Archivos de la categoría: Ministerio y vida

17Mar/16

Condiciones y satisfacciones del perdón

No podemos experimentar la pascua si nuestro corazón se encuentra encadenado a dolores y penas.

Por Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete*

 

¿Qué es el perdón?

Perdón, es la acción de destruir una ofensa que hemos recibido, a base de amor y comprensión. Perdona quien opta por no sentir rencor, por no atormentarse con el agravio recibido. Es un acuerdo que se lleva a cabo entre dos personas, en él, el ofensor ofrece su arrepentimiento al ofendido y éste acepta de parte de aquel, una satisfacción, unas palabras o gesto con las cuales se da por consumado el hecho. Los antiguos judíos, a manera de satisfacción u ofrenda de reparación, presentaban en el templo, el sacrificio de animales, palomas, corderos o toros. En el Antiguo Testamento, no existía el perdón como una norma de conducta hacia el prójimo; el perdón provenía de Dios y era para el hombre arrepentido únicamente; era válido pedir a Dios el castigo para el enemigo: “Por tu amor, aniquila a mis enemigos, pierde a todos los que oprimen mi alma, porque yo soy tu servidor”, (Sal. 143, 12).

En el Nuevo Testamento, en cambio, Jesús enseñó que el amor de Dios por sus hijos es un amor misericordioso, que se compadece del sufrimiento más que enfurecerse por el pecado cometido, y nos señaló el deber de practicarlo en el prójimo “setenta veces siete” (Mt. 18, 22), es decir, sin cesar, porque el amor de Dios no tiene límite, el perdón del hombre hacia su hermano tampoco debe tenerlo. Entre el perdón que Dios nos da a los

 

La misericordia según Jesús

La vida de Jesús fue repetir la historia de este amor misericordioso. En cierta ocasión, cuando un grupo de hombres sabios querían hacer “justicia”, apedreando a una mujer, para eliminar así el pecado que ella llevaba a todos lados, Jesús en lugar de castigo, ofreció, misericordia: “Tampoco yo te condeno, vete y no peques más”, (Jn. 8, 11),  dice  a la mujer, y le da el perdón.  Jesús, compartía su tiempo con pecadores de todo tipo para hacerles sentir el corazón amigo de Dios.

Jesús simplemente expresaba la misericordia de Dios, perdonando. “Padre, que no sea mi voluntad, sino la tuya”, dijo Jesús en el huerto antes de ser apresado. Esas palabras hubieran sido muy sabias en el hijo mayor, que señaló los defectos del hermano y reprochó su actitud al padre. Lucirían también muy hermosas en nuestra vida, si valoráramos la misericordia que nos da, como Padre Bueno.  No hay actitud más cristiana que el perdón, que dolernos de nuestras propias faltas,  y ser misericordiosos y justos con el prójimo y nuestras personas.

 

El valor del perdón

El perdón tiene un valor inmenso; es una ofrenda excelente ante Dios que además trae mucho bien al alma del hombre. Por eso debemos preguntarnos,  ¿sabemos perdonar? Decimos que sí, pero no es verdad, porque no perdonamos con la alegría de haber recobrado la confianza del ofensor; perdonamos a regañadientes, con reservas o bajo condición, humillando. El perdón exige ciertas condiciones, la primera de ellas, el arrepentimiento; todos guardamos culpas secretas, miedos, humillaciones, rencores, recuerdos dolorosos con los cuales nos torturamos y que pueden llegar a enfermar nuestro cuerpo. El Padre Bueno (Lc. 15, 11-32) quiere aliviarnos de todo eso con su misericordia; si no sentimos pena por las faltas cometidas, si las consideramos un acto de “justicia”, no estamos en condiciones de perdonar. El perdón es un acto de humildad; la persona soberbia argumenta que su enojo está sólidamente justificado, sentencia y condena el proceder del prójimo sobre él y se niega a restablecer la relación con el ofensor. El humilde en cambio, se alegra con el que arrepentido viene hacia él y le ofrece su corazón. La condición más difícil de cumplir en el perdón es la paciencia; tratamos de seguir la voluntad de Dios por respeto y fidelidad, pero aún sentimos algo de dolor con la cercanía de quien nos ofendió; el perdón es un proceso, como el de los frutos en su maduración, tienen que pasar los días para que llegue el momento óptimo; no perdonamos al instante, no olvidamos inmediatamente, pero con este propósito llegará el momento en el que ya no existirá  dolor al recordar.

Perdonar es bueno porque nos deja satisfacciones muy gratas; perdonar nos trae la paz; sacar de nosotros una ofensa, un mal recuerdo, alivia el alma de su cansancio y deja en el corazón el camino libre para que fluyan nuestras virtudes. Perdonar nos trae fortaleza; el perdón es una batalla contra nuestro egoísmo, derrotarlo nos deja la sensación de fortaleza, nos capacita para como Jesús pidió, nuestra justicia y misericordia sea ilimitada. Finalmente, perdonando, ganamos la complacencia de Dios; “En esto conocerán que son mis discípulos”, (Jn. 13, 35), en cumplir el mandamiento del amor a Dios y al hermano; el distintivo del creyente es la caridad, el amor al prójimo; el que ama mucho a su hermano igualmente ama al Señor.

La Cuaresma es el camino que nos lleva a la Pascua. Los días santos ya están cerca y debemos vivirlos adecuadamente. La alegría de la Pascua próxima no la podemos experimentar si nuestro corazón se encuentra encadenado a dolores, rencores o penas. Que esta Cuaresma no pase en vano,  tratemos de llegar  al final de ella sabiendo perdonar y con el corazón lleno de alegría para celebrar la resurrección de Jesús.

 

 

* Párroco en Nuestra Señora de Fátima en

Magdalena de Kino, Sonora

 

08Mar/16

Lo humano y lo divino

Por Pbro. Alberto Melendrez Nafarrete*

En el evangelio tenemos un momento fundamental de la vida de Jesús: la Transfiguración. Nos cuenta la Palabra de Dios, que Jesús, acompañado de sus apóstoles más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, subió a una colina, el monte Tabor. Y allá en lo alto, mientras Jesús oraba, los apóstoles vieron que su apariencia física cambiaba, volviéndose radiantes su rostro y ropas; al mismo tiempo, aparecieron junto a Jesús, Moisés y el profeta Elías.

Los apóstoles al contemplar el prodigio, se llenaron de asombro y experimentaron un gran gozo espiritual, que pretendieron prologar, construyendo tres chozas para habitar por siempre aquel lugar.

Escucharon también una voz que bajaba desde una nube diciendo: “Este es mi Hijo… escúchenlo”.

El pasaje del la Transfiguración de Jesús es esencial dentro de su ministerio. El Hijo de Dios vino al mundo a dejarnos la invitación a algo a lo que todos tenemos derecho: la Gloria.

 

Lo humano y lo divino

San Lucas nos pone de manifiesto la existencia de dos mundos distintos. Primeramente el mundo al que pertenecen los personajes que aparecen junto a Jesús, Moisés y Elías; es el ámbito divino, es el espacio de la fe; cuando deseamos encontrarnos con Dios, le buscamos en su casa, el Templo, para meditar, para orar, para buscar un poco de su paz; le buscamos también en las Sagradas Escrituras, la Biblia es un libro al cual le guardamos un respeto especial y no le abrimos como a cualquier otro. Todos nos sentimos distintos cuando nos acercamos a éste círculo divino, como aquellas multitudes que gustaban de escuchar a Jesús y estar con Él. Este espacio sagrado es el que contemplaron los apóstoles y desearon eternizarse en él construyendo tres chozas, es el mundo al cual se deben dirigir siempre nuestras esperanzas; todos los creyentes debemos aspirar siempre a la gloria, a las promesas que nos hiciera el Hijo de Dios.

El otro mundo que apreciamos en el evangelio, es el de los hombres, el de Pedro, Santiago y Juan, que acompañaron a Jesús hasta la cima del monte. Aquí es donde existen las fatigas, los sufrimientos, los sacrificios. En el desierto, Jesús conoció la realidad de este mundo, al experimentar la debilidad humana, hambre, frío, miedo, la tentación que le ofrecía el demonio; en este mundo es donde tropezamos con el pecado que nos mancha y aparta de Dios. Este mundo no carece de sus goces, hay en él, muchas cosas positivas, como la satisfacción de las relaciones personales en las que existe el amor sincero, de los padres a los hijos y viceversa, el cariño  que recibimos y damos a los amigos, el bienestar material que nos da tranquilidad y la oportunidad de hacer el bien a quienes apreciamos; pero lo que tenemos en el mundo no lo es todo, hay algo superior a nuestros gozos más grandes, y es lo que contemplaron los apóstoles al despertarse, la gloria de Dios.

