Archivos de la categoría: Reflexión bíblica

05May/16

La Ascensión de Cristo resucitado

Para los creyentes el cielo no está arriba en lo alto; está aquí donde está Jesús, donde está Dios.

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                

            La Ascensión del Señor es objeto de fe, no es un hecho histórico experimentable. Evidentemente, sube quien ha bajado. La Ascensión es también la culminación del misterio de la encarnación, la Palabra de Dios que se ha hecho carne para habitar entre nosotros (Cfr. Jn 1, 14) y que sube al Padre como Cristo glorioso después de resucitar.

La Ascensión del Señor es expresión de su glorificación, complemento de la resurrección. Al encarnarse, Jesús descendió a este mundo; por lo tanto es justo que al final de su vida terrena, después de implantar el Reino de Dios, Jesús ascendiera.

Jesús ha subido a prepararnos una morada. Durante su despedida Él les había dicho a sus discípulos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; de no ser así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Cfr. Jn 14, 2 – 3).

En el Evangelio de Lucas, el relato de la Ascensión  de Jesús (Lc 24, 46 – 53), tiene datos parecidos con el de los Hechos de los apóstoles ((Hch 1, 7-11). Conviene tener en cuenta que se narra después de la Pascua de Resurrección; se trata de un único misterio: resurrección-glorificación. Se nos dice que fue llevado al cielo (Lc 24,51).

Por otro lado, el Resucitado abre una vez más la mente de los discípulos para que comprendieran las Escrituras, como ya lo había hecho con los discípulos de Emaús, para que comprendieran el sentido del misterio pascual (muerte-resurrección-ascensión) y su envío a predicar el Evangelio (Lc 24, 45-47; Cfr. Mc 16, 14-15).

Además, otra misión importante que los discípulos tienen que realizar es: dar testimonio del Resucitado (Lc 24, 48).

Lucas indica que, desde Jerusalén se ha de extender el Evangelio por todo el mundo, y es ahí donde recibirán el Espíritu Santo que Jesús ha prometido a sus discípulos; el Evangelio de Mateo narra la despedida en la región de Galilea, donde había comenzado la predicación del evangelio y la vocación de sus discípulos.

En el Credo apostólico profesamos que después de la resurrección “subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre”; y con frecuencia e instintivamente pensamos que el cielo está por encima del firmamento o más allá de la muerte.

Pero para los creyentes el cielo no está arriba en lo alto; está aquí donde está Jesús, donde está Dios. Y ese cielo no nos espera mas allá de la muerte, hay que descubrirlo aquí en nuestra vida terrena.

El cielo no es el lugar al que vamos después de morir. Es el disfrutar plenamente del amor, la misericordia y de la vida que Jesús Resucitado nos ha regalado. El cristiano debe transformar la tierra en cielo, nuestra realidad cotidiana en una vida plena de gozo y alegría, sin miedo ni temores porque Cristo Resucitado siempre nos acompaña.

Con Cristo Resucitado nuestra resurrección también ha comenzado y también nuestra ascensión, para que al final de la vida vivamos plenamente con Él en ese lugar que nos ha preparado con su Ascensión. Esa es nuestra confianza y nuestra esperanza, eso es lo que nos llena de júbilo y alegría a todos los creyentes.

Con su Ascensión Jesús no nos abandona, él permanece en nosotros ya que Él cumple siempre lo que promete: “Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

La Ascensión de Jesús al cielo no es el fin de su presencia terrena, sino el comienzo de una nueva forma de estar en este mundo: ahí donde se reúnen dos o más en su nombre (Mt 18, 20); en la comunidad de creyentes (Hch 9, 4-5); encarnado en los más necesitados (Mt 25,40); en los Sacramentos, principalmente en la Eucaristía.

dralvarez_gtz@hotmail.com

10Mar/16

El perdón misericordioso

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                    

Ya estamos cerca de la Pascua, la liturgia ya apunta hacia ella. En el quinto domingo de Cuaresma del ciclo C, el Evangelio nos presenta el episodio de ‘la mujer adúltera’ (Jn 8, 1-11). El domingo pasado se meditó sobre ‘la parábola del hijo pródigo’ (Lc 15, 11-32), un joven que después de una mala aventura regresa a la casa paterna.

El Papa Francisco refiriéndose a este relato donde Jesús salva a una mujer condenada a muerte a causa de adulterio dice: Conmueve la actitud de Jesús; no oímos palabras de condena, sino solamente palabras de amor, perdón, misericordia, que invitan a la conversión: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar” (Jn 8, 11).

