Archivos de la categoría: Trascendencias

28Sep/16

El pobre evangélico

Por Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Un escritor brasileño define que el pobre socio-económico es aquel que no tiene lo necesario para vivir: alimento, vestido, habitación, instrucción elemental, trabajo, salud pública, etc., existiendo dos tipos de pobreza socioeconómica, la inocente y la injusta. Dentro de los primeros no depende de la voluntad de los afligidos (tierra infecunda, sequías, plagas desastre económico por influencia de otros). Los siguientes se producen por un proceso de explotación del trabajo, ahí la pobreza significa empobrecimiento y resulta de una injusticia social. También hay en este rango situaciones condicionadas por discriminación en razón de raza o cultura como los indígenas y en razón de sexo como en las mujeres; y muchas veces entre ellas se encuentran las más pobres de los pobres, pues cargan sobre sí todas las formas de opresión y discriminación.

Pero, evangélicamente hablando, tenemos al ‘pobre evangélico’ quien es tal por su ser y su poder al servicio de Dios y de los hermanos. Usa con moderación los bienes de este mundo, por eso se muestra solidario con los pobres y se identifica con ellos, como lo hizo Jesucristo y su más perfecto imitador, San Francisco de Asís y no nada menos que Santa Teresa de Calcuta. Por lo tanto el pobre evangélico, es libre respecto a todo, incluso de la pobreza misma, menos a la voluntad de Dios, porque acepta las privaciones cuando son queridas por Dios, pero, también la prosperidad siempre subordinada a la voluntad divina.

El pobre evangélico aunque no es pobre socioeconómico, por amor se solidariza con el que lo es y trata de eliminar las injusticias que caen sobre el pobre socioeconómico, para que se convierta en pobre evangélico y así lograr un círculo virtuoso, teniendo en cuenta que el pobre evangélico no alaba la pobreza material, sino que exalta la justicia social para todos. Debe empeñarse en la búsqueda de soluciones por medios pacíficos, sin promover violencia como la lucha de niveles sociales que solo engendra odios y que finalmente traiciona al pobre socioeconómico.

Tenemos la opción de convertirnos en “pobres evangélicos” como nos los pide Cristo, y eso es una gracia de Dios, un don que nos da por amor a nosotros. Para poder tomar esa opción se requiere de una experiencia y un despertar espiritual. La experiencia es lo que Dios hace por el hombre, cuando el hombre está impotente para hacerlo por él mismo y un despertar espiritual es lo que el hombre hace por medio del deseo de que su vida sea transformada siguiendo a Cristo.

Esta experiencia y despertar espiritual es la conversión de corazón, pidiendo a Jesús no sólo un cambio de convicciones, sino también de actitudes, que es la fuerza del amor capaz de convivir con las contradicciones y superarlas.

Por lo tanto en espíritu de oración y ante la mirada del Padre, aceptémonos nosotros mismos como somos, con todas nuestras virtudes y limitaciones, con todas nuestras posibilidades de cambiar y de llegar a ser mejores pensando en el prójimo, respetándole y sirviéndole, con capacidad de diálogo, escucha, participación y principalmente con capacidad de perdón.

Para llegar a ser un pobre evangélico, la conversión no debe ser una faceta del ser humano, ubicada y dirigida en un espacio de orden espiritual en forma vertical: Dios y yo; sino también dentro del contexto de nuestra vida, es decir, en forma horizontal, “la humanidad y yo”. Debiendo abarcar todo nuestro ser completo y afectar a los que nos rodean. Y es que cada uno de nosotros, junto con otros hombres de buena voluntad, estamos llamados a construir un mundo más fraterno y evangélico, dirigido a la realización del Reino de Dios, recordando que Él nos habla a través de nuestra historia personal y social, siendo importante obedecerla y llevar a la práctica su palabra.

Para Cristo el camino hacia Dios, no es solamente el culto, ni los actos piadosos, ni la sola oración, sino que además de lo anterior está el del servicio al prójimo, que en realidad es una oración en acción, donde realmente anónimamente se encuentra, porque a través del prójimo, principalmente del prójimo necesitado es como se llega a Dios, y a través de él construimos el Reino de Dios.

El pobre evangélico no debe promover una resignación pasiva ante la miseria, manejándola como la “voluntad de Dios”, ni la limosna como la solución caritativa, sino la obligación de la justicia, dirigiendo una obligación de escucha y solución a los responsables de una situación de injusticia, que es la resultante del pecado. El reto del pobre evangélico no es el “desposarse con la dama pobreza”, sino hacer desaparecer el pecado social que deshumaniza a pobres y ricos, para así poder construir una fraternidad universal de amor.

marsellaydraguilar@hotmail.com

29Mar/16

El que no fue egoísta

 

 

Por Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

En marzo del 1998 escribí un artículo intitulado “La historia del hijo que no quiso ser egoísta”, en el cual no intenté compararme con algún teólogo o místico, solamente quise comunicar la experiencia de tratar de conocer a Dios, a través de su revelación, la razón y el sentimiento. Por lo tanto vuelvo a presentar una (mí) versión libre del “Romance sobre el evangelio in principio erat Verbum acerca de la Santísima Trinidad” de san Juan de la Cruz. El motivo es que lo siento apropiado para el día de Resurrección:

En el cielo existen tres Personas y un Amado. Entre ellas existe un amor y el Amante es el Amado en que cada cual vive. En ese amor inmenso que del Padre y del Hijo procede, grandes y exquisitas palabras se decían, que era imposible que alguien fuera de ellos las pudiese entender, pues solo el Hijo las podía entender y gozar.