 

“Sería bueno que nos quedáramos aquí”

En el evangelio, los apóstoles desean permanecer para siempre en la cima de aquel monte. “Sería bueno que nos quedáramos aquí”, dice Pedro, expresándose como cualquier hombre que busca la felicidad y que cree haberla encontrado en la sensación de bienestar que le produce aquello que más le gusta. Pedro pretende renunciar a ese mundo humano en el que se desenvuelve, y pasar a disfrutar la gloria de Dios.

Como humanos, las tareas cotidianas, las ocupaciones personales, las responsabilidades y deberes nos absorben, nos desgastan, nos cansan, en ocasiones nos enferman; trabajamos para vivir y nuestros deseos son siempre el descanso y el gozo personal; la idea que todos tenemos de felicidad,  es tener todo lo que nos proporcione una satisfacción. Hoy se promueve que la persona feliz es la que hace lo que quiere, que no se limita en su pensar ni actuar, que vive el hoy porque el mañana es muy incierto. Nosotros adoptamos la mentalidad del mundo, de la sociedad, aceptando como bueno y verdadero lo que vemos en la televisión, situaciones de inmoralidad, de faltas a la dignidad de los demás y de bastante egoísmo. Es muy triste ver lo que sucede, la manera como las personas pierden el sentido de lo divino, que está presente en el mundo y en cada individuo.

 

“Nosotros somos ciudadanos del Cielo”, (Flp. 3, 20)

Esos dos mundos del evangelio, el humano y el divino, permanecen en cada uno de los bautizados, y lamentablemente uno de ellos oprime o descuida al otro. Todos tenemos alma y cuerpo, una naturaleza divina y a la vez humana, y mientras con la carne pecamos, con el espíritu nos dirigimos hacia Dios. Por la fe, deseamos conocer más a Dios, servirle, expresarle nuestra reverencia por medio de la obediencia, pero todo ello nos resulta difícil cuando cedemos a nuestra condición humana, cuando solamente deseamos y trabajamos por los bienes del mundo.  “Muchos viven… como enemigos de la Cruz de Cristo, cuyo final es la perdición,… que no piensan más que en las cosas de la tierra”, (Flp. 3, 18-19).

Como hijos del Dios en medio del mundo, debemos aspirar a los bienes del Señor, sí, y debemos ganarlos a la manera como Jesús sugiere en el evangelio, con esfuerzo, en medio de las contrariedades de la vida, en medio de este mundo. En el Evangelio Pedro quería la recompensa sin haber hecho un servicio; en la vida diaria todos queremos bendiciones sin haber hecho antes nuestra penitencia, nuestros méritos. Todos nos sentimos con derecho a reclamarle a Dios los privilegios de nuestra Fe, que nos debe protección, ayuda, pero antes debemos testimoniarle nuestra obediencia sin objeciones. Todos buscamos la comodidad, halagar nuestros sentidos, pero no debemos descuidar las semillas de divinidad que poseemos desde nuestro bautismo.

Nadie puede transfigurarse como Jesús, volverse radiante y admirable en su exterior, si desde su interior no ha habido un cambio que le ha obligado a humillarse y aceptar lo que Dios dispone. Todo lo que guardamos en el interior se refleja en el exterior, el sufrimiento mal asumido, el rencor, el odio, se expresa en las palabras, en los hechos, en las miradas. De igual forma, la bondad, la caridad, la santidad y la fe de la persona, queda testimoniada con sus actos, todos admiramos a aquella persona que trasmite la presencia de Dios, no nació así, sino que ha tenido que esforzarse para ello.

La Palabra de Jesús es un mensaje que debemos anunciar a los demás con nuestra propia vida, asumiendo esas peticiones sin sentido que nos hace, para poder lograr que brille en nosotros la Gracia del Señor. Tengamos en cuenta nuestro espíritu, el mundo divino que cada uno guarda en el interior y debe cuidar, la Fe. Todo aquello que promueve el mundo, pasa y caduca, en cambio, la Fe permanece, y luce muy bien en todos, en los niños, en los jóvenes, en los adultos; en los matrimonios, en los solteros.

Recordemos siempre, la Fe es obediencia, escuchar y obedecer lo que Dios nos manda, aunque en ocasiones no lo comprendamos.

 

*Párroco de Nuestra Señora de Fátima

En Magdalena de Kino, Sonora

09Feb/16

La oración meditada, un acto de fe

“El Espíritu del Señor está sobre mí…”, (Lc 1, 1-4; 4, 14-21)

Por Pbro. Alberto Melendrez Nafarrete*

La misión de Jesús

En la sinagoga de Nazaret, Jesús descubrió algo muy valioso: el sentido de su vida; y lo hizo a partir de la lectura de la Palabra de Dios. Hasta entonces Jesús, recién bautizado, visitaba a los pueblos y predicaba en las sinagogas, asombrando a quienes le escuchaban, y ganando el respeto de quienes veían en Él la sabiduría de Dios; pero Jesús no vino al mundo a realizar milagros; la misión del Hijo de Dios era cumplir lo que Dios Padre había prometido, acompañar al que padecía y anunciar la buena noticia del Reino de los Cielos.

El pueblo conocía a Dios, era dueño  de una tradición religiosa antigua y extraordinaria, que mantenían viva con la celebración de los ritos y fiestas, y el cumplimiento de los mandamientos, pero los hombres del tiempo de Jesús aún no conocían todo el amor de Dios; ignoraban que Dios es capaz de perdonar los pecados más terribles con la finalidad de mantener a sus hijos a su lado; desconocían que el Señor había reservado para sus hijos un lugar en el Reino; jamás imaginaron que la bondad de Dios fuera tan grande que se acercaría a sus creaturas por medio de su Hijo. Y eso Jesús lo descubre, leyendo los libros sagrados, y por inspiración del Espíritu Santo.

 

Las Sagradas Escrituras iluminan nuestro camino

En Nazaret,  Jesús hace algo que nosotros pocas veces hacemos: dejarnos iluminar por la Palabra de Dios. En estos días le otorgamos una autoridad superior a la opinión de los demás, a las voces de la sociedad o de nuestra conciencia; hoy, no es tan usual recurrir a la Palabra de Dios para iluminarnos.

En el evangelio tenemos un ejemplo de la oración meditada y una invitación a practicarla nosotros mismos. Todos debemos reconocer que en nuestra vida espiritual lo que más descuidamos es la oración, especialmente la de meditación que se lleva a cabo con la lectura de la Biblia, en silencio. En estos días tenemos todos los medios posibles  para acercarnos a la Palabra del Señor; en los tiempos de Jesús, la mayoría de las personas no sabían leer, no era indispensable, ya que los libros no abundaban; la gente entraba en el conocimiento de la historia sagrada al escucharla en las ceremonias del templo.

Hoy en la mayoría de los hogares hay un ejemplar de la Biblia, todos sabemos leer y escribir, y no buscamos aprender ni orar con la Palabra de Dios; hemos convertido a las Escrituras en un objeto de ornato, abierta, para que nos obsequie sus bendiciones como un amuleto que nos proteja.

La Biblia es para leerse, para conocer su contenido, sus enseñanzas, y con ellas  dar un consejo a quien lo necesite, para buscar consuelo en los momentos difíciles, para encontrar una respuesta a nuestras dudas, para orar con ella mediante la lectura. Así como al cantar oramos, al leer sucede lo mismo, nos unimos a Dios, le alabamos, conocemos, y le permitimos que ilumine nuestro camino.

¿Quién en sus problemas, recurre a la Palabra de Dios? Pocos. Más bien recurrimos a la desesperación, al amigo, a la superstición. Queremos soluciones reales, prácticas, inmediatas, y no consideramos a la oración como un recurso eficaz.

La oración es el momento en el que acercamos nuestro  corazón al de Dios, para alabarlo, para solicitarle algún favor, para darle gracias, para pedir perdón y para contemplarlo. Cuando oramos Dios nos escucha. Y cuando leemos y meditamos su Palabra es Él quien habla al hacer nosotros silencio. Leer la Biblia es la manera más sencilla como el Señor puede dirigir nuestra vida.

Acercarse a la Sagrada Escritura no es solo leer, y realizar un acto intelectual; es llevar a cabo un acto de fe.

 

Las condiciones de la oración meditada

La oración, en este caso, la lectura de la Palabra tiene que ser habitual, constante, y no cuando sintamos el deseo de hacerlo; tiene que ser parte de la vida; en aquella parábola, del amigo inoportuno (Lc. 11, 5-13), Jesús nos enseña que la oración debe ser insistente.

¿Cómo recogemos los frutos de la oración? Con nuestra constancia, insistiendo. Las cosas no se obtienen con solo desearlas, sino trabajando en ellas.

La segunda condición es la paciencia; tener la seguridad de que lo que hacemos es algo bueno,  que posteriormente veremos su rendimiento. Cuentan que en cierta ocasión san Juan María Vianney, el Cura de Ars, escuchaba a un sacerdote quejarse de sus fieles, y le dijo: “¿Ha predicado usted, ha orado, ha hecho penitencia, sacrificios? ¿No? Mientras no empiece a hacer lo más difícil, no tiene derecho a lamentarse”. ¿Cómo podemos llegar a sabios si nos desesperamos y renunciamos a este propósito? Si no empezamos a leer la Biblia pacientemente nunca la llegaremos a conocer.