El relato del evangelio  Lucas nos revela algo de la novedad de la Buena Nueva que Jesús anuncia, presentándolo lleno de amor y misericordia.

Jesús es el rostro del Padre, el rostro de un padre misericordioso que siempre tiene paciencia como en el caso del hijo pródigo, que no se cansa de esperar a que su hijo regrese ya que siempre tiene la esperanza que su hijo volverá.

La misericordia es lo que define a Dios. Cuando Moisés durante la renovación de la Alianza y sube al monte Sinaí para recibir las nuevas Tablas de la Ley, Yahvé pasa delante de él y exclama su intimidad, su realidad más profunda sobre quién es él: “Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34, 6).

Lo mismo dice el salmista en el Salmo 103(102), 8.10: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generosos para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados”.

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre nos recuerda el Papa Francisco en su Carta Apostólica ‘El rostro de la misericordia’ y nos dice que “Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios” (MV 1; Cfr. Dei Verbum 4).

Sobre lo mismo reflexionaba ya San Juan Pablo II en su Carta Encíclica ‘La Misericordia Divina’ (Dives en Misericordia) en 1980.

El Señor Jesús es la Encarnación de la Misericordia de Dios. Él no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (Cfr. Lc 5,32), lo podemos observar en múltiples relatos en el Evangelio como en este caso de ‘la mujer adúltera’ o como cuando sana a un paralítico, donde vemos como el perdón de Jesús también sana (Cfr. Lc 5, 17-26).

Pero en otro contexto podemos observar que los fariseos y los escribas, estrictos cumplidores de la Ley, tratan de poner una trampa a Jesús cuando le presentan a esa mujer encontrada en flagrante adulterio y le piden su propia opinión, ya que el adulterio en Israel era castigado con la lapidación hasta la muerte (Lv 20,10; Dt 22, 22-23).

Además los judíos habían perdido el derecho de condenar a muerte, según se relata en Jn 18,31. Por otro lado le presentan únicamente a la mujer como culpable, a pesar de que la ley decía que la muerte era tanto para el adúltero como la adúltera.

Pero según el relato, se da a entender que para el hombre adúltero no existía tal castigo ya que únicamente le presentan a la mujer.

Sin embargo, a pesar de tal acusación Jesús acoge a la pecadora con delicadeza y respeto, no la reprende, no la acusa, pero en cambio dice a los acusadores que insisten a Jesús por su respuesta, ya que en silencio sólo escribía en el suelo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7).

Cuando sus acusadores se retiran, sólo le pregunta a la mujer: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar” (Jn 8, 10-11).

 

dralvarez_gtz@hotmail.com

30Nov/15

Vivir la vigilancia cristiana

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                

Con el primer domingo de Adviento, se inicia el nuevo año litúrgico en la Iglesia Católica. En este tiempo, la liturgia nos anima y nos ayuda a prepararnos debidamente a la celebración de la Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén, el misterio de la presencia humanizada de Dios entre nosotros.

Este año corresponde al ciclo litúrgico “C”, por lo que las lecturas en el transcurso del año son las del Evangelio según san Lucas. En el texto del Evangelio de este domingo (Lc 21, 25-28.34-36), Jesús nos exhorta a estar alertas y permanecer vigilantes, en espera de los últimos días de la historia de la humanidad.

Así que este tiempo nos sirve para esperar la celebración de la Navidad, pero también nos ayuda a reflexionar sobre la espera de su segunda venida al final de los tiempos, la espera del día definitivo; que puede ser también nuestra propia muerte.

Esperar supone una vigilancia constante y responsable; el cristiano es quien sabe esperar: en Dios, en la vida, en sí mismo y en los demás.; en ocasiones confía aún contra toda esperanza como Abraham. El que no sabe esperar se desespera y puede llegar hasta la angustia.

Nuestro esperar como cristiano se mueve en el presente y en el futuro; pero no sólo desde nuestras propias perspectivas, sino también confiando siempre en la ayuda de Dios por medio de su providencia divina.

Los cristianos ponemos la confianza en Dios más que en nosotros mismos, pero como dice el refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”, así es como lo expresa la Biblia en el libro de Los Proverbios, en el que encontramos varios pasajes que se refieren al ocioso, ya sea para exhortarlo o ridiculizarlo (Prov 19,24; 21,25; 22,13).