El Padre le decía al Hijo: “Nada me contenta Hijo mío fuera de tu compañía, y si algo me contentara en ti mismo lo querría, pues el que a ti se parezca, a mí más me satisfacería, y el que nada se parezca a ti, en mí nada hallará. ¡OH vida de mi vida! al que a ti te amare Hijo mío, yo mismo me le daría y el amor que yo en ti tengo, ese mismo en él pondría por haber amado a quien yo quiero tanto.

El Hijo al escuchar al Padre quiso que todos los hombres recibieran también ese amor que el Padre le prodigaba, pero, desgraciadamente los hombres habían fallado a todas las alianzas que el Padre había hecho con ellos, entonces el Hijo se ofrece por amor al Padre y a los hombres para llevar a cabo una nueva alianza, definitiva, o sea, perfecta, pues quien siempre había ofrecido era el Padre quien es Dios, y ahora quien la acepta es el Hijo quien es Dios, y con el Oferente y el Aceptantes está el Espíritu Santo, el Espíritu de ambos quien es Dios.

El Padre al escuchar la decisión del Hijo, lleno de emoción y del Espíritu de ambos le dice: “Hijo déjame darte un regalo por eso. Te daré una Madre. Y entonces acompañado de trompetas y coros de ángeles, la Trinidad vistió de carne al Verbo, quedando encarnado en el vientre de María y así….el que tenía solo Padre ya también Madre tenía…”

Pero el Hijo no quería quedarse con algo para sí, sino que quería todo para los hombres pues Él no era egoísta, y a pesar que ya se había despojado de las prerrogativas de su condición divina en la encarnación, y en la cruz, al estar sellando esa nueva alianza, se desprendió de ese gran regalo del Padre, de su madre, y a manera de testamento nos la dejó, pues quiso que también fuese nuestra madre.

De regreso el Hijo al cielo, después de haber cumplido su cometido, el haber sellado esa nueva alianza con su muerte y resurrección, iniciada en la encarnación, se presenta ante el Padre quien ansiosamente lo esperaba. Pero llenóse de asombro el Padre al verlo tan fatigado, adolorido, maltratado, desnudo y con las manos vacías, que exclamó: “¿Qué te paso Hijo mío, por qué vienes ante mí sin nada, dónde están todos los dones que te di?

Entonces el Hijo que no quiso ser egoísta le responde: “Padre, todo lo que tú me diste, incluso mi madre, se me fueron por estos agujeros”, al tiempo que le mostraba las heridas de sus manos y pies producidos por los clavos de su crucifixión y la del costado por la lanza. El Padre abraza al Hijo, llenos los dos del Espíritu de ambos, y le dice: “Hijo, todo lo que te he dado se lo has dado a los hombres para que me conozcan y me amen, por eso al que te siga yo lo amaré como hijo, hijo en ti.

Esta es la historia del Hijo que no quiso ser egoísta, pues siendo Él, el Hijo del Padre, quiso que todos fuésemos por Él, hijos del Padre, que por Él recibiéramos al Espíritu de ambos, y por Él, tuviésemos una misma madre, en fin, que fuésemos una misma familia.

 

marsellaydraguilar@hotmail.com

08Mar/16

Y los amigos de Judas

Por Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

La amistad es un afecto personal, puro y desinteresado que se comparte con otra persona, nace y se fortalece con el trato. Es algo que siempre queremos, todos deseamos tener un amigo a quien confiarle inquietudes, secretos, alegría y donde abandonarse. En nuestro medio cuando se busca padrino para el bautismo del hijo, no se piensa en quien va a beneficiar al ahijado, sino en un amigo para poder así llamarle compadre. Relación más fuerte que la de los hermanos. Pero cuando nos falla el amigo, ahí “no tiene perdón de Dios” como popularmente se dice.

Hago este comentario para manifestar la importancia que le damos al amigo y en virtud al tema que trataré en lo referente al personaje más aborrecido, a un discípulo, porque sí lo fue, Judas Iscariote. No quiero cuestionar lo dicho de él en el Nuevo Testamento y mucho menos interpretar a un juicio propio esos pasajes, sino presentar la relación de ese personaje y los apóstoles sobre la amistad. Es triste el cómo, muchas veces, nos desenvolvemos en relación con nuestro prójimo más allegado, el amigo, llegando ante un desamor.

Aclaro, no cambio nada de lo dicho en los evangelios ya que es palabra de Dios, pero hago una reflexión propia del momento que conocemos como la última cena, con nuestras actitudes de amistad. Cuando se reunieron para la comida de los Ázimos, donde se encontraban los discípulos y el Maestro. Momento cumbre en esa reunión donde se establece por Jesús la Eucaristía. Satanás entró en Judas, porque su corazón se encontraba deshabitado del amor de sus compañeros.

Si el corazón de Judas hubiese sido vigilado constantemente, si lo hubiese agredido tenazmente el amor de los demás apóstoles, ¿hubiera sido entonces posible que Satanás no hubiese entrado en él? ¿Qué paso entonces? ¿No aprendieron los discípulos en ese momento el sentido del amor predicado por Jesucristo?