La palabra de Dios no es fácil de comprender, sobre todo para los curiosos e inconstantes, pero el Espíritu de Dios ilumina a los de corazón sincero que se acercan a ella.

La tercera condición es la humildad; hay quien se acerca a la Escritura con presunción, con soberbia, sin otro interés que descubrir incoherencias o inexactitudes. ¿Será posible que existan errores en las ideas de Dios? Ninguno. Aún así, hay quienes se acercan a la Biblia para desacreditarla, otros en cambio, para aprender de ella. Dios se comparte, se revela entre los sencillos, entre los que quieren escucharle, conocerle.

 

Jesús dio inicio a su misión en el mundo con la Palabra del Señor en sus manos y su corazón. De esta manera nos ha señalado uno de nuestros compromisos de la fe: la lectura meditada de la Sagrada Escritura, que tiene que ser habitual, paciente y humilde.  La oración meditada la podemos hacer en nuestro hogar, en el templo ante el Sagrario.

Hay quienes se preguntan, ¿para qué orar?; afirman que Dios nos ama tal cual somos, que Dios ha convertido en santos tanto a reyes como a mendigos. No podemos negar que una persona poco instruida puede ser muy amada por Dios y un ejemplo para los demás, pero la ignorancia no es una virtud, y no merece ser alabada. Hay santos, mártires que no hubieran sido capaces de enunciar correctamente la doctrina de Dios, por su edad o por su condición social; los que dieron su vida por amor a Dios hubieran amado muchísimo más a su Señor, conociéndole. Por eso es bueno conocer, aprender, para enamorarnos más de Dios y su Iglesia y eso lo logramos como Jesús lo hace, meditando la Palabra de Dios, inspirados por el Espíritu Santo.

Espiritualmente estamos en deuda con Dios. Le respetamos, creemos en Él, le alabamos, pero le debemos mucho en lo que respecta a la oración. Orar es signo de  comunión, de amor con el Señor. Es nuestra respuesta a la Gracia de Dios.

Pidamos al Señor que nunca nos falte la necesidad de engrandecer nuestro espíritu con la oración, especialmente la oración que medita su Palabra e ilumina nuestra vida.

 

*Párroco en Nuestra Señora de Fátima

En Magdalena de Kino, Sonora

02Feb/16

La obediencia cristiana

Hacer lo que Jesús nos diga

Por Pbro. Alberto Melendrez Nafarrete*

 

El primer milagro que Jesús realizara en Caná, es la primera lección de nuestra vida cristiana: la obediencia a Dios. “Hagan lo que él les diga”, dijo la Virgen María.

Quien desee conocer a Dios, quien conociéndole siente la necesidad de serle fiel,

quien esté dispuesto a vivir como hijo suyo, tiene en la obediencia al Señor, el camino más seguro para lograr su propósito.

La obediencia es la actitud por la cual llevamos a la acción las peticiones o demandas recibidas.  Representa un  gesto de sumisión y respeto a una voluntad  o inteligencia superior, expresado mediante nuestra disposición a complacer lo que se nos pide; llamamos obediente al hijo que sigue las órdenes de sus padres, al estudiante que cumple con sus deberes y guarda la debida disciplina; al ciudadano que respeta las leyes, y por supuesto, al bautizado que cumple la voluntad de Dios.

En el ser humano, la obediencia es parte de su formación; la persona que no aprende a obedecer en sus primeros años, a lo largo de su vida tendrá muchos tropiezos por no haber aprendido la consideración que debe al prójimo.

En el creyente, la obediencia es indispensable, ya que por medio de ella se fortalece la fe que hemos recibido en el bautismo; no podemos considerarnos hijos de Dios si nuestros juicios y pensamientos son diferentes a los Suyos, si nuestras acciones no se apegan a lo que el Señor dispone y espera de sus creaturas.

Por el contrario, aquella persona que, confiando más en la sabiduría de Dios que en su propia intuición, se deja conducir por Él, escuchando su Palabra y acatando sus disposiciones, logra crecer espiritualmente, llegando a conocer la grandeza de su Señor.

La obediencia cristiana tiene su origen en uno de los carismas del Espíritu Santo, el temor de Dios; por medio de este don la persona siente el deber de reverenciar al Señor y evitar la ocasión de ofender su santidad, buscando siempre agradarle. Por medio del temor de Dios, los hijos sienten el deber de honrar a sus padres con la obediencia, y el buen comportamiento, y cuando los progenitores son mayores y los hijos han alcanzado la edad de la independencia, las relaciones se convierten en un diálogo de protección y respeto hacia ellos.

La persona que aprende más de la vida, de las personas, los acontecimientos, de sus propias experiencias es la que obedece.

 

¿Por qué es buena la obediencia?

Jesús nos enseña que la obediencia a la voluntad de Dios es lo que hace vivir a la persona y le da sentido a su vida, lo mismo que la obediencia a la familia. Sin obediencia no hay crecimiento interior, madurez, no hay desarrollo de la personalidad.

La persona egoísta solamente tiene atención para sus juicios, y no es capaz de  apreciar lo positivo de los demás. Erróneamente se piensa que la obediencia limita el ser y la libertad del individuo, privándole de la felicidad;  hoy se anuncia por todos lados que la felicidad es hacer lo que nos venga en gana; se promueve que una persona realizada y plena es la que sigue sus impulsos y apetitos, y no es verdad al contrario, porque quien aprende a obedecer, frenando sus ímpetus, se encamina a la madurez y se educa en el cumplimiento de sus deberes; gana méritos ante Dios y los hombres.

Los padres de familia siempre apreciarán al hijo o hija que les da honor con la obediencia, mientras que el impulsivo o rebelde solo les ocasionará preocupaciones.

La obediencia  es lo más conveniente que podemos incorporar a nuestra vida, porque cumplir con nuestros deberes nos hace felices y nos da paz.

La obediencia a Dios la manifestamos cuando acatamos los mandamientos que Él nos dejó, cuando seguimos las disposiciones de la Iglesia, cuando observamos los acontecimientos que nos rodean y requieren nuestra prudente participación en ellos. Es en suma, una actitud muy grata ante Dios y los hombres.

 

La verdadera obediencia

¿Qué es lo que convierte en genuina y valiosa la obediencia? El amor. Cuando hay amor de por medio, el obedecer, aunque no se comprenda del todo el sentido de la obra que hay que emprender, no nos causa conflicto, a su tiempo veremos los resultados, en su momento nos aprovechará aquello que hicimos. Hay quien obedece de mala gana o maldiciendo en el interior, o impulsivamente como aquellas doncellas que se encaminaron  a la fiesta sin llevar aceite en sus lámparas, (Mt. 25, 1-13); cuando se obedece por amor, se hace con alegría y paz, con la certeza de que hacemos un bien.

La verdadera obediencia consiste en amar, a Dios y a nuestros padres; y en virtud de ese amor, seguir sus disposiciones no son ningún problema; obedecer con amor le da a nuestras obras un sello de perfección.

 

¿Quién es capaz de obedecer?

El sujeto humilde; el soberbio que considera que no tiene por qué subordinarse a nadie, cumplirá por obligación algunas tareas, el humilde en cambio es capaz de someterse a alguien más concediéndole a éste su admiración y confianza. La persona bondadosa; el que odia, el resentido que no tiene por qué sujetarse a las disposiciones de los demás es imposible que obedezca; pero todo quien tenga un buen corazón, por caridad, nunca negará un favor, ni dejará de auxiliar a quien le solicite su colaboración. La persona prudente, que confía en la experiencia de alguien más, pueden ser nuestros padres con sus consejos, o Dios con sus mandatos; la persona prudente se enriquece interiormente, callando él y escuchando a quien conoce más. La obediencia es propia del hombre justo; el pecador se obstina en sus errores, el justo busca la gracia y sabe que la encontrará en Dios y le busca por medio de la obediencia.

El mejor testimonio cristiano que podemos dar al prójimo es el de la obediencia al Señor; “Dios no necesita nuestros trabajos, sino nuestra obediencia”, (san Juan Crisóstomo, Homilía sobre san Mateo, 56); aquel ser humano que no hace daño a nadie, expresa su buen corazón; pero el creyente que por obediencia a Dios hace el bien, hace presente a su Señor. Dios necesita nuestra obediencia para darse a conocer.

Miremos los sacrificios que Jesús experimentó en su vida y en la cruz, para que nuestro ánimo no decaiga en el afán por ofrecerle nuestra obediencia y podamos imprimir en nuestras obras la perfección que Él espera.