Muchas veces la ociosidad se viste de espiritualidad y las personas siempre esperan una mejor oportunidad que la que se le presenta en ese momento. San Pablo escribió con mucha rudeza al respecto en 2 Tes 3, 6 – 15 y dice a los tesalonicenses: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Tes 3, 10), unas muy duras palabras.

Las palabras del Evangelio de Lucas nos pueden desconcertar un poco, pero la realidad es que la venida del Hijo del hombre al final de la historia humana será manifiesta y de resonancia cósmica, porque será la lucha final entre el bien contra el mal, y por supuesto, la maldad no se dejará vencer tan fácilmente.

El cristiano tiene la plena y total confianza en que Cristo será el vencedor, ya que él ya ha vencido a la muerte con su resurrección y con su crucifixión ha redimido al mundo, sus palabras en la cruz lo dicen todo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), ahora sólo nos toca reconocer nuestras faltas y nuestros errores.

Jesús aconseja a sus discípulos y seguidores a estar preparados y listos para ese gran día de la espera, sin perder la calma, muchos menos la esperanza, a pesar de que vemos cosas adversas en nuestro mundo. Ese es nuestro gran reto y desafío, esperar a Jesús que nos salva y libera (Cfr. Lc 21, 28).

Jesús insiste en estar siempre listos, preparados y en vigilante espera: “Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos” (Lc 21, 34).

Él exhorta a estar alertas y a orar para no ser sorprendidos cuando nos llegue el día de estar en su presencia:”Velen, pues y hagan oración continuamente” (Lc 21, 36). Si bien él se encuentra ya presente entre nosotros de forma invisible, al final “cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3, 2).

 

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20Nov/15

La venida del Hijo del hombre

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                   

Estamos por terminar el año litúrgico en la Iglesia Católica, de ahí que en el penúltimo domingo de cada año, en los tres ciclos, nos hablan del final de los tiempos y de la segunda venida del “Hijo del hombre”, es decir, de la venida gloriosa de Cristo Resucitado al final de la historia de la humanidad.

El próximo domingo será el último dentro del calendario litúrgico que finaliza el año con la Solemnidad Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo; de esta manera, posteriormente como cada año, comenzaremos el nuevo año litúrgico con el Tiempo de Adviento, preparación de la Navidad.

En el presenta año, el evangelista Marcos dedica el capítulo 13 de su Evangelio a hablarnos de la última venida de Jesucristo que también llamamos “parusía”, y lo hace como los otros evangelistas: en un “lenguaje apocalíptico”, difícil de interpretar en su verdadera dimensión, lo que nos puede llevar al temor, inquietud y angustia.

Para poder entender mejor el texto de Marcos, hay que tener en cuenta el contexto en que fue escrito, así como tratar de comprender el mensaje central del mismo a pesar de lo difícil y complicado que es.

No se puede interpretar el texto desde el punto de vista literal o a hacer de él una lectura fundamentalista, como lo hacen erróneamente algunas personas o sectas religiosas, ya que lo que Jesús quiere es darnos un mensaje de confianza y esperanza en la espera de nuestros últimos días en el mundo.

Los cristianos no deben inquietarse o atemorizarse con ideas de especulaciones apocalípticas, ya que si lo pensamos un poco, el “fin del mundo” es lo más lógico en todo proceso natural de todos los seres vivientes; unos antes que otros, pero todos llegan a su fin; por supuesto antes de que llegue el final de este mundo.

Lo que Jesús quiere es darnos consuelo y esperanza, es por eso que nos invita en estos relatos a estar siempre alertas, atentos y vigilantes, pero sobre todo a estar listos y preparados para no ser sorprendidos cuando se nos presenten los sufrimientos, las preocupaciones, los obstáculos en nuestra vida, o bien nuestra propia muerte.

Por lo tanto, la actitud del cristiano no debe ser la de “preocupación” o temor por ese día, sino sobre todo debe tener una actitud de “ocupación”, es decir, vivir y construir el presente con la esperanza puesta en un futuro mejor, porque “nadie sabe el día ni la hora” en que llegara ese día, sólo el Padre lo sabe (Cfr. Mc 13, 32).

Lo importante no es saber cuándo será el final de los tiempos o el de nuestras vidas; el cristiano no debe vivir con el miedo o temor a la última venida del Mesías, es decir Jesús Resucitado con su cuerpo glorioso, ya que tiene la confianza en que el Señor viene constantemente y nos acompaña diariamente en nuestra vida cotidiana.