Parecía que no estuvieron pendientes de Judas y si veían algo malo en sus actitudes, por qué no se unieron para ayudarlo, corregirlo y guiarlo. También cabe preguntar si no le dieron oportunidad para que pudiera abandonarse en ellos mismos. Ser acogido y encontrar respuesta a sus inquietudes y angustias.

En la cena cuando Satanás había entrado en él, nadie salió a buscarlo, ni Juan, el más joven que estaba sentado junto al Señor. Posiblemente si lo hubiere él seguido otro también lo hubiera acompañado. Lo hubieran alcanzado y platicado con él. Posiblemente lo hubieran regresado al lugar de la cena. Posiblemente hubiere cambiado en su postura y el traidor no hubiese traicionado.

Esto no es una entelequia o fantasía intelectual, ni tampoco como ya lo dije el de querer cambiar el sentido del evangelio, sino más bien especular sobre Judas y los apóstoles para contemplar actitudes que nosotros también realizamos con desamor ante el prójimo y me refiero al cercano, al amigo.

Cuantas veces vemos flaquear a los amigos, el verlos angustiados o de cometer ciertos errores y en vez de acercarnos a ellos le sacamos la vuelta, nos alejamos posiblemente para que no nos identifiquen con ellos o el aconsejarlos nos quitará tiempo o dinero. Lo más triste no nos preocupamos por sus familias.

            Podríamos decir que nos parecemos a Juan, es decir, estamos supuestamente cerca del Señor en Misa o cuando comulgamos, como decía el periodista Vittorio Messori, en su libro Hipótesis sobre Jesús: “traemos a Jesús en el corazoncito” pero no actuamos. No salimos corriendo en busca del amigo para consolarlo o ayudarlo y estar con él, quedando deshabitado de nosotros. El amor de Jesucristo se da, solo lo da, aunque Él nos llama también amigos. Acudamos a atender a nuestros amigos cuando se equivocan, no lo consideremos un traidor a la vida porque entonces nosotros lo hubiéramos traicionado. Pero también acudamos a ellos para desahogarnos.

marsellaydraguilar@hotmail.com

 

 

 

29Feb/16

La muerte y la cruz

Por Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Posiblemente el tema que tocaré provoque diferencias en algunos lectores. Proviene de una plática en la clásica hora del café y más por ser época de Cuaresma. Uno de los compañeros comentó que Jesús fue abandonado por el Padre y que murió crucificado porque así lo tenía destinado para nuestra salvación. A mí no me pareció correcta esa afirmación.

Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Al ser auténticamente hombre, llevaba la muerte inscrita en su humanidad desde el punto de vista biológico, así como comer, dormir o la capacidad de sufrimiento. La muerte es un hecho que configura totalmente la existen humana y si Jesús no hubiera hecho la existencia de la muerte, ¿cómo iba a ser verdaderamente hombre? Y por lo mismo, ¿cómo hubiera estado “vencida” la muerte?

El Verbo encarnó, como hombre transcurrió todo el proceso de un ser humano. Nació de mujer, fue un infante, adolecente, joven y adulto, por lo tanto siguiendo esa trayectoria también tenía que morir. Ese hecho de morir pudo haber sido en cualquier momento de su vida, y siguiendo esa trayectoria de vida el morir no tendría que ser en la cruz. Pablo argumenta que Cristo murió por nuestros pecados.

Para mí, Dios no quería la cruz; ¿cómo hubiera querido semejante ignominia para su Hijo “bien amado”? Tampoco Jesús la quiso: “Padre mío, si es posible, que se aleje de mí este trago”. Realmente murió por el pecado del hombre, y desde el punto de vista de Cristo esa es la manifestación del amor hasta las últimas consecuencias.

Jesús murió por la maldad del hombre que no toleraba la defensa del pobre, la hipocresía, ni la denuncia de la injusticia, que aceptaba privilegios sociales y religiosos. Él murió porque era bueno y no pactó ni se cansó, sino que se puso del lado de los oprimidos sin retroceder; porque fue fiel a su misión, dándose sin reservas, guardándose nada para sí, ni siquiera lo más valioso: su vida. Como decía J.I. González Faus en su libro Humanidad Nueva: “Jesús muere porque los hombres matamos. Y muere en nombre de ellos, por amor a ellos”.

Jesús fue condenado por la religión y la política, crucificado, y aplastado por aquellos mismos a quienes amaba, por ese mal que seguía proliferando. Por ellos es enviado a la cruz. Y es aquí donde también no estoy de acuerdo, de que Jesús estando en la cruz fue abandonado por el Padre ante ese grito pavoroso del moribundo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. No fue desinterés del Padre, sino más bien el silencio de Dios.

Dios respeta aún a costa de su propio Hijo, su legalidad intrínseca, para que pueda llegar a ser lo que es. Dios sufre de un modo que no lo podemos entender, pero con más realidad de la que no podemos imaginar. Lo sigue con apasionado interés, no suprime su sufrimiento, acompaña a su Hijo sin anular su personalidad. Respeta la libertad de Jesús y su corazón, hablando antropológicamente, se desangra con Él en la cruz.