*Párroco de Nuestra Señora de Fátima

en Magdalena de Kino, Sonora

07Ene/16

Enfrentar los problemas desde la óptica de Dios

Por Pbro. Luis Alonso Cobácame Rodeles*

 

“Nuestro Dios no es un Dios lejano, intocable en su beatitud” –afirma el papa emérito Benedicto XVI–. Nuestro Dios tiene un corazón, es más, tiene un corazón de carne. Se hizo carne precisamente para poder sufrir con nosotros y estar con nosotros en nuestros sufrimientos. Se hizo hombre para darnos un corazón de carne y despertar en nosotros el amor por los que sufren, por los necesitados…

Quizá por eso a los Padres de la Iglesia les gustaba mucho la profecía del profeta Ezequiel: «quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ezequiel 36, 26). Convertirse a Cristo, hacerse cristiano, quería decir, pues, recibir un corazón de carne, un corazón sensible a la pasión y al sufrimiento propio y de los demás”

 

Dios dispone todas las cosas para bien de sus hijos

Si fuimos creados por amor y con un propósito salvífico, entonces debes llenarte de esperanza, porque en su proyecto salvador Dios puede usar para tu bien incluso tus experiencias más amargas y tus fracasos. Más aún, él puede sacar provecho de tus propios errores para forjar tu carácter y para hacerte madurar.

De veras, cuando comiences a descubrir ese amor de Dios en tu vida, te darás cuenta de que él se vale de cualquier circunstancia para hacerte crecer. Y aunque no lo creas, hasta los problemas y las carencias humanas se vuelven una bendición cuando logras estar en sintonía con el plan que Dios tiene para ti.

Pero, ¿Por qué querrá Dios aprovechar los problemas para forjar nuestro carácter a ejemplo de Jesús? Por una sencilla razón: Nadie es inmune al dolor, nadie puede evitar el sufrimiento y nadie consigue andar por la vida sin ninguna dificultad.

Sin embargo, debe quedarnos claro que no hay que pasarse la vida buscando los problemas o provocándoselos a los demás. Tampoco hay que pensar que éstos son voluntad de Dios, sino que son fruto de nuestra condición humana limitada.

Y para entenderlo mejor, analicemos un texto de la Sagrada Escritura y sabremos lo que Dios piensa de nuestros problemas. El texto dice así: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo” (Romanos 8, 28-29).

 

  1. “Sabemos que Dios dispone todas las cosas…

Notemos que el texto no dice: “Sabemos que Dios hace que todas las cosas sucedan como yo creo que sería correcto”. Tampoco dice: “Sabemos que Dios hace que todo suceda para tener un final feliz”. Y mucho menos dice: “Sabemos que Dios nos ama tanto que no permitirá que las cosas que suceden nos lastimen”.

Por el contrario, el texto dice: “Sabemos que Dios dispone…” Es decir, Dios sabe aprovechar todo lo que te suceda para tu propio bien, por eso, si tú quieres, cada circunstancia de tu vida puede acercarse más y más a él.

Además, estas palabras nos  dejan claro que el plan de Dios involucra todo lo que te pasa, incluyendo tus errores, pecados y heridas. La enfermedad, las deudas, los desastres naturales, el fracaso y la muerte de los seres queridos. Todas las cosas pueden ser usadas a tu favor si están en manos de Dios. El Padre puede producir algo bueno para ti, incluso del peor mal.

 

  1. “para el bien de los que aman a Dios…

Esto no significa que todo en la vida sea bueno. Por el contrario, mucho de lo que pasa en nuestro mundo y en nuestra vida es malo y desagradable. Pero Dios se especializa en producir algo bueno de todo lo que pase, por eso podemos afirmar que el propósito de  Dios para tu vida está por encima de tus problemas, de tu dolor, de tus fracasos, e incluso de tus pecados; todo ello es una oportunidad para forjar tu carácter. San pablo decía: “Sabemos que el sufrimiento produce paciencia. Y la paciencia, entereza de carácter” (Rom. 5, 3-4).

 

Pero, ¿Cómo podremos enfrentar los problemas desde la óptica de Dios?

  1. Recuerda que el plan de Dios es bueno

Dios quiere lo mejor para ti y está dispuesto a aprovechar cada acontecimiento de tu vida para tu bien, pues él tiene siempre presente tus mejores intereses y tus mejores intenciones. Por eso es muy importante que cuando ores te concentres en lo que Dios quiere para ti y no en tu dolor o en tu problema.

Además, no cedas ante el pensamiento a corto plazo. Mantén tu mirada en el resultado final, en tu felicidad integral, en la globalidad de tu vida y de quienes la viven contigo, en el propósito de Dios para tu vida.

 

  1.  Niégate a darte por vencido

En otras palabras: Sé persistente y paciente. No olvides que la formación del carácter es un proceso lento, sin presiones, sin empujones. El secreto del éxito está en la persistencia, en la constancia, en la perseverancia. Y el principal problema es el inmediatismo, el temor al fracaso, el autoderrotismo.

Y si estás enfrentando un problema ahora mismo, sea cual fuere la causa, no preguntes: “¿Por qué a mí?” Mejor pregúntale al señor: “¿Qué quieres que aprenda de esto?”.

En fin, no te des por vencido (a)… Mejor aprovecha cada circunstancia de tu vida para madurar, con la ayuda de Dios y con tu empeño y persistencia.

 

*Director del Secretariado de Comunicación Social
De la Arquidiócesis de Hermosillo

06Ene/16

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete

“Los reyes ofrecieron sus regalos…”
Mt. 2, 1-12

Han transcurrido ya casi la totalidad de los días de la navidad, y hoy recordamos una de las últimas fiestas de este tiempo: la Epifanía del Señor, la manifestación de Dios a todos los pueblos, representados en los reyes magos.

En ellos debemos ver el deseo constante y humilde por encontrar al Rey del Universo, a pesar que para ellos existan pruebas difíciles.

En el evangelio, tenemos un pasaje muy hermoso. La llegada de los tres reyes magos a Belén. Tres reyes, viajeros, aventureros, valientes, nobles y poderosos. La tradición nos cuenta que cada uno procedía de países lejanos, eran por tanto, de razas distintas, uno rubio, otro negro, y uno de ellos anciano. Viajaban en camello, caballo y elefante. Llevaban consigo valiosos obsequios para el gran rey. En el evangelio aparece también una estrella que representa la bondad que guía a estos tres hombres, y un villano que se opone a las buenas acciones de los reyes, el rey Herodes gobernante de Judea, acompañado de sacerdotes y escribas que apoyan sus malas intenciones. Y el centro del relato es el niño Jesús, a quien desean conocer estos cuatro reyes, tres de ellos para venerarle, y Herodes, para exterminarle.

 

La búsqueda de Dios. Hoy el evangelio nos ha presentado el empeño de unos hombres en la búsqueda de Dios. La búsqueda es la actividad que tiene por fin encontrar a una persona o recuperar un objeto que se ha perdido y nos es útil, y en el caso de la persona, alguien amado. En Jerusalén, a los doce años, Jesús se perdió, la Virgen María y san José le buscaron infatigables hasta encontrarle en el Templo.

Al referirnos a la búsqueda del Señor, éste es un objetivo, una meta de los bautizados, que  solamente  pueden realizar quienes  verdaderamente tienen recta intención y necesidad de Él, como aquellos  que reconocen un vacío en sus vidas y desean llenarlo con lo que verdaderamente colma el espíritu.

Todos estamos llamados a buscar a Dios a través del estudio de su Palabra, del servicio al prójimo, de la amistad que surge con Él a partir de la oración, sin otra intención que conocerle más, amarle más, como los reyes magos que buscan a ese rey para rendirle honores.

En estos días, más que buscar al niño Dios, ponemos nuestro interés en la búsqueda de los regalos que Él recibiera.

El oro. Hay personas cuya única preocupación es lo material, los bienes, el tener. Su tranquilidad y su fuerza están puestas en el dinero, “si me sacara la lotería”, “si recibiera una herencia”, “si tuviera un mejor trabajo”. Sus angustias son por la falta del mismo y su alegría sus ingresos. Los bienes son necesarios, indispensables, pero hay muchos valores que los superan. Es más valiosa y apreciada una persona educada y sensible a los demás que aquella otra que tiene una posición desahogada y se desinteresan de sus semejantes. El dinero resuelve algunos problemas, pero también acarrea otros, nos convierte en personas avaras, egoístas, desconfiadas, y además, engreídas. Por ir detrás de este regalo, hay quienes pierden su dignidad, principios. Los bienes son de Dios, Él los da a quien los merece por su esfuerzo y los retira de quienes los toman sin pertenecerle o por medios deshonestos.