Ya casi al final de este “discurso escatológico” de Marcos, es decir, el discurso sobre el fin último de la historia humana, Jesús relata la breve parábola de “la higuera”, la cual se encuentra en los tres evangelios sinópticos dentro del discurso escatológico, con el fin enseñarnos que debemos estar siempre atentos a “los signos de los tiempos”.

La comparación es clara: de manera diferente a los demás árboles, la higuera, que en época de invierno parecía ya seca, sus brotes tiernos anuncian que el verano ya está llegando y ya está muy cerca, una buena comparación en relación a éste tema.

Jesús termina su discurso escatológico con una urgente invitación a la vigilancia:

“Estén atentos y vigilantes, porque no saben cuándo llegará ese momento” (Mc 13,33). Finalmente termina su advertencia dirigiéndola no sólo a los discípulos, sino a todo el mundo: “Lo que les digo a ustedes, se lo digo a todos: ¡Estén despiertos! (Mc 13, 37).

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12Nov/15

LAMADOS A LA SANTIDAD

Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez           

            Durante la festividad de Todos los Santos, recientemente celebrada, alabamos la santidad de Dios manifestada en sus hijos, los santos de la Iglesia; pero no se refiere únicamente a los santos canonizados, sino también a todas aquellas personas que han vivido radicalmente el Evangelio en forma anónima, los cuales son incontables e innumerables.

Así pues, esta festividad reúne en un solo día, y en una sola celebración, a todos los santos del año. En este día se recuerdan a todos los santos que no tienen festividad propia en el calendario litúrgico, especialmente todos aquellos que no están reconocidos a través de los procesos de canonización y que son millares de millares.

Esta celebración nos recuerda la multitud de redimidos de la cual habla el libro del Apocalipsis, que textualmente habla de 144,000 los salvados (Cfr. Ap 7,4), sin embargo, la cifra simboliza a la “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas” (Ap 7, 9).

La salvación cristiana es universal. Así lo muestra esa inmensa multitud que representa el nuevo pueblo de Dios que ha sido redimido por la sangre del Cordero de Dios y por lo cual se encuentran vestidos de blanco. Un pueblo que ha atravesado el desierto de la prueba y que está de pie en señal de victoria

Desde la elección del pueblo de Dios, todos hemos sido llamados a ser santos: “Sean santos para mí, porque yo soy santo, y los he separado de los demás pueblos, para que sean míos” (Lev 20, 26; Cfr. Lev 11, 44; 19, 2; 20, 7; 1 Pe 1, 15-16).

La santidad de Dios no sólo es un atributo misterioso del ser de Dios, sino que es su perfección moral. Cristo personifica esa perfección, porque quien lo ve a él ve al Padre (Cfr. Jn 14, 9); el mismo Señor Jesús nos invita a esa perfección: “Ustedes sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

La santidad no debe ser vista solamente como un tema teológico, sino como un tema para vivir cristianamente en nuestro mundo actual: viviendo lo esencial y lo fundamental cristiano, viviendo con plenitud el Evangelio de Jesucristo.

Jesús no nos pide que seamos iguales a Dios, sino que nos dejemos llenar por el Espíritu de Dios a través suyo, para poder vivir y actuar con santidad, y de esa forma cumplir la divina voluntad de Dios.

El Señor Jesús es fuente y modelo de toda santidad. Ser santo es participar de la santidad de Dios. Jesucristo es el santo de los santos, y el Espíritu Santo es el santificador de los seres humanos.

El Concilio Vaticano II nos recuerda una verdad fundamental: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Lumen Gentium, 11).

Así es, ¡Todos estamos llamados a ser santos! Dios mismo “nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia” (Ef 1,4), todo movido por su Amor.

De esa forma, “los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; los que no habían conseguido misericordia, ahora obtuvieron misericordia” (1Pe 2,10).

Con frecuencia nuestro mundo actual ha perdido el ideal y el propósito de vivir cristianamente nuestro compromiso y responsabilidad como bautizados en Cristo.

El santo de nuestro tiempo, con su presencia y compromiso como bautizado en medio del mundo, se traduce en acción transformadora por medio del Amor, acción que brota del Espíritu Santo, y ello nos ayuda a santificar nuestras actividades cotidianas.

 

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05Oct/15

El valor de los niños a los ojos de Dios

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez            

Jesús, en algunos pasajes del Evangelio nos habla de los niños, nos invita a acogerlos, reconocerlos y a tratar de ser como ellos; es decir, nos muestra el valor de los niños a los ojos de Dios.