Edith Stein en su libro Ciencia de la Cruz nos dice: “… quien amorosamente profundiza en este sentimiento del Salvador en la Cruz, que supone el amor hasta el sacrificio y la entrega de sí mismo, se unirá con la voluntad divina, que consiste en la voluntad del Padre que se cumple en el amor redentivo y el sacrificio de Jesús; y entonces será una misma cosa con el ser divino, que es, a su vez, amor que se entrega”.

Es sobrecogedor el amor del Hijo que se da por nosotros hasta el fin, y ese amor es el puro reflejo, la fidelísima expresión del amor del Padre por nosotros. La muerte de Jesús, sin la cruz, sería muy difícil de convencer al hombre del amor de Dios, y más aún de su apasionado interés por salvarnos. Tengamos en cuenta por lo tanto de que cada hombre tiene su cruz y es una cruz de salvación.

 

marsellaydraguilar@hotmail.com

22Feb/16

Amor misericordioso

Ante el arrepentimiento, no dudemos del perdón por lo grave de nuestros pecados…

Por Alfonso Nieves Asúnsolo

Comentaba en un artículo anterior que el período de Cuaresma debería, independientemente del arrepentimiento y la penitencia, ser también un período de amor. Y que el arrepentimiento y la mortificación es buena combinación en un período de penitencia. Creo que es un momento del más excelso amor que contempla al hermoso Dios que ama y presenta su misericordia. Hice varios comentarios al respecto, pero ahora presento a los que han alcanzado la santidad y nos sirven de ejemplo:

San León Magno en su sermón sobre las bienaventuranzas nos dice que amar la justicia no es otra cosa que amar a Dios. Y como este amor de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del prójimo, el hambre de justicia se ve acompañado de la virtud de la misericordia y santa Teresa de Ávila afirmaba que “para caer hay muchos amigos que me ayuden, hallábame tan sola que ahora me espanto cómo no me estaba siempre caída, y alabo la misericordia de Dios, que era solo quien me daba la mano”.

Sobre el pecado y la misericordia divina San Gregorio Magno en una de sus homilías decía: “He aquí que llama a todos los que se han manchado, desea abrazarlos, y se queja de que le han abandonado. No perdamos este tiempo de misericordia que se nos ofrece, no menospreciemos los remedios de tanta piedad que el Señor nos brinda”. Además dice que su benignidad llama a los extraviados, y nos prepara, cuando volvamos a Él, el seno de su clemencia.

San Gregorio comenta que el que no quiso permanecer con Él, que vuelva; el que menospreció estar firme a su lado, que se levante, por lo menos después de su caída… “Ved cuán grande es el seno de su piedad, y consideráis que tenéis abierto el regazo de su misericordia”. En otras de sus homilías comentaba que consideremos cuán grandes son las entrañas de su misericordia, que no sólo perdona nuestras culpas, sino que promete el Reino celestial a los que se arrepienten de ellas.

San Bernardo expresaba lo siguiente: “No suelen los ricos ir a casa de los pobres, aunque tengan intención de hacer un bien. Éramos nosotros los que teníamos que ir a Jesús; pero se interponía un doble obstáculo. Nuestros ojos estaban ciegos… nosotros yacíamos paralizados en nuestra camilla, incapaces de llegar a la grandeza de Dios. Por eso nuestro amable Salvador y Médico de nuestras almas descendió de su altura”.

San Juan Pablo II manifiesta sobre María, Madre de la Misericordia, que nadie ha experimentado como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el ‘beso’ dado por la misericordia a la justicia. Nadie como Ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su ‘fiat’ definitivo María, pues, es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina.

La intención de presentar lo dicho por grandes santos sobre la misericordia divina, es la de poner un alto al devaluado concepto que se tiene de ella. Pues hay que comprender que el Padre se encuentra con los brazos abiertos, listo para recibirnos, protegernos y amarnos como verdaderos hijos. Ante el arrepentimiento, no dudemos del perdón por lo grave de nuestros pecados, la magnitud de su misericordia perdonará sin duda la enormidad.

Ese amor presentado por la misericordia del Señor es única y exclusivamente para nuestra salvación, he implica, el no apartarnos del plan de Dios y de sus mandamientos.

09Feb/16

Actitud ante el Jubileo

Una ocasión para descubrir que vivir como hermanos es una gran fiesta

Por Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Tomé medio año sabático de no escribir por motivos personales, pero sigo sintiendo la necesidad de hacerlo ya que por más de 20 años lo he hecho, independientemente de  conocer más sobre el aspecto religioso y el comunicarlo; fue siempre un placer hacerlo.

Ahora, atendiendo la invitación de regresar, aproveché para tomar el tema de moda: la misericordia por su Jubileo. Concepto devaluado al presentarse como un beneficio propio, personal.

Luis Fernando Valdés escritor del semanario ‘El observador de la Actualidad’, dice que hay dos modos de entender la misericordia: “Uno adecuado, que consiste en Dios que ayuda a levantarse al que ha caído para que siga intentando vivir la moral enseñada por Cristo y transmitida por la Iglesia. Y otro erróneo, que presume que la misericordia es un pretexto para mitigar las exigencias morales”.