Otro regalo que recibiera el niño Dios fue el incienso. El incienso es una ofrenda que se hace a Dios en ciertas celebraciones, y representa la oración fragante que surge del corazón ardiente que se eleva a su Señor; el incienso es honor. Hay personas que se desviven por recibir honores y distinciones, que se sienten importantes al estar por encima de muchos, y poder dirigir, hacerse obedecer por los demás; hay quienes olvidan el respeto a sí mismos por un poco de poder, y son capaces de cosas lamentables y penosas por el honor, el buen nombre. Dios nos dio a todos una dignidad, nuestra calidad de personas nos hace dignos de respeto por sí solos.  No necesitamos un puesto, un cargo, o estar cerca de alguien importante para sentirnos valiosos; ante Dios todos lo somos, el que está encumbrado y el que tiene una posición humilde son igualmente dignos de su amor. Jesús tuvo por apóstoles a hombres muy distintos, unos finos y educados como Mateo; otros de buena posición como los hermanos Juan y Santiago; unos, humildes pescadores, Pedro, Andrés; con todos tuvo la misma actitud de bondad y respeto. De la misma forma, nosotros debemos ser comedidos y respetuosos con los demás y no pretender ser más importantes.

La mirra. La mirra es una hierba que se utilizaba en perfumería y en medicina para enfermedades bronquiales; la mirra representa la salud. Uno de los deseos humanos es la inmortalidad; quisiéramos vivir para siempre, ver a nuestros hijos y nietos triunfar, abrirse paso en la vida, ser felices. Para ello, a Dios siempre le pedimos salud, y además de ésta, belleza. En estos días, hay una devoción por cuidar el cuerpo, la apariencia, por embellecerse de mil formas y procedimientos, y la supuesta causa de ellos es “es una ayuda a tu autoestima, a tu salud mental”. La belleza y la salud es un don de Dios, pero el valor de la persona no descansa en ella. Cuando nos ocupamos tanto por nosotros mismos, caemos en el descuido de ignorar el bien que podemos hacer a los demás; nos volvemos esclavos de la apariencia exterior, cuando lo más preciado que poseemos son nuestras virtudes; éstas   debemos cultivar y atender para compartirlas con los demás. Qué agradable y valiosa resulta aquella persona que tiene un corazón bueno y nos comparte su bondad.

 

Los regalos de los reyes magos a Jesús, el oro, el incienso y la mirra, o la riqueza, el honor y la salud, no se comparan con lo que nos puede dar Dios, el niño Jesús: su amor. La riqueza se puede acabar, el amor de Dios por sus hijos no; el honor lo podemos perder ante los hombres, ser maldecidos y calumniados, Dios misericordioso en cambio perdona las malas acciones que podamos cometer y nos sigue amando; nuestra salud con el tiempo cambia, nuestro vigor y apariencia no vuelven a ser los mismos de antes, pero Dios pone sus ojos en el corazón, no en nuestros cuerpos.

La fiesta de la Epifanía nos dice que todos los creyentes somos peregrinos, caminantes, que todos debemos ir en la búsqueda del Señor, y debemos hacerlo de la mejor manera; Herodes lo hace con furia, porque no desea rivales, y los magos lo hacen con sencillez, con ansias de conocer a ese gran Rey; el creyente debe hacerlo sin intereses de por medio, simplemente para honrar a Dios que nos lo da todo.

 

¿Cómo podemos buscar a Dios? La búsqueda de Dios es primeramente, una motivación de nuestra fe bautismal.  Para encontrar a Dios, debemos buscarlo con fe; con la confianza que inspira el ir tras de Él, sabiendo que encontraremos a su lado el gran tesoro de la Gracia del Señor. Encontrar a Dios significa mantener la paz ante los problemas, una ayuda en nuestros momentos difíciles, un consuelo en las confusiones, luz en los panoramas más oscuros, paciencia en los hechos más angustiosos, respuesta a nuestras dudas.

La búsqueda de Dios exige sinceridad de nuestra parte. Dios no promueve ni permite el ser conocido por quienes le buscan con otros fines que no sean el crecer en la fe. Hay personas familiarizadas con el servicio a Dios, a la Iglesia, desde tiempo atrás y no han podido encontrar a Dios, no son un testimonio suyo, al contrario, apagan el deseo de Dios. En los evangelios, Jesús siempre señaló a los fariseos sus actitudes, la manera tan falsa como vivían su fe, los gestos despectivos hacia quienes no eran como ellos y hacían lo que ellos; los fariseos jamás aceptaron a Jesús, ni siquiera viendo sus milagros creyeron en Él; el bautizado que no es sincero nunca va a conocer a Dios, ni podrá ver sus bendiciones en su vida.

La búsqueda de Dios tiene que ser constante. A lo largo de ella nos podemos topar con hechos que no son fáciles de asimilar si no tenemos una clara conciencia de lo que buscamos. En el camino, Dios nos pone pruebas, nos pide sostengamos su cruz por un tiempo que nos parece interminable; las pruebas ayudan a madurar la fe, y no son una imagen del Dios que buscamos. El Señor no quiere atormentarnos, sino darnos paz; nos exige, y a cambio de nuestra respuesta generosa o titubeante, será lo que recibamos. Jesús prometió el ciento por uno a quien lo siguiera y obedeciera, ¿qué tan constantes somos en buscarle, en esperar, en escucharle, en intentar una vez más poner en práctica lo que Él nos pide? Hay quienes en aquella ocasión que pidieron a Dios un favor que no vieron cumplido, le volvieron la espalda; hay quienes llenos de confianza siguen suplicando constantes al Señor por lo que necesitan y son capaces de ver cumplidos sus deseos.

La búsqueda de Dios se hace con humildad; reconociendo que somos pequeños y que la verdadera grandeza nos viene de ser dignos hijos suyos; el humilde ve en su Señor alguien a quien servir y amar dignamente. ¿Quién puede reprocharnos que creamos en Dios, que encontremos en Él nuestro consuelo y riqueza? Nadie, solamente el ignorante o el soberbio podrán objetar algo. Actitud destacada ante Dios es nuestra humildad, con ella ganamos su atención y confianza.

Finalmente, a Dios sólo pueden encontrarlo los peregrinos, los que inician la búsqueda, y los sabios. Ser sabio es tener la capacidad para asombrarse con lo desconocido y trata de entender el misterio, acercándose para comprender.

La fiesta de la Epifanía nos enseña que la verdadera felicidad no nos la otorgan los regalos hechos a Jesús, la riqueza, la salud y el prestigio, sino el mismo niño que acaba de nacer.

Pidamos a Dios que siempre tengamos el espíritu de quien desea aproximarse a Él, no para ganar algo, sino para ganarlo a Él. Con el corazón lleno de alegría, emprendamos nuestra búsqueda de Dios a lo largo de este año que estamos iniciando.

30Nov/15

Ante el discurso del fin del mundo

Por Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete*

Hoy Jesús nos habla de la Parusía, de la segunda venida del Hijo de Dios; es un pasaje lleno de elementos que producen variadas impresiones; a algunos les despierta temor y angustia, y a otros, fascinación y curiosidad; unos se sientes profetas y a partir de este relato especulan y fomentan el miedo en las personas crédulas y nobles.

El Evangelio de hoy es conocido como el discurso escatológico de Jesús. La escatología nos enseña, y por tanto nos prepara, para vivir las realidades y acontecimientos que podremos ver en los últimos días, en el destino final de la humanidad.

 

La Parusía del Señor

La Biblia no es únicamente una relación de hechos pasados y lejanos, también nos anuncia lo que sucederá mañana, en el futuro. Algo que podremos ver  y experimentar es la Parusía, el retorno de Jesús al mundo, y cuando suceda eso, nos cuenta el Evangelio, no pasará inadvertido para nadie, todos se enterarán, todos sabrán lo que está ocurriendo.

¿Y para qué viene Jesús de nuevo? ¿Para que los hombres lo desconozcamos y lo crucifiquemos nuevamente?  Viene para glorificar el mundo, no a destruirlo ni a castigar. Viene a transformar todo, a acabar con las injusticias utilizando un arma muy poderosa, el amor.

Jesús no viene a aniquilar, a hacer sufrir, a tomar venganzas contra los que lo difamaron,  a enfrentarse a quienes lo despreciaron;  mucho menos a hacer ver su suerte a quienes nos ofendieron.

El gran día del Señor, será un día de llanto y desesperación, pero sólo para aquellos que no se prepararon para este acontecimiento; para los buenos creyentes será un día de gloria y felicidad, donde recibirá por fin la recompensa por la que lucharon, la salvación.

Cuando escuchamos hablar del juicio final, y de la salvación que Dios ofrecerá al hombre,  pensamos que eso es asunto exclusivo de Dios, que la última palabra es suya, y Él decidirá quien la merece, y no es así precisamente.

La salvación depende de Dios porque a todos nos llama a vivir a su lado, a todos nos invita a aceptarla, pero también requiere  el esfuerzo de quien desee alcanzarla.

Dios conoce a todos los bautizados porque este sacramento es un signo invisible para nosotros, pero visible para Él. Él puede ver la fe, y sabe también quién hace el esfuerzo por vivir como nos lo pide, con confianza en su Palabra.