Dentro de sus muchas enseñanzas a sus discípulos, nos encontramos algo relacionado con el tema del matrimonio y del divorcio (Mc 10, 1 – 12), y otro sobre la infancia o los niños (Mc 10, 13 – 16).

Y la verdad es que al hablar del tema del matrimonio se incluyen también a los hijos, los cuales por lo regular, al momento del divorcio no son tomados en cuenta para nada, quedando en realidad en un estado de orfandad aunque vivan sus padres.

Cuando Jesús responde a los fariseos si el divorcio permitido por Moisés era lícito, él los remite al relato de la creación (Gén 1, 27)  donde Dios crea al ser humano a su imagen, y los crea hombre y mujer para que sean los dos una sola carne (Gén 2, 24).

Ese es el proyecto y obra de Dios para el ser humano, un proyecto de amor, es por eso que Jesús concluye: “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mc 10, 9); pero aquí no se incluye sólo a la pareja, sino también a su descendencia, puesto que también los bendijo diciéndoles: “sean fecundos y multiplíquense” (Gén 1, 28).

Por otro lado, Jesús les dice a los fariseos que Moisés permitió el divorcio a causa de “la dureza de corazón de ustedes” (Mc 10,5), el divorcio será un concepto legalista, pero no es el proyecto inicial de Dios.

En el caso de los matrimonios modernos sería prudente recordar también aquello que Jesús les dice a sus discípulos cuando estos tratan de impedir que los niños lleguen a Él: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos” (Mc 10, 14), que se puede aplicar al control natal y al aborto.

En otro pasaje del Evangelio, y en otro contexto, Jesús toma a un niño, lo pone en medio de ellos, lo abraza y les dice a sus apóstoles: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado” (Mc 9, 37).

Hay un gran contraste entre Jesús que “toma al niño y lo abraza” y el comportamiento a este respecto de la sociedad de ese entonces. El niño no tenía un lugar en esa sociedad, no era tomado en cuenta para nada, era simplemente un ser insignificante, se le podía ignorar o descuidar ya que no tenía importancia para nadie.

Pero la novedad que trae Jesús es que el Reino de Dios es dado gratuitamente a quienes son como ellos, así lo dice a sus discípulos cuando estos le preguntan ¿quién es el más importante en el reino de los cielos?: “Yo les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán al reino de los cielos” (Mt 18, 3).

Jesús quiere que sus seguidores tengan esos atributos y actitudes de los niños, no que nos conduzcamos con infantilismos, sino quiere que seamos adultos con alma de niños: que seamos sencillos, humildes, mansos, llenos de amor, capaces de abandonarse a los brazos de nuestro padre Dios, y así dejarse amar, guiar y conducir por él.

El niño en  el Evangelio de Marcos, está cerca de Jesús (Mc 9,36). No necesita llamarlo como ha hecho con los Doce. El niño está con Jesús. En este contexto, la figura del niño significa dos actitudes fundamentales anunciadas por Jesús: por su edad es el “último de todos” y además es “servidor de todos”, pero aún así, llega a ser el primero.

Jesús al acoger a los niños nos revela algo de Dios: el gran amor que tiene por aquellos que son como ellos: humildes, sencillos, de corazón limpio, y que además son capaces de dejarse guiar y conducir con plena confianza por la mano del Padre.

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03Sep/15

El Don de escuchar y de hablar

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez               

En el mes de septiembre del 2014 durante el mensaje del Papa Francisco al inicio del mes de la Biblia dijo: “La fuerza de la Palabra de Dios es Jesús mismo, y sólo quien tiene un corazón abierto lo acoge”; “Jesús es la fuerza, es Palabra de Dios porque está ungido por el Espíritu Santo”.

Dios Padre lo unge en el momento del bautismo (Mt 3, 16 – 17) y lo confirma durante la Transfiguración (Mc 9, 2 – 10) cuando la voz del Padre dice a los discípulos que lo acompañaban: “Este es mi Hijo amado, Escúchenlo”.

En el Evangelio según san Marcos se nos narra un milagro realizado por Jesús en un territorio pagano, es decir más allá de los confines de Galilea, lugar donde realiza la curación de un sordo y tartamudo (Mc 7, 31 – 37); lo mismo que ya había hecho con la hija de una mujer sirio fenicia que obtiene el milagro por su fe (Mc 7, 24- 30).

Oír y hablar son dos verbos importantes para la fe. Primero oír, escuchar, aprender; para después hablar y dar testimonio de esa fe. “Escuchar” no significa sólo oír, sino poner atención, tratando de entender y comprender lo que se oye.

