.

Sin duda, al hacer un recuento en la historia de la Iglesia Católica encontraremos episodios dolorosos bajo nuestra óptica y contexto, pero considerando a la Iglesia como el cuerpo de Cristo, mirémoslo también como ese cuerpo lacerado clavado en una cruz. Podemos apartarnos de él o unirnos en gracia hasta entregar el espíritu.

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02Feb/16

El becerro de oro

Un amuleto que no exigía gran cosa

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

Éxodo 32:1-7 “Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, la gente se congregó alrededor de Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos un dios que vaya delante de nosotros; en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos que le haya acontecido. Y Aarón les dijo: Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo se quitó los pendientes de oro que tenían en las orejas y los llevaron a Aarón. Y él los tomó de sus manos y les dio forma con buril, e hizo de ellos un becerro de fundición. Y ellos dijeron: Este es tu dios, Israel, que te ha sacado de la tierra de Egipto. Cuando Aarón vio esto, edificó un altar delante del becerro. Y Aarón hizo una proclamación diciendo: Mañana será fiesta para el Señor. Y al día siguiente se levantaron temprano y ofrecieron holocaustos y trajeron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a regocijarse. Entonces el Señor habló a Moisés: Desciende pronto, porque tu pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto, se ha corrompido”.

En este pasaje del éxodo Moisés había subido al monte Sinaí para recibir los diez mandamientos. Como leemos, el pueblo perdió noción de Moisés y se desesperó, pero al tener el amparo del becerro de oro, un ídolo creado por ellos mismos, se regocijo y se inició un festín y borrachera. El pueblo había sido liberado de la esclavitud de Egipto. La mitología egipcia se refiere a la deidad “Apis” como un bovino que se asociaba a la prosperidad del ganado, quizá este fue el ídolo que edificaron los israelitas. Si leemos los símbolos en el “becerro de oro”, el oro es uno de los elementos más apreciados a lo largo de la historia, es símbolo de fortuna, el bovino es fertilidad, alimento. Este icono elevado a deidad, represento tras la liberación de la esclavitud, todos los deseos israelitas; fertilidad y abundancia, que en el fondo es el anheló de todo individuo; una vida resuelta y sin mortificaciones. “Apis” era un amuleto que no exigía gran cosa, solo un culto.

En la sociedad actual muchos bautizados han hecho del “cordero de Dios”, un “cordero de oro”, esto sería como un Jesús sin cruz, ósea, un Dios sin mandamientos, una deidad que está para el gran festín de navidad o semana santa; “el pueblo se sentó a comer y a beber…”, un Dios al cual podemos acudir para que resuelva nuestras mortificaciones, un Dios que se queda en el culto y no en nuestra vida.

Conozco muchísimas personas que aman a Dios, y que simbólicamente han cubierto a Cristo de oro y no de espinas, han puesto en Él aquello que les gusta y les deleita; sus ambiciones y necedades, y han quitado de Él aquellas espinas que nos duelen; los mandamientos y la obediencia. Hicieron un Jesús a su conveniencia, y no quieren soportar si quiera el mínimo malestar de la cruz, dicen; “que sea lo que Dios quiera…” y terminan haciendo lo que ellos quieren, olvidando los mandamientos de Dios.

Para conocer al Cristo de la cruz es necesario estudiar los evangelios, saber que Dios es un padre amoroso que desea educarnos y que espera de nosotros un esfuerzo para seguir su enseñanza. Las palabras de Jesús en ocasiones nos duelen como clavos en la piel, pero si no asesinamos el mal que está en nosotros será imposible resucitar.

 

arqtorrero@gmail.com

 

13Ene/16

Dios y los paganos

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

Existe de parte de algunos bautizados, sectarios, cierta paranoia hacia todo aquello que provenga de origen pagano. Sus argumentos propagan la duda hacia fiestas celebradas por la Iglesia, esto divide a los creyentes. Cuando la Iglesia ha santificado algo, no debemos sentir temor. A continuación mostraré cómo Dios ha usado a los paganos para su Proyecto.

El pensamiento monoteísta es herencia de Abram, el fue llamado por Dios estando en Ur de los Caldeos. Los familiares de Abram eran paganos. La tradición judía afirma que el padre de Abram poseía una tienda donde vendía “ídolos” (figuras de barro que representaban deidades paganas), de ese modo se ganaba la vida. Abram es descrito como hombre acaudalado, sin duda, esto provenía del negocio familiar.

Siglos después. Dios solicitó a los hebreos salir de Egipto, pero también, fue Dios quien pidió a los hebreos entrar en Egipto (Génesis 46,1-7) en tiempo de la hambruna, y así, la familia de Jacob se convirtió en un pueblo en medio de paganos.

Pasados los años, llegó Moisés, el gran legislador de Israel, pero éste también se crió entre paganos, cuando el faraón decretó asesinar a los niños hebreos. La historia narra que Moisés fue salvado por la hija del faraón. Se dice y se cree, con suma lógica, que la estructura organizacional de los egipcios fue influencia para que Moisés estructurara al pueblo de Israel.