Parece olvidada la justicia de Dios, que le da a cada cual lo que le corresponde de acuerdo a su actuación en función de su libre albedrío. Hay que considerar que, una de las virtudes de Dios: el ser misericordioso en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas ante su arrepentimiento, Él espera para perdonar; es la benignidad de su justicia. Muchos malinterpretan el concepto de misericordia, creen que por sus actuaciones y no acorde al espíritu del bautizado, pueden ser perdonados en virtud de una misericordia divina. Sujeto por lo tanto a aún falso concepto de misericordia.

Es común ver frente a las puertas de las iglesias a fieles pasando por ellas para ganar indulgencia, siendo esto lo correcto. Pero no por pasar y pasar muchas veces recibirán un mayor número de indulgencias y perdón de sus pecados. Algunos la piden aun viviendo en el pecado. Su Santidad Francisco dice que el Jubileo es todo un año en el que cada momento es llamado santo, para que toda nuestra existencia sea santa.

El Papa Francisco comenta que el Jubileo es una ocasión para descubrir que vivir como hermanos es una gran fiesta, la más hermosa que podamos soñar, la celebración sin fin que Jesús nos ha enseñado a cantar a través de su Espíritu. El Jubileo es la fiesta a la que Jesús invita a todos, sin distinciones ni excepciones. Pero para lograr lo que nos dice el Papa, es necesario definitivamente el arrepentirnos, para así llevar una vida santa.

Para llegar al arrepentimiento y permanecer así optando por la misericordia divina, es necesaria nuestra oración; pero no hay que creer que Dios cambiará, sino que realmente

los que debemos de cambiar somos nosotros. La más grande oración se logra cuando el orante se transforma, allá, en lo más íntimo, en aquello delante de lo cual se arrodilla, para estar de pie ante la vida, la vida cristiana arropada por ese amor misericordioso de Dios.

Ahora, en este Jubileo es el momento de tomar buenas decisiones y de corregir, también, hasta donde sea posible, el efecto de las que en el pasado tomamos mal. Hay que tener en ellas siempre la voluntad de Dios y lo que Él espera de nuestra libertad, elegir entre dos o más bienes acertando con lo mejor, y también con el libre albedrío, capacidad de escoger entre el bien y el mal. Por lo tanto, debemos conjugar la libertar y el albedrío para cumplir con los diez mandamientos, siendo ellos la voluntad de Dios.

La misericordia divina es la oportunidad que Dios le da al que ha caído para levantarse. Pero hay que tener mucho cuidado con esto, porque al volver a pecar, es evidente que se está cometiendo además otro, uno de ingratitud, ya que suponen una misericordia infinita, que sí lo es, pero depreciada. No dejemos nuestro arrepentimiento y una vida de santidad para después, cuando ya sea tarde y venga a nuestra mente los “si yo hubiera” o los “si yo hubiese”. Aprovechemos este Jubileo de la Misericordia; bella oportunidad de recibir el amor del Señor que nos perdona al vivir una vida de santidad.

marsellaydraguilar@hotmail.com

27Oct/15

Más que sólo animales racionales

Por Isbaal Varela

statue2

Una de las definiciones más comunes de ‘hombre’ es la de animal racional. Viéndolo desde perspectiva biológica y tomando en cuenta que el hombre posee razón y que ésta le permite desarrollarse de manera totalmente diferente que el resto de los animales, estamos en lo correcto.

Gracias a la razón el ser humano es poseedor de lenguaje, cultura, religión, ética, etc. Gracias a esta capacidad le permite, a pesar de ser un animal mal dotado, sobreponerse a los demás seres de la creación, le permite dominarlos y sobrevivir a su entorno. Si analizamos a cada animal, quizá nos daremos cuenta que cada uno de ellos posee sentidos más desarrollados que el hombre. Como seres biológicos, los primeros, se desarrollan mejor; incluso son más organizados que nosotros.

Hay muchos programas, hoy en día, que nos muestran la grandeza de cada especie, nos explican de forma maravillosa su funcionamiento: cómo cazan los delfines; cómo se organizan las hormigas; cuánto viajan ciertas especies de aves para lograr sobrevivir, etc. Con frecuencia nos maravillamos de todo lo que descubrimos en ellos y el asombro puede ser tanto que quizá lleguemos a pensar que ciertas especies animales tienen mayor o igual dignidad que la especie humana.

Por otro lado, nuestra sociedad llena de consumismo, relativismo y hedonismo nos empuja a: valorar al ser humano por aquello que posee, más aún, nos lleva a tener una vida donde lo que importa es el poseer y tener lo último de la moda y desechar aquello que ha pasado de moda; Poco a poco nos convertimos en una sociedad donde no hay verdad sino sólo puntos de vista, donde cada quien se puede expresar y hacer lo que quiera, y donde la tolerancia no es un valor sino una excusa para violentar las creencias, principios y valores de los demás.

Y, lamentablemente, vivimos en una sociedad donde mientras más sigas tus instintos eres más original, donde con frecuencia el pensamiento no es un acto que se ligue a las acciones. “no te preocupes, sólo déjate llevar”, “vive el momento y despreocúpate”, “si eso quieres hacer, sólo hazlo”, sin el menor discernimiento, sin preguntarnos si es bueno para nosotros y para los demás. Muchas veces nos limitamos únicamente a seguir nuestro instinto animal.

Por lo tanto, no es ilógico pensar que algunas personas, viendo y viviendo esta carencia del hombre al rechazar lo propio de su ser que es la razón y el pensamiento, crea que ciertos animales son mejores que el ser humano.