 

El fin del mundo y el amor de Dios

Jesús viene a hacer presente el Reino de los Cielos, el reinado del amor y de la paz. Es el fin del mundo, sí, pero no de la manera  terrorífica como algunos lo imaginan; es el comienzo de un  mundo mejor donde ya no hay guerras, ni enfermedades incurables, ni odios ni venganzas, ni carencias ni desigualdades, ni humillaciones, ni ignorancia.

¿A eso le tenemos miedo? ¿Al fin del mundo en el que hemos vivido para comenzar a vivir lo que siempre hemos deseado? ¿Tenemos miedo a la salvación que Jesús nos ofrece?, es lo que más necesitamos, cambiar, vivir mejor. Las promesas que Dios nos hizo nos hacen mucha falta y debemos desearlas más que temerlas; todos necesitamos de Dios porque necesitamos de su amor.

Los ateos, los resentidos de Dios, necesitan de este suceso, para empezar a creer, porque en su vida no hay nada que los mueva a darle al Señor un poco de credibilidad. Ellos necesitan ver a Dios para rendirse de una vez por todas. Nosotros, los creyentes, en cambio,  los que hemos creído sin ver, sin pedir pruebas ni garantías, simplemente esperamos el día de la Parusía para vivir este gran encuentro con el Señor.

Dios nos quiere tanto, nos ama tanto que no nos abandona, regresa al mundo para exterminar el pecado, el dolor, la maldad. Y muestra de ese amor es la gentileza de anunciarnos que volverá. Si estuviera harto, decepcionado de sus hijos, si por causa de nuestros pecados nos hubiera desahuciado de su salvación, y quisiera destruirnos, llegaría cauteloso, sin avisar; en cualquier instante lo podría hacer; pero su voluntad es salvarnos, no perdernos; es una decisión suya y ante esa determinación somos libres de aceptarla o rechazarla. Ese día Dios no nos obligará a recibir la salvación, eso dependerá de cada quien, de nuestra decisión y nuestra preparación; podemos brillar eternamente al lado del Señor, o convertirnos en unos desdichados para siempre.

Dios no quiere cambiar el mundo a la manera humana, destruyendo. Dios quiere transformar y requiere nuestra ayuda.

 

Vivir el hoy pensando en el mañana

Todos los miembros de su Iglesia tenemos desde nuestro bautizo, la invitación a vivir para siempre con el Señor, pero no todos nos preparamos adecuadamente, porque no acostumbramos a pensar en el mañana. Los niños  viven su presente con alegría, sin preocupaciones;  los jóvenes lo hacen con intensidad, “porque el mundo se va a acabar un día”, los adultos quizá con preocupaciones por el hoy, el trabajo, la salud. Es triste la poca atención que damos a nuestro  futuro, que ni siquiera advertimos que desde nuestro presente lo estamos trazando y definiendo.

El niño, el joven que practica la obediencia, que asume sus responsabilidades el día de mañana tendrá toda la confianza de sus padres; quien se aplica en sus estudios verá sus esfuerzos en sus notas; quien sabe conducirse con propiedad y educación ganará el respeto de los demás; quien hoy cuida su salud, mañana no tendrá problemas físicos; aquellas parejas que se unen y dejan que sea el amor quien los guíe se convierten después en un ejemplo para todos.

Tendemos a vivir el presente, tranquilamente, asegurando nuestra existencia; también podemos llegar a vivir del pasado, torturándonos por lo que perdimos, por lo que nos arrebataron, por el daño que recibimos, por los errores cometidos, tarea inútil, pues nuestro pasado no lo podemos cambiar, a diferencia del presente, que lo podemos mejorar con nuevas actitudes y acciones; a diferencia también del futuro en el cual  podemos tener todo lo que deseemos, poniendo nuestro empeño en lograr lo que deseamos.

Este pasaje del Evangelio, es una de nuestras verdades de fe, la llegada gloriosa del Hijo de Dios para hacer el juicio a la humanidad y un llamado a estimular nuestra confianza y trabajo por el mañana, asumiendo nuestras responsabilidades hoy. Si no hemos atendido nuestros compromisos cristianos, no pretendamos que mañana habremos de tener grandes bienes espirituales. Aquellos que piensan que Jesús nos anuncia una catástrofe, sepan que las Sagradas Escrituras contienen un mensaje de amor, porque provienen de quien nos ama, y desea estar con nosotros para siempre.

 

*Párroco de Nuestra Señora de Fátima en

Magdalena de Kino, Sonora

20Nov/15

Profundizando  el tema de la SANTIDAD

“Bienaventurados los…”, (Mt 5, 1-12)

 Por Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete*

Santo es alguien que vive o vivió cumpliendo la voluntad de Dios. Si nos preguntamos, ¿cuántos santos tiene nuestra Iglesia Católica? No podríamos dar una respuesta precisa, porque no lo sabemos.

Sabemos que el primer santo canonizado oficialmente  fue san Ulrico de Augsburgo en el año 993 (Siglo X) por el Papa Juan XV. Pero antes de él hubo muchos mártires en las diez grandes persecuciones que sufrió la Iglesia católica. A todos aquellos hombres y mujeres que dieron su vida por defender la Fe se les reconocieron sus virtudes por aclamación popular. Sus tumbas se convirtieron en sitios de peregrinación; en centros de reunión donde se celebraba la Misa. Con el paso del tiempo a  muchos de ellos se les olvidó por completo y miles más nunca fueron conocidos, más no por eso perdieron su santidad.

A mediados del siglo XX  (en 1956),  se contabilizaron más de dos mil quinientos santos (2,565 santos), que aumentó a más del doble  durante  el pontificado de  nuestro papa más querido, Juan Pablo II, pues él   llevó a los altares a más de dos mil santos, entre ellos varios mexicanos (san Juan Diego, la madre Nati, el Obispo Guízar y Valencia, los 25 mártires de Jalisco, etc.).

En nuestra Iglesia, aunque a otras agrupaciones religiosas les ofenda y lo cuestionen, tenemos santos. Santos de primera línea, ampliamente conocidos y recomendados, algunos de tiempos muy antiguos, otros recientes. Tenemos santos  con fama de buenos intercesores, excelentes abogados para ayudarnos en nuestros problemas. Tenemos santos especialistas en ciertas situaciones, el amor, la enfermedad, el trabajo, las cosas perdidas. Tenemos santos niños, jóvenes, adultos. Religiosos, laicos, de diversos estados de vida. Y tenemos también, no lo podemos negar, santos anónimos. Si supiéramos cuántos santos existen en total, nos asombraríamos al conocer cuántos hombres y mujeres marcharon de este mundo con una oración en los labios, pidiendo a Dios por la salvación de alguien en especial.

Nos asombraríamos al saber que quizá alguien de nuestra propia familia, tiene un sitio junto a Dios. Que tal vez aquella persona por quien nunca tuvimos alguna simpatía, disfruta de la santidad.

Todos aquellos niños que mueren antes de nacer o en el nacimiento mismo, o por voluntad de sus padres, claro que  han ganado el cielo, por supuesto que son santos. Dios mismo les ha abierto las puertas del Reino. Él en persona les ha canonizado. Sin la necesidad de un proceso oficial de parte de la Iglesia.

 

La santidad tiene nueve pruebas…

Dios nos invita a un paraíso eterno, a disfrutar lo que siempre hemos querido, nos invita a ser verdaderamente felices, a conocer el gozo de tenerlo a Él mirando nuestro rostro sin sentir pena, solo una alegría y paz infinitas. Y preferimos quedarnos en lo que somos: bautizados, hijos de Dios, miembros de su Iglesia; preferimos ser creyentes a ser santos, porque el camino a la santidad tiene nueve etapas, nueve pruebas que preferimos no asumirlas. ¿Qué pruebas son esas? Las Bienaventuranzas (meditemos el Evangelio).

Jesús llama dichosos, felices, bienaventurados a los que no tengan miedo de ponerse en marcha sabiendo que tendrán que experimentar el dolor de la incomprensión, de las burlas, de los malos juicios, de la soledad en la que nos vemos cuando actuamos según la Palabra de Dios.

Qué solo debió sentirse Pablo en sus viajes, cuando después de terminar fatigado en sus predicaciones, solo veía rostros indiferentes y burlones, sin ningún interés en el mensaje que les compartía.

Qué solo y arrepentido  debió sentirse Pedro luego de negar a Jesús. En las sombras de aquella noche debió haber llorado sin cesar por sí mismo.

Qué solo se sintió Juan el Bautista encarcelado, sin sus seguidores.

Nosotros también estamos invitados a la felicidad, nos esforzamos toda nuestra vida por ser felices, pero equivocadamente asociamos a la felicidad con el bienestar material, con la satisfacción de los sentidos, los deseos y no es propiamente así. El mayor bien al que podemos aspirar es la santidad, que alcanzaron ya miles y miles de hombres y mujeres a quienes hoy recordamos y quienes pueden dar testimonio que estos nueve peldaños que son las bienaventuranzas nos conducen a la Gloria.