Tras el destierro a Babilonia, Ciro el grande, rey de Persia, restauró el culto en Israel (Esdras 1,1-5), poniendo fin al exilio judío en Babilonia. La política de Ciro fue respetar el culto de los pueblos dominados.

Dentro del vocablo hebreo, los judíos suelen llamar a Dios como “Elohim”, pero esta palabra es plural, no singular. Aunque los judíos no creen en la Trinidad, por la influencia del paganismo utilizan un plural para referirse a Dios. Cuando dicen “Elohim es uno”, afirman “Dioses es uno”. Para mí, la palabra “Elohim” representa un anuncio escondido de la Trinidad en el Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento, en los evangelios, encontramos la parábola del “buen samaritano”, en este pasaje, un hombre esta herido en un camino y es auxiliado por un samaritano, mientras que religiosos judíos no se compadecieron. Jesús pone de ejemplo al samaritano, pero los samaritanos surgieron del sincretismo y mestizaje entre hebreos del norte y Babilonia. Parece que Jesús centra su enseñanza en la piedad, sin escandalizarse del culto de los samaritanos como lo hacían los judíos.

Entre las lenguas usadas por los judíos, el arameo era común en el siglo I cuando Israel fue dominado por Roma, pero la lengua de los judíos es el hebreo, no el arameo y el latín era usado por los romanos, ¿por qué los judíos hablaban arameo? Los judíos hablaban arameo porque esa lengua se aprendió cuando vivieron en Babilonia.

Otro detalle importante, en el Nuevo Testamento, cuando san Pablo estuvo en el areópago griego citó la literatura de los paganos para evangelizar (Hechos 17,28-29), el apóstol no citó la Biblia.

Como conclusión, lo más importante de las celebraciones de la Iglesia es anunciar a Cristo y su doctrina, dando ejemplo de vida cristiana, en eso, no hay pecado.

 

hielo10@hotmail.com

04Ene/16

La luz vino al mundo

Por Arq. Juan Carlos López Torrero

En una posada entre amigos, veíamos una de tantas peleas de pago por evento. En la frente de un contendiente se leía ‘San Juan 3,16’, un amigo preguntó el significado de ese pasaje.

Este versículo es quizá el resumen y conclusión de toda la Biblia: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna”.

En los versículos siguientes Jesús expresa el significado de la fe, las buenas obras y como las malas acciones pueden condenarnos: “Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios. Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal, odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios”, (San Juan 17-21).

Sabemos que el ser humano fue creado a imagen de Dios, sin embargo, a mi modo de ver, somos un reflejo distorsionado del Creador, una imagen deformada por nuestro pecado, esta peculiaridad nos incapacita para encontrar el correcto significado de la vida. Fuese imposible para la humanidad conocer “lo que pecado él es” de no ser por la revelación que nos ha llegado desde Arriba. La palabra “pecado” se traduce como injusticia. La humanidad en su condición más primitiva entendió, de un modo grotesco, que existen acciones reprobables (pecados) y aplaudibles (virtudes), pero también de un modo primitivo y reprobable emitió castigos; lapidación, amputación, etc.

Cristo llega a este mundo como modelo de virtud y piedad, empezando desde la elección por el pueblo de Israel, el pueblo más pequeño de todos los pueblos; su nacimiento en un pesebre siendo llamado Rey, la elección por la Virgen María que expone la crueldad de la ley de Moisés ante esta situación, esperar un hijo antes del matrimonio. Toda la vida de Jesús está encaminada a enriquecer la vida del ser humano en el orden espiritual, emocional y afectivo.

Espiritual al mostrarnos que existe una Vida oculta que transciende más allá de esta muerte, y que podemos empezar a construirla desde hoy. Emocional al exponer que las adversidades pueden ser soportadas teniendo la fe como estandarte, no para librarnos de ellas de un modo milagroso sino para tener fortaleza y paciencia para esperar, la cruz es signo de ello. Afectivo al mostrar a la humanidad como una hermandad, y sobre todo, manifestar que existe un Dios que nos amó a pesar de nuestros insultos, errores e injusticias.

Jesús es la imagen visible del Dios invisible, es el hombre hecho a imagen de Dios sin las distorsiones causadas por el pecado. Jesús es el modelo a seguir para construir en nosotros el proyecto que Dios deseó para Adán; esa comunión entre la Paternidad del Creador, la humanidad y la creación.

Jesús en su sacrificio manifiesta que Dios está dispuesto a perdonarnos; sin crucifixión no tendríamos idea, ni noción para medir la magnitud de la misericordia de Dios para con el género humano. Sin crucifixión, la misericordia y el amor de Dios serían un mito, una palabra sin sustento, ni evidencia. En cambio, por amor a nosotros se entregó sin renegar de la cruz, por su misericordia perdonó esta ofensa al género humano.

Cristo vino a este mundo y por ello celebramos la Navidad, un tiempo de reconciliación entre nosotros, un momento para emitir un juicio sobre nuestras vidas; qué hicimos bien, qué hicimos mal, y creo que no existe una maldad más infame que insultar al hijo de Dios, desnudarlo y matarlo clavándolo en una cruz, eso Dios ya lo perdonó. Dios está dispuesto a perdonarnos porque su deseo por nosotros es mayor que nuestra ofensa.

 

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