Escuchar es el verbo que expresa la actitud de quien se abre a la revelación divina; es el verbo de la aceptación de la fe y de la acogida personal de la palabra.

El Evangelio de san Marcos nos narra 18 milagros, el mayor número de milagros que los otros Evangelios; en este Evangelio los milagros tienen la función de conducir al reconocimiento de la verdadera identidad de Jesús: él es el Mesías, el Hijo de Dios (Mc 1,1), lo cual también reconoce el centurión romano al pie de la cruz (Mc 15, 39).

El Evangelio de san Marcos concluye la sección de milagros con los relatos de la curación de un sordo-tartamudo (Mc 7, 31 – 37) y del ciego Bartimeo (Mc 10, 46 – 52). Ellos son la imagen de las personas de todos los tiempos que se cierran a la escucha de las palabras de Jesús, además de que se niegan a ver y a reconocer sus acciones.

La curación de estas personas orientan a pensar que Jesús es el Mesías anunciado desde la antigüedad por los profetas, y que ahora Dios nos habla por medio de su Hijo Jesús (Hb 1, 1 – 2), en él se realiza el cumplimiento de las profecías.

El profeta Isaías había dicho: ¡Ánimo! no teman que ya viene su Dios salvador, “en ese entonces se iluminarán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará” (Is 35, 5 – 6).

Muchas personas se acercan a Jesús para tocarlo o para que les imponga las manos, sin embargo, la fe en su persona es la responsable de los milagros y curaciones que él hace, lo podemos observar a lo largo de su evangelio; por supuesto, que con una sola palabra basta para que se realice una curación o un milagro (Cfr. Mt 8, 8).

La fuerza y el poder de una sola palabra dicha por Jesús tiene la capacidad para controlar cualquier cosa, incluso la vida, no sólo la salud; de esta forma al sordo y tartamudo le dice “¡Effetá!”, que quiere decir “¡Ábrete!” (Mc 7, 34), y cuando resucita a la hija de Jairo, le dice: “Talita Kum” (Mc 5, 41). Nosotros, escuchemos hoy su voz.

En el documento “Dei Verbum” del Concilio Vaticano II nos invita a descubrir el valor de la Sagrada Escritura: “Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (DV N° 21).

San Jerónimo nos dice: “Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”; En Jesús esta la fuerza y el poder de Dios; Jesús está precisamente en su palabra en su Evangelio, allí encontramos su Palabra: viva, eficaz, permanente, actuante, dinámica y siempre actual; Él siempre nos dirá: ¡Ánimo! “Soy yo, no tengan miedo” (Jn 6, 20).

dralvarez_gtz@hotmail.com

07Ago/15

Jesús, palabra de vida

 

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                 

Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida” (Jn 6, 51; Cfr. Jn 6, 58); esto dentro del largo discurso sobre el pan de vida que relata el Evangelio según san Juan en su capítulo 6.

Esto provocó una fuerte discusión entre los judíos, los cuales se preguntaban ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Y ese fue el motivo por lo cual muchos de ellos se apartaron de Jesús, lo mismo que algunos de sus discípulos, ya que decían que era una doctrina inadmisible y se preguntaban “¿quién puede aceptarla?” (Jn 6, 60).

El evangelista Juan pone este relato eucarístico en el marco de su enseñanza en la sinagoga de Cafarnaúm, mientras que los Evangelios sinópticos ponen la institución de la Eucaristía durante la Última Cena en Jerusalén, quizá lo hizo con fines didácticos.

La Institución de la Eucaristía viene relatada en Mt 26, 26 – 29; Mc  14, 22 – 25;

Lc 22, 14 – 20), pero también san Pablo hace referencia a la cena eucarística en su Carta a los Corintios (1 Cor 11, 23 – 26); en todas ellas la fórmula de redacción es la que se utiliza en cada misa durante la consagración en la “plegaria eucarística”.

Si bien es cierto, que san Juan en su Evangelio no relata la institución de la Eucaristía, todo el capítulo 6 está centrado en el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida y del Pan bajado del cielo; es decir, hace referencia a la Eucaristía como alimento.

Cuando Jesús les dice a los judíos: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 54 – 56), tanto los judíos como algunos discípulos se escandalizaron.

Fue tanto la incredulidad, no sólo de los judíos sino también de sus discípulos que muchos lo abandonaron por su forma de hablar (Jn 6, 66), ya que afirmaba: “el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57) y agregaba: “El que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58), refiriéndose al pan bajado del cielo, es decir, a su propia persona.