Nadie nace siendo santo, (la única excepción fue la Virgen María, pura y sin mancha desde su concepción y durante toda su vida), nos hacemos santos a partir de nuestros defectos, de nuestras debilidades, cuando empezamos a luchar contra aquello que nos tortura y esclaviza. Nos hacemos santos cuando aceptamos por compañero al dolor, cuando lo vemos como un amigo, que como todo buen amigo nos ayudará a ser mejores. Cuando no renegamos de él ni le reprochamos que no nos deja en paz ni un instante. El dolor santifica, purifica a quien lo vive. Nosotros no somos santos porque no hemos sabido sacar partido del dolor. Por lo poco atractivo que nos resulta perfeccionarnos.

Qué aburrido resulta un hijo que es obediente, que deja de hacer muchas cosas en su provecho por el bien de sus padres o hermanos; un amigo así no nos despierta mucho interés, preferimos a aquel que es intrépido y no se deja dominar por sus padres, divertido porque hace lo que quiere, que tiene un lenguaje muy gracioso. Pero cuantas satisfacciones da a sus padres un hijo que practica la obediencia, que sabe escuchar un consejo. Ese hijo tiene toda la confianza de los suyos, y nada se le niega cuando necesita algo.

Qué poco atractivo es aquel padre de familia que piensa primero en el bienestar de los suyos, que sabe que su presencia es importante en casa y a ellos les da lo mejor de su tiempo. Pero cuánto amor le guarda su familia.

Qué difícil es ser honesto en estos días, ser valiente, sincero; pero qué gratificante es hacer bien las cosas. Todos estamos invitados a ser santos,  invitados a dejar de contemplar las virtudes de Dios en sus personas y empezar a practicarlas y vivirlas. Santo es alguien que con la ayuda de Dios hace milagros. Nosotros también podemos hacer milagros como el perdón, como el servicio a los demás. Ello requiere esfuerzo, las bienaventuranzas son muy claras y también muy sinceras. Todo esfuerzo tiene su recompensa. Cada lágrima lleva dentro de sí una sonrisa.

Seamos optimistas y miremos al cielo con esperanza, pues es nuestra meta. No debemos conformarnos el aquí y el ahora, viendo como se canonizan injusticias. Como se declaran normales y de uso corriente modas y costumbres.

Dios, que es santo, ha arrojado millones de semillas de santidad a lo largo y ancho del mundo, y una de ellas la hemos recibido nosotros. Todos podemos santificarnos, todos,  con nuestras virtudes  y con nuestros pecados, pero primero tenemos que pretenderlo. Si queremos ser coronados, primero debemos luchar teniendo como armas la sencillez y generosidad que nos piden las bienaventuranzas.

 

*Párroco de Nuestra Señora de Fátima en

Magdalena de Kino, Sonora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12Nov/15

Sobre los Fieles Difuntos

Los justos irán a la vida eterna…

Por Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete*

En estos días, en el evangelio hemos escuchado el discurso del juicio final de los tiempos; el Hijo de Dios volverá para poner un orden justo: hará la división de los que merecen pasar a reinar a su lado, y los que jamás se interesaron en sus promesas; los que vivieron con esperanza en el mañana, y los que solamente vivieron sus días terrenos. Los que vivieron con amor por sí mismos, y los que supieron compartir su amor con los demás.

Esta semana, recién celebramos la fiesta de los Fieles Difuntos, vienen a nuestra mente infinidad de recuerdos de los nuestros. Recuerdos que se han purificado por efecto del cariño que mantenemos aún con ellos. Es que el amor es más poderoso que la muerte misma. La muerte nos puede arrebatar la presencia tan amada de nuestros padres, nuestros hermanos o hijos. La muerte nos separa de  amigos, de  familiares. Pero no tiene poder sobre el amor, esto es lo más importante de nuestra fe. La muerte nos hiere, pero el amor nos dignifica.

Es lo que debemos tener presente, el amor. Más que llenarnos de nostalgia por la ausencia de quienes ya no nos acompañan, más que llenarnos de tristeza por lo que ya no hemos podido vivir junto a ellos, más que  darle lugar a la depresión, debemos recordar con cariño a quien nos dieron parte de su tiempo, a quienes sembraron en nosotros las semillas de sus virtudes. Nadie muere mientras ha dejado algo de sí en quienes le conocieron. Hoy podemos tener una flor en nuestras manos, el día de mañana ésta ya no existirá, pero su aroma habrá quedado en nuestra piel y en nuestra mente. Alegrémonos por ellos que ya tienen por compañero a Dios.

 

La vida y la muerte

Si queremos entender qué es la muerte, primeramente debemos preguntarnos qué es la vida. Para muchos la vida es lo único real y verdadero que tenemos; es el tiempo de disfrutar al máximo porque no sabemos cuándo habremos de marchar; para muchos eso es la vida, tiempo para hacer lo que nos gusta, lo que nos place, sin límites; para muchos la vida es el tiempo para satisfacer todo tipo de apetitos antes de desaparecer. Triste concepción de la vida; tiempo para alimentar el propio egoísmo, porque pensamos que nuestras posesiones nos dan la felicidad y honor ante los demás.

La vida es un tiempo para vivirlo en nuestro provecho, no para convertirlo en un pasaje de goces egoístas, y lo que convierte la vida en vida auténtica es el amor.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que la vida es un “Tiempo de gracia y misericordia que Dios ofrece para realizar la vida terrena según el designio divino y para  decidir su último destino”, (CIC. 1013).

El destino del ser humano no es la tumba. A lo largo de sus días, el hombre madura biológicamente, se desarrolla y sus funciones vitales van disminuyendo hasta que cesan completamente. Es un proceso que nada ni nadie puede detener; todos nos encaminamos hacia el final de nuestros días; para algunas personas eso es triste y les llena de angustia, concluir sus días y marchar a lo desconocido. Nuestra actitud hacia esta realidad cambia a lo largo de nuestros años; a  un niño la muerte le llena de miedo; a un joven le puede provocar curiosidad, tiene cierto misterio que le cautiva, recordemos que muchos suicidios y accidentes ocurren entre los jóvenes que no tienen conciencia del valor de la vida; en la madurez,  las personas pueden llegar a desear la muerte, por considerarla la solución a todo problema, error también. Qué decepcionante es pensar que luego de nuestra partida no hay algo más. Qué lamentable es desaprovechar los años de nuestra vida y no prepararnos para este viaje que nos llevará al encuentro con el Señor.

 

Saber vivir

            Vivir bien. Hay personas que a lo largo de sus días se afanan y luchan por el bienestar propio y de los suyos; es un propósito noble, una muestra de caridad tratar de vivir bien, pacíficamente, sin causar ningún problema a nadie. La mayoría tratamos de vivir bien y en paz con el prójimo, damos y recibimos cariño, nos cultivamos. Pero nuestra vida no la debemos vivir bien, debemos vivirla de manera excelente.

            Vivir bien es vivir dignamente, trabajar por el sustento y demás necesidades que dan satisfacción y paz a la persona y a quienes dependen de ella. Viven bien los padres de familia que cumplen sus responsabilidades; viven bien los hijos que obedecen a sus padres y les dan la tranquilidad de su buena conducta; viven bien todas aquellas personas que desempeñan su oficio o profesión honestamente. Pero eso no lo es todo; lo más importante de la existencia es la búsqueda de Dios y desear un día acompañarle en la Gloria.

            Vivir de manera excelente, es añadirle a nuestra vida, el amor por Dios y sus promesas. Vive de manera excelente, el padre y madre de familia que además de sus deberes cree en el Señor, que frecuenta los Sacramentos, que en el hogar los hijos le ven hacer oración, leer las Sagradas Escrituras. Vive de manera excelente el hijo que se preocupa por conocer la voluntad de Dios que le indica sus deberes hacia el prójimo, y tiene por primeros beneficiarios de su buen proceder a su familia. Vive de manera excelente toda persona que desee tener parte en la Gloria de Dios y trabaje por ello, practicando la misericordia en sus semejantes, “¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos…enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?…Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”, (Mt. 25, 37-38).

La vida no es ese tiempo para formarnos como seres humanos honestos, para divertirnos y dar algunos gozos a los demás. La vida es ese periodo bondadoso que el Señor nos obsequia para que además de las obligaciones de nuestro estado de vida y edad, lo empleemos en la preparación para el encuentro con Él. Llegará ese día terrible para el que no supo aprovechar sus días, que malgastó sus años en amarguras, que se quedó atrapado en sus traumas, que se encerró en sí mismo y no compartió nada con el prójimo.