No hay que confundirnos, porque si analizamos bien las cosas, justo cuando no le hacemos caso a la razón, cuando no somos objetivos y solamente nos conducimos por nuestro instinto animal, cuando nuestro deseo de supervivencia es más fuerte que nuestra ética, cuando nuestra fuerza dominadora de querer “marcar nuestro territorio”, querer mostrar nuestro “dominio ante la especie”, justo cuando hacemos eso, somos más parecidos a animales no racionales, que a nuestra naturaleza de animales racionales. No hay que confundir nuestra naturaleza, nosotros pertenecemos a otra dimensión, una dimensión de seres racionales que debe sobreponerse a sus instintos y pasiones.

Otra definición de ‘hombre’ que me parece más apropiada es la de “espíritu encarnado”. Esto sí expresa, a mí parecer, la verdadera esencia de hombre. Esto implica un espíritu, el cual posee un deseo de trascendencia, una naturaleza racional la cual le permite al ser humano vivir únicamente vinculado a su entorno y no, como es el caso de los animales no racionales, condicionado a su entorno.

El hombre va más allá de solamente pertenecer a una naturaleza sensible, al poseer espíritu tiene la capacidad de trascender, de generar historia, de proyectarse y ver más allá que cualquier otro ser sobre la tierra. Impresionarse por lo maravillosa que es la creación es licito, más aún es necesario. Gracias a ello caemos en cuenta de lo maravilloso que ha sido Dios al dotarnos de espíritu, sin éste quizá la humanidad ya no existiera. Pero no pretendamos darle a los demás seres la misma dignidad que el hombre posee. Es vergonzoso ver cómo personas y asociaciones se preocupan más por darle techo y casa a un perro, gato, etc., que a un niño, un anciano o un indigente.

Buscar verdaderamente lo esencial, lo que nos hace auténticos Seres Humanos, esa es la tarea de nuestra época, volver a reflexionar y actuar conforme a nuestra razón. Mirar nuestra sed de trascendencia y desarrollo espiritual no como una debilidad, como muchos pretenden, sino como una búsqueda por el sentido de nuestra vida. Ver nuestra cultura no como un museo de ritos y símbolos sin sentido, como una lista de deberes morales limitantes, etc., sino como un contacto con nuestros antepasados, con la sabiduría que emerge desde nuestra historia y que nos ayuda a construir un mejor futuro, como un legado que se enriquece con cada generación.

Vivimos enraizados en esta realidad, una realidad corpórea que nos dota de sentidos pero que también con frecuencia nos limita; y también somos poseedores de una realidad espiritual la cual nos permite ir más allá de nuestras limitaciones corpóreas y nos hace poseedores de valores, los cuales nos perfeccionan para ser verdaderamente seres “Humanos”.

Comentarios:
isbaalvg@hotmail.com

14Oct/15

El reto cristiano ante el secularismo

Por Pbro. Carlos Mario Jiménez Vargas*

Con frecuencia escuchamos a personas que dicen: “ya no hay temor de Dios”, “antes se respetaban más las cosas religiosas, hoy se vive como si Dios no existiera”, “en un tiempo la Iglesia, la familia y la escuela enseñaban y promovían los mismos valores humanos y religiosos”.

Ciertamente, en estas expresiones encontramos una nostalgia por la ausencia de una consciencia cristiana que organizara e influyera en la vida, tanto en el ámbito de lo personal, como de lo social. Los cristianos con más experiencia y de mayor compromiso constatan que el modelo de vida cristiana se ha ido diluyendo con el paso de los años ante una sociedad con múltiples opciones.

A este fenómeno de indiferencia a lo sagrado y del proceso de descristianización se le llama secularismo. Este puede ser definido: del latín “sæculum”, que significa ‘siglo’, pero también ‘mundo’. De ahí que secular se refiera a todo aquello que es mundano, por oposición a lo espiritual y divino. El secularismo, es pues, esa mentalidad que se ha ido filtrando en nuestra cultura y que va desplazando las costumbres de vida cristiana, vaciando de significado religioso la vida de los creyentes.

El proceso de implantación de la mentalidad secular va desde lo más sutil hasta las formas más violentas. Durante los últimos tres siglos han surgido expresiones de todo tipo, desde aquellas que ironizan, se burlan y ridiculizan lo Sagrado, hasta aquellas que ni para bien, ni para mal toman en cuenta la propuesta y las tradiciones religiosas en la organización de la vida pública.

El secularismo ha adquirido relevancia en nuestros ambientes, quizá porque en base a un humanismo ateo ofrece una organización cívica que promete garantizar todas las condiciones necesarias para ser recompensados en este mundo y no someter la libertad personal a ninguna voluntad divina. La realización del hombre dependerá del mismo hombre y de su capacidad-disposición para construir la sociedad, ya no de una presencia divina a quien habremos de dar cuenta de nuestras acciones. Por ello, el poder y el tener se vuelven ejes que guían la vida y prometen la felicidad del hombre y las sociedades.

Algunos de los derroteros utilizados por el pensamiento secular son: el humanismo ateo; el suplir el discurso religioso, privilegiando el discurso científico; la centralidad del mercado y el dinero: “tanto tienes, tanto vales”, la vida se ordena a la tarea por alcanzar mayor poder adquisitivo, para acceder a mayores bienes de consumo.