Es en ese momento que Jesús interroga al grupo de los Doce y les hace una pregunta: “¿También ustedes quieren dejarme?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 67 – 68) una excelente profesión de fe.

Tenemos que recordar que en otra ocasión, Pedro hace otra confesión de fe cuando Jesús les dice: “Y según ustedes, ¿Quién dicen que soy yo? Simón Pedro respondió: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’” (Mt 16, 15 – 16).

Hay que tener fe en Jesús, no sólo por sus palabras, sino también por sus obras; por supuesto que siempre guiados por el Espíritu Santo. En el mismo contexto, y viendo las dudas y críticas de sus discípulos les dice: “Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen” (Jn 6, 63 – 64).

Sólo guiados por el Padre, a través del Espíritu Santo (Cfr. Jn 14,26; 16,13) podremos comprender este gran misterio de Cristo: Pan de vida, Pan bajado del cielo; presente y actuante en nuestro mundo a través de la Sagrada Eucaristía, ahí se hace presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Jesús, se presenta como Palabra y como Pan en cada celebración eucarística, es decir, en cada misa: en la liturgia de la Palabra y en la liturgia Eucarística. En cada Eucaristía Jesús se ofrece a todos los cristianos como el don supremo, como alimento que quita toda hambre y toda sed, porque también es fuente de agua viva (Cfr. Jn 4.10).

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”

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29Jul/15

Pan que se comparte

Por Dr. Francisco Alvarez Gutiérrez            

El milagro de la multiplicación de los panes quedó muy grabado entre los discípulos de Jesús ya que lo narran los cuatro evangelistas; éste es el único milagro narrado por Juan de entre los que se narran en los sinópticos.

Hay cierta similitud entre el milagro que narra san Juan (Jn 6, 1 – 15) y el del san Marcos (Mc 6, 34 – 44), en ambos casos se trata de 5 panes y 2 peces, pero san Juan es el único que sitúa el milagro cerca de la Pascua Judía.

En todos los relatos se orienta a pensar en la Eucaristía, toda vez que se utiliza la misma fórmula: acción de gracias a Dios y repartir el alimento. En la narración de Marcos los discípulos son los que reparten el pan, en cambio en el relato de Juan es Jesús mismo quien reparte el alimento, tanto el, pan como los pescados.

Como sabemos, Juan no nos describe la institución de la Eucaristía en la Última Cena; pero en el capítulo 6 de su evangelio, el evangelista además de contar el milagro, ofrece un extenso discurso de Jesús (Jn 6, 22 – 70), que, por su riqueza, se presta a una amplia catequesis sobre el sacramento de la Eucaristía: el discurso sobre el pan de vida.

La liturgia distribuye en varios domingos este tema del capítulo 6 del Evangelio según san Juan, en el cual, como se ha mencionado, se encuentra un largo discurso sobre el pan de vida, en el cual Jesús se presenta como alimento que da vida eterna.

El Evangelio de Juan llama “signos” a estos milagros de Jesús, de los cuales describe sólo siete signos, siendo el milagro de la multiplicación de los panes el cuarto signo; y dentro de ese capítulo 6 de Juan también se encuentra el quinto signo, que corresponde al milagro de cuando Jesús camina sobre las aguas (Jn 6, 16 – 21).

Por supuesto que san Juan no narra todo lo que Jesús hizo, él mismo lo dice y explica en los versículos Jn 20, 30 – 31; los siete signos que narra “han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengan en Él vida eterna”.

El Evangelio de Juan concluye diciendo: “Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, pienso que no habría lugar en el mundo entero para contener los libros que se escribieran” (Jn 21, 25).

El relato de la multiplicación de los panes es muy denso en enseñanza, pero sobresale el significado de este signo: Jesús es el Pan de Vida, simbolizando a Jesús-Eucaristía; a los Israelitas cuando anduvieron por el desierto, Yahvé los alimento con un alimento material: el maná; pero el “nuevo Moisés” dará el nuevo pan: el pan de vida.

Por otro lado, llama la atención de que Jesús pregunta a Felipe donde se podría comprar pan para tanta gente, pero él lo dijo porque ya sabía lo que iba a hacer.

Además, es importante reconocer a ese muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos peces. Quizá sería el alimento para él mismo o tal vez fuera un comerciante, sin embargo, él los pone en manos de Jesús a pesar de la poca cantidad.