El evangelio nos habla de esa realidad. La Vida Eterna es nuestra meta, debe ser nuestra esperanza para el mañana. Y a esa mansión donde Dios tiene dispuesto un lugar para sus hijos debemos llegar adecuadamente ataviados. La vida es por tanto el tiempo para ser mejores, para preocuparnos por nuestro futuro. El tiempo de pulir nuestra alma y presentarla como una ofrenda ante Dios el día que Él nos llame a su lado.  Jesús nos dice en el Evangelio, no son las grandes obras, impresionantes e inmensas, las que nos ganan el corazón de Dios, sino las pequeñas o imprevistas, los detalles llenos de amor como dar un vaso de agua, un plato  o una prenda de vestir a quien lo necesita.

El tema que nos inquiete no deber ser la muerte, sino la manera como estamos viviendo la vida ¿Nos sentimos suficientemente preparados para presentarnos ante Dios? Seguramente no. Por eso no debemos esperar el momento cercano a nuestra partida para poner nuestros ojos en la Vida Eterna. Nadie sabe el día ni la hora, ni las circunstancias como ocurrirá su deceso. Por ese motivo, debemos a lo largo de nuestros días, estar unidos a Dios.

Vivamos de manera excelente, con la esperanza de que mañana alcanzaremos a ser contados entre los predilectos de Dios porque desde hoy empezamos a verle en la persona del prójimo, porque desde hoy empezamos a prepararnos para nuestro feliz viaje a la Gloria.

*Párroco de Nuestra Señora de Fátima

en Magdalena de Kino, Sonora.

15Oct/15

Humildad y servicio

¿ “Si alguno quiere ser el primero… que sea el servidor de todos”, (Mc 9, 30-37)

Por Pbro. Alberto Meléndrez Nafarrete*

Jesús se dirige al Jerusalén, y a lo largo del camino da a conocer a los apóstoles que tendrá que padecer y morir. Este inesperado anuncio los  llena de interrogantes. ¿Qué sucederá cuando el  Maestro ya no esté más a su lado?… Al llegar a Cafarnaúm, a solas, Jesús les pregunta: “¿Qué discutían por el camino?”. Los apóstoles callan. Discutían quien habría de ser el primero, el líder de los doce.  Jesús se decepciona con ellos por su poca fe  y mucha ambición, porque no han tomado para sí el ejemplo que Él ha querido enseñarles, la humildad y el servicio a los demás.

 

“Donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas”, (Stg 3, 16)

Al ser cuestionados por Jesús, los apóstoles guardan silencio. No pueden estar orgullosos de su conversación porque es contrario a lo que Él ha hablado sobre su camino de humillación. Callan porque apenas al enterarse que su Maestro los dejará, empiezan a surgir las rivalidades, pensamientos que llevan a los extremos de la maldad, injusticia y desorden.  Ellos como nosotros, deben entender que para ser el primero, el más destacado, no necesitan un puesto, sino mucho amor por el prójimo y humildad ante él. La persona más grande, más valiosa no es quien tiene más bienes, ni estudios, ni prestigio, ni quien ha hecho más o está al servicio de un gran personaje; el más grande, es el que sabe amar generosamente, y expresa ese cariño, con su servicio a los demás, con humildad.

 

 “El que quiera ser el primero, que se convierta en el servidor de todos”

Nuevamente Jesús nos pone en un dilema. Luego de habernos señalado que el camino del cristiano es la cruz, nos anuncia otro de nuestros compromisos, el servicio a los demás. ¿Sabemos servir?  En estos días, el servicio, la entrega, es lo menos atractivo que podemos emprender. Vivimos en una sociedad que se volvió competitiva, donde tenemos que ser los mejores, ir un paso delante de los demás, y si para eso es preciso derribar a otros, no hay que dudarlo. Es la educación que se da a niños y jóvenes, aprender a ser más que los demás. La sociedad, hoy se orienta a crear personas muy productivas y a la vez muy egoístas. Por pensar en nosotros mismos hemos olvidado al prójimo.

Jesús reunió a sus apóstoles ofreciéndoles un Reino, el mismo que anunció a las multitudes con bellas parábolas; ellos aceptaron porque deseaban un puesto importante en ese reinado, pero lo hicieron sin comprender que ese orden que buscaban habrían de ganarlo por un camino distinto al conocido hasta entonces: el servicio a los demás.

Jesús nos dice hoy, “Si quieres ser grande, busca serlo, pero en beneficio de los demás”, con el servicio. Jesús nos pide hoy que practiquemos la humildad por la vía del servicio, ¿sabemos ser humildes? ¿Pensamos en los demás, en nuestros padres, hermanos, pareja?   ¿O solamente vivimos nuestra vida sin involucrarnos con el prójimo?

 

¿Qué es el servicio a los demás?

El servicio es una de las cualidades más apreciadas y también más raras en estos días. Consiste en ofrecer al prójimo nuestras cualidades para su beneficio. El servir es una semilla que cuando es obsequiada a los demás, produce frutos idénticos en quien la recibe. Con el servicio enseñamos a otros a ser serviciales. Lamentablemente la gente joven,  está perdiendo el sentido del servicio, cada vez es menos frecuente ver al niño ayudar en los deberes de casa sin que haya una petición de por medio. “Todo yo” es la frase más escuchada. ¿Así queremos ser grandes y respetados, sin primero aprender a servir? Hoy por todo esperamos una gratificación. A los hijos se les enseña a decir “gracias” al recibir un favor o regalo, pero no se les educa en el servicio. Los padres desean que sus hijos aprendan muchas cosas, deportes, destrezas, conocimientos; pero algo que se olvida es que también tienen que aprender a servir adelantándose  a las órdenes de los padres. Dichosos los papás que tienen  un hijo al cual no se le tiene que indicar cuáles son sus deberes.

¿Para los padres quien es el hijo más grande, más querido? ¿El primogénito? ¿El que obtiene las mejores calificaciones? Ninguno de ellos, sino el más servicial y atento, que a fin de cuentas será también  el más maduro, porque  piensa  en los demás y no tanto en él. Feliz aquella familia donde existe un hijo servicial y entregado, porque el día de mañana será el apoyo de sus padres.

 

¿Por qué es bueno el servicio a los demás?

El  servicio es positivo porque con él,  todos se benefician de la grandeza del otro. Quien es grande en el servicio, quien es generoso con su tiempo, hace grandes a los demás, les da un valor superior por compartir su amor. El que sirve a los demás crece en la humildad. Una persona humilde valora a los suyos, a quienes les rodean y se dirige a ellos con respeto.

En el Evangelio, Jesús no declara quién es el apóstol más grande e importante en base a sus méritos. Invita a que busquemos a alguien para darle el primer puesto en el corazón.  Buscar a alguien a quien servir. Los padres siempre hacen eso con sus hijos, se desviven por ellos. Pero los hijos no siempre hacemos lo mismo. Esperamos ser servidos y no servir.

Eso nos pide Dios hoy. Que demostremos no sólo respeto por su Palabra, cumplimiento de sus leyes, sino también entrega y servicio en la persona del prójimo. Obedecer es fácil y lo podemos hacer inclusive con el corazón lleno de rencor. Dios quiere humildad, sencillez para con los demás, porque eso es lo que nos engrandece ante sus ojos.

Nos convertimos en personas grandes  por darle un lugar a quien es más pequeño que nosotros, a quien nos ha ayudado, a quien nos ha dado parte de su vida.  Nos convertimos en personas respetables y queridas cuando damos amor y respeto a los demás.

La Palabra de Dios nos enseña que el sentir de Dios es muy distinto al nuestro. Grande no es el presidente, el licenciado, el sacerdote, o aquella persona a quien hablamos de usted. Desde que Jesús bajó al mundo y se quedó con nosotros en los sacramentos, es ridículo y tonto que pretendamos sobresalir y creernos grandes, porque más grande que Él no lo hay. Pero sí existen personas que destacan por su humildad, por su capacidad de amar, por su entrega a los demás.

Hubo hace tiempo un sacerdote llamado Albino Luciani, que más tarde cambió su nombre y se hizo llamar Juan Pablo I, y en una ocasión escribió: “El Señor tiene un método muy antiguo: toma a los pequeños del polvo, del fango y los pone en lo alto”.

Así lo hizo Jesús con los apóstoles, que no los llamó de palacios, sino del camino, del mar, del campo. También decía: “El hombre es capaz de escribir su nombre, sus obras, en mármol, en metales preciosos… Dios en cambio escribe en el polvo”, es decir, en los humildes y sencillos. En las personas humildes y serviciales está el sello del Señor.

¿De qué nos sirve triunfar en el mundo si ignoramos al prójimo?

El servicio al prójimo, nunca tiene final. Siempre habrá alguien a quien darle algo, un consejo, una sonrisa, nuestro tiempo. Siempre tendremos la oportunidad de sembrar nuestro cariño en los demás, la ocasión para ser humildes como el Señor lo espera de sus hijos buenos.

 *Párroco de Nuestra Señora de Fátima
en Magdalena, Sonora

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