Cuando el hombre se desprende mentalmente de la necesidad de Dios, le ocasiona cambios en su vida moral y social, ya que si vivo convencido de que al final de mi vida no tendré que dar cuenta a nadie de lo que hice y dejé de hacer por mí y por los demás, puedo justificar mis propios males y las injusticias contra otros. Las personas se vuelven con-ciudadanos, regidos por una constitución, que está inspirada en un pacto humanista expresado en leyes. Decidir hacer el bien o el mal, ya no está regido por una consciencia religiosa (que en muchas ocasiones compromete más a las personas en su práctica de vida moral), sino por el temor a recibir una sanción legal, que como constatamos no frena en muchos casos a la delincuencia, ni a la ilegalidad en los ciudadanos y en las instituciones públicas.

Además, el secularismo, ha ido vaciando de sentido religioso muchas de las fiestas  cristianas, por ejemplo: la Navidad y la Semana Santa, hoy en día lejos de meditar y celebrar la Encarnación y la Resurrección de Cristo, se emplea para hacer compras y vacacionar, dándole un significado distinto al sentido religioso que encierran en sí mismas estas celebraciones. No se diga en nuestra vida religiosa, nos declaramos confesionalmente católicos, pero ejercitantes de un ateísmo práctico, que no niega a Dios, pero vive como si no existiera.

Como católicos, debemos estar atentos a las expresiones instaladas de una sociedad secularizada y a las dinámicas secularizantes, puesto que siguen trabajando sistemáticamente estos criterios cuyo objetivo último es descristianizar nuestra cultura.

 

bartyteen@hotmail.com
*Párroco en María, Madre
del Redentor en Hermosillo

12Oct/15

La ética de la sanción

Por J. Isbaal Varela

Posiblemente a alguno de nosotros nos ha tocado, algún fin de semana por la noche, toparnos con algún retén para asegurarse de que los conductores no manejen bajo la influencia del alcohol. Esto, por lo general, obligaba a las personas que acostumbran salir los fines de semana a algún bar, restaurante, antro, etc., si consumían alcohol, a no conducir debido al temor de que su automóvil fuera retenido o se hicieran acreedores a una multa por manejar después de haber consumido alcohol.

Por otro lado, hace unas semanas el presidente municipal de Hermosillo anunció que los retenes en Hermosillo terminaron y dentro de pocos días empezarán a funcionar “filtros salvavidas”, estarán formados por asociaciones civiles, padres de familia, etc… se aplicará el alcoholímetro y existirán sanciones para las personas que conduzcan bajo el influjo del alcohol y “se acabará el canje de multa por mochada”, según declaró a los medios.

Esto puede parecer un gran acierto por parte del ayuntamiento por acabar con los actos de corrupción en la cuidad. Ya que, lamentablemente, con frecuencia veíamos que algunos policías tras aceptar una ‘compensación’ monetaria dejaban ir al conductor a la buena de Dios. Sin embargo, tenemos que reflexionar un poco si verdaderamente estamos acabando con el problema o estamos simplemente tapando uno de los muchos vicios que están acabando con nuestra sociedad.

Desde niños se nos educa tras una pedagogía conductista, dónde a tal o cual acción merecemos una gratificación o un castigo. Para cada acción hay una reacción se nos dice desde pequeños, pero a veces sólo vemos reacciones superficiales donde somos nosotros quienes nos beneficiamos o perjudicamos. Si llegamos tarde a la escuela, tenemos retardo, tres retardos son una falta y tres faltas nos excluyen del derecho a presentar examen. En el trabajo si llegamos tarde perdemos el bono de puntualidad o nos disminuye la quincena que tanto esperamos. De tal manera que la lógica actual es: No tengo que llegar tarde para no perder mi bono; tengo que llegar a tiempo para no perder mi derecho a examen. Una ética completamente utilitarista, sin un verdadero valor y fundamento humano, sino solamente viendo los intereses personales y la pérdida, o en su caso, la recompensa por un acto especifico. No existe la convicción.

Lo cierto es que todo esto no crea una verdadera sociedad, un pueblo justo, pacífico, responsable y solidario. Tenemos que darnos cuenta que no debemos de llegar temprano sólo para merecer un bono, tengo que llegar temprano porque hay un turno esperándome, personas que entran a la misma hora y esperarán mi ayuda, personas que estarán esperando que los atienda y tengo que respetar su vida y su tiempo.

Tenemos que aprender que el hecho de no manejar bajo el influjo del alcohol, no debe ser por una multa o sanción que podemos adquirir, sino que al manejar en mal estado, ponemos en peligro la propia vida y la de los demás. Tenemos que entender que así como yo quiero calles seguras y limpias, conductores responsables y policías honestos, así los demás también lo desean. Es mi obligación, ante mí llega una “noticia de deber” a la cual tengo que responder, a esto es la responsabilidad, la capacidad que tengo para responder a mi deber como ciudadano, padre de familia, trabajador o estudiante.

Si verdaderamente queremos una ciudad diferente tenemos que cambiar nuestra ética de la sanción por una ética más intelectual, donde no influya mi bolsillo o mis intereses sino mi deber ante mi vida y la vida de los demás. Según el pensamiento Aristotélico todos buscamos el bien, sin embargo debemos de buscar el bien mayor y más perfecto, y es más perfecto el bien común que el bien propio. Luego entonces, ya sea porque queremos vivir en una mejor ciudad o porque queremos dejarle a nuestros hijos y nietos un mundo mejor, es necesario que empecemos a tomar decisiones responsables y honestas.

Esperemos que el proyecto que implemente el presidente municipal empiece a general cambios esenciales en nuestra sociedad y podamos verdaderamente empezar a caminar hacia una sociedad más justa. El presente y futuro de nuestra sociedad está en nuestras manos.

isbaalvg@hotmail.com

 

 

 

28Sep/15

Ante el reto del relativismo

Por Carlos Mario Jiménez Vargas*

Un hecho palpable que describe parte de la realidad actual es la mentalidad relativista. Frases como “cada cabeza es un mundo”; “nada es verdad; nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira”; “nadie es quien para decirte qué hacer con tu vida”; entre otras más, reflejan lo difundido de esta mentalidad.
Se podría describir el relativismo como aquella postura según la cual se renuncia a ordenar la vida en base a principios y verdades generales, comunes a los intereses y necesidades de todos. En su lugar, se privilegian toda clase de argumentos, que no necesitan ser justificados para ser impuestos a los demás. Entre las explicaciones más recurridas que avalan y difunden está mentalidad está lo poco práctico y casi imposible que es el encontrar principios comunes a todos los humano. Expresiones que enuncian esta postura sostienen: no me interesa cómo son las cosas verdaderamente, sino cómo quiero que sean, según mi gusto o mis intereses particulares. El único punto de vista a considerar es el mío o aquel que mejor convenga a mis intereses.
Una de las herramientas ideológicas que más han fortalecido a la consolidación de la mentalidad relativista es el uso indistinto de la palabra tolerancia. Sin duda, es un concepto fundamental para la convivencia pacífica entre las personas y el desarrollo de la sociedad, pues además de que permite brindar la oportunidad a quienes habiendo fallado desean enmendar sus errores; pueden restituir su propia condición y de ser posible el mal generado. Sin embargo, apelar a la tolerancia que resguarda a la persona de toda posible confrontación en la búsqueda de razones de conductas y consecuencias en la vida cotidiana.      Esto garantiza que se pueda evadir cualquier posible juicio por haber equivocado o dañado a otros. De esta manera, al solicitar explicaciones ante los hechos no somos ajenos a respuestas como: “es mi vida, no te metas”; “sé que estoy mal, pero no quiero dejar de hacerlo”; “no me juzgues, compréndeme y acéptame como soy y lo que hago”. Otra herramienta de la postura relativista es la tan difundida idea, que sostiene: “todo es interpretación de acuerdo al tiempo y al lugar en el que cada persona se encuentre.” Lo cual nos orilla a convivir en un mundo como la torre de Babel, en donde todos opinamos y nadie nos entendemos. Ambos instrumentos, propician por una parte, el que impere la ley del más fuerte; por otra, que se haga uso indiscriminado de la mentira y la ilegalidad, pues para obtener mis propios fines quedan justificados todos los medios.
La mentalidad relativista ha cundido en diversos ámbitos del hombre y la sociedad. Por ejemplo, en el ámbito de la educación se ha renunciado a la búsqueda por principios comunes o generalizados de la verdad que humaniza la sociedad, nos hemos conformado con las especialidades técnicas, científicas y en efectivos métodos de producción. En el campo de la ética cada persona decide que es lo bueno y que es lo malo; uno mismo es quien juzga cómo debe y quiere comportarse ante los demás. Se ha declarado imposible toda pretensión de establecer una escala de valores o principios de conducta universal.            Intentar decir al hombre de hoy cómo regir su vida es visto como un ataque a sus derechos humanos y como un intento de reducir su libertad. Conectado estrechamente con este punto está el aspecto social, en el cual el relativismo ha venido a traer una fuerte parálisis social, pues en un contexto en donde cada individuo o pequeño grupo busca su propia realización, en ocasiones al margen de los demás, en otros momento a utilizándoles, pero siempre para alcanzar metas políticas, temores o aceptaciones de ideas o criterios. Finalmente, en el tema de la religión, la mentalidad relativista ha puesto en crisis los contenidos doctrinales y morales de las principales religiones, pues la persona ya no se acerca a una religión para adherirse a su doctrina y a un estilo de vida, sino que se visualiza como alguien capaz de determinar qué es lo divino, en qué creer, que tiene que ser tenido como sagrado y qué puede ser ignorado como irrelevante. Esto ha llevado a concebir la religión como un mercado lleno de ofertas, que me sirvan al momento de no poder alcanzar las cosas que tengo en mente conseguir, por necesidad o por gusto.
Las consecuencias que acarrea el relativismo son muchas. De entrada la persona queda desprovisto de todas sus raíces y referencias que le permiten situarse en el mundo, queda condenado a la temporalidad y a la inmediatez de una sensación o un pequeño estado emotivo. Debe asimilar la idea que ha de renunciar a toda referencia al pasado y a lo que otros han dicho y hecho, pues lo único que importa o vale es lo puesto yo como medida de todas las cosas pueda establecer como verdad, como valor, como criterio de conducta social y como fe.

*Párroco en María, Madre del Redentor en Hermosillo