Y es que, poner en manos de Jesús lo poco que se tiene, para que Él lo parta y lo comparta, es confiar en su persona para que lo escaso se haga abundante, como ocurrió durante ese milagro ya que era una gran multitud, se menciona que sólo el número de hombres era de cinco mil, sin embargo sobraron doce canastos de pan.

Jesús nos dice una y otra vez: Dame lo que eres y lo que tienes, por poco que sea, yo haré el resto, ya que eso me sirve para la salvación de todo un pueblo.

Los cristianos confiamos en que Cristo está sacramentalmente presente en la sagrada Eucaristía: el pan de vida eterna, el pan que se comparte; pero también confiamos en la providencia divina que siempre vendrá en nuestra ayuda.

dralvarez_gtz@hotmail.com.

25Jun/15

Fe en la fuerza salvadora de Jesús

Por Dr. Francisco Álvarez Gutiérrez                  

El poder, así como la fuerza sanadora y salvadora de Jesús son signos y señales de su divinidad; pero para creer en ello, lo principal es tener fe.

Más que creer en Jesús a causa de los milagros, creemos en los milagros por la fe que tenemos en Jesús. El milagro exige fe en la persona de Jesús, ya que sus acciones son signos reveladores de Dios a través de su persona; “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9) le ha dicho Jesús a Tomás en la Última Cena.

Además agrega: “Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,10-11). Así que el milagro es la revelación acabada de la revelación divina.

El evangelio según san Marcos contiene 18 relatos de milagros, el mayor número que los demás evangelios. La actividad terapéutica de Jesús es una de las características más notables del Evangelio de Marcos.

Entre los muchos curados o sanados hay también mujeres: la suegra de Pedro que estaba en cama con fiebre (Mc 1, 29 – 31), la hija de Jairo (Mc 5, 21-24.35-43), la hemorroísa (Mc 5, 25 – 34) y la hija de una mujer pagana, sirofenicia (Mc 7, 24 – 30).

San Marcos nos narra dos milagros en forma entrelazada según la técnica de “interposición” (Mc 5, 21 – 43), se trata de la resurrección de la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga de Cafarnaúm y la curación de una hemorroísa.

En estos dos relatos podemos observar dos efectos de la fe: En primer lugar una fe que no es muy perfecta, pues la mujer cree que necesita tocar la orla del manto de Jesús para ser sanada, pero Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha curado”; por otro lado Jairo se imagina que es necesario que Jesús imponga sus manos a la niña para sanarla.

Pero en el caso de Jairo, que inicialmente se presenta con Jesús con una fe inmadura ya que piensa que es necesario que Jesús vaya a su casa a sanar  a su hija gravemente enferma, pero Jesús le dice: “No temas, basta que tengas fe” (Mc 5, 36), una vez que había escuchado que le decían a Jairo que su hija ya había muerto.

En ambos casos podemos observar que Jesús queda impuro según la ley judía por haber sido tocado por una mujer impura, ya que padecía de flujo de sangre, por otro lado, Jesús toca a una niña muerta, en las dos situaciones incumple con la Ley del Levítico capítulos 11 al 15; pero, en ambos casos se logra la sanación de ellas.

Los dos milagros entrelazados tienen un profundo significado teológico, por eso san Marcos les da esa estructura literaria en su narración. Podemos observar que los dos milagros realizados son a favor de dos mujeres, de las cuales una padece de hemorragias desde hace “doce años” (Mc 5, 25) y la otra es una niña de “doce años” (Mc 5, 42).

En ambos casos se exalta el poder de Jesús sobre la enfermedad y sobre la muerte; además del valor de la fe, que está en el origen de todos los milagros.

Jesús se presenta  no sólo con sus rasgos divinos, sino también como un personaje con gestos humanos, como cuando pregunta: ¿Quién ha tocado mi ropa?, o cuando le dice a Jairo: “la niña no ha muerto, está dormida” para suavizar su angustia.

Las narraciones de los relatos de la hemorroísa y de la resurrección de la hija de Jairo muestran claramente la misericordia de Jesús a favor de la mujer, sin importar la edad que tenga. En el nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios, no habrá distinción entre varón y mujer, como tampoco entre judíos y paganos o gentiles.

El tiempo de los milagros no se ha terminado. El Padre seguirá realizándolos si lo pedimos en nombre del Señor Jesús, ya que él es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Y no olvidemos que los milagros se hacen porque tenemos fe en su persona.

dralvarez_gtz@hotmail.